"VAQUERO" (2011) Juan Minujín

TITULO ORIGINAL: Vaquero
DIRECCIÓN: Juan Minujín
GUIÓN: Juan Minujín, Facundo Agrelo
REPARTO: Juan Minujín, Leonardo Sbaraglia, Daniel Fanego, Pilar Gamboa.
GÉNERO: Drama, Comedia
AÑO: 2011
PAÍS: Argentina
DURACIÓN: 87 minutos.

Después de recibir el aplauso y el elogio del público de otra función de teatro, el actor Julián Lamar sube a su auto y se dirige a su casa. Su vida parece cambiar pues su representante le avisa de un casting para una película extranjera dirigida por un reconocido director. La fantasía de quedarse con el papel, de diferenciarse de los demás, de cambiar su estatus, su país, su lenguaje; la posibilidad de convertirse en otro impulsa a Julián a subir la apuesta inicial, de planificar el gran salto; pero del otro lado puede que no haya nadie, salvo el mismo. (FILMAFFINITY)


John Ford, Howard Hawks y Sergio Leone (por nombrar tres genios que definieron el género western) trabajan bajo el dominio de un lenguaje particular; no sólo particular del género, sino que ellos han construido la imagen del héroe y lo han dotado de particularidades, singulares y generales.
El western de por sí utiliza un lenguaje ajeno a toda realidad, a todo otro género. Podríamos llamarlo género cerrado. Las particularidades inherentes a este tipo de cine está dado desde dos puntos fundamentales: el tema y la estética, en ese orden. Muy bien. El cine de género a través de los años suele replicarse hasta su inutilidad. Es decir, las formas se vuelven cada vez más reiterativas y conllevan al vaciado de su contenido primigenio. Warhol ya nos alertaba de eso con su Arte Pop. La reiteración de las formas y los contenidos sustraen al objeto a su mera condición de objeto y no a lo que semióticamente implica.
John Ford capturó la esencia, los arquetipos, el clima, la pesadez de los cuerpos, el aura errática de los héroes, sus impulsos. Definió el lenguaje del género, lo cargó de dramas, de psicología, demarcó los deseos de ambos bandos. Howard Hawks, contemporáneo, ilustró paisajes de extremada belleza (los de Río Lobo y Río Bravo). Ya no sólo eran personajes movidos por el deseo de conquista (de unos, los blancos criollos) o de resistencia (de otros, los nativos) o de recompensa (de otros tantos, los rednecks trashumantes o los fugitivos de la justicia), la óptica de la cámara de Hawks estableció el límite entre la crudeza del paisaje, la belleza coral de su relato y la psicología de los personajes y cuánto influye la desolación. Con Hawks (y también en el final de Ford, en The Searchers, Cheyenne Autumn o sobre todo, en The Man who Shot the Liberty Valance), el western adquirió caracteres dramáticos, existenciales, filosóficos. El hombre como centro de un conflicto y de un tiempo histórico que no puede comprender ni desentrañar; se siente ajeno al deseo de conquista o de venganza; sólo es un elemento más, necesario; un asesino, un cazarrecompensas, un hombre de malos hábitos. Ambos directores, Ford y Hawks, centraron al sujeto como receptáculo emotivo de los tiempos de cambio: cuerpos signados por la tragedia y la soledad, buscadores de identidad y de espacios habitables.
Leone (y sus magníficos spaghetti western), rediseñó el concepto del género. Pues, el cine italiano es más visceral, no se hace preguntas existenciales sino llevadas al plano de la praxis, a la acción. Sus personajes también son conmovidos por tragedias personales y filosóficas pero para responderlas necesitan llevarlo a un plano más salvaje y desgarrador. Leone basa su cine en extraer las formas primarias del western y exponerlas al sol, recargarlas de contenido sensorial. Gracias al genio de Morricone, a la tipificación extrema de sus personajes (como Il buono, il brutto, il cattivo), al montaje expresionista y a la prolongación del tiempo; el western se convirtió, sin dudas, en un drama pasional de un hombre contra sus demonios.   

***
Aquellos vaqueros recorren el desierto de Mojave o las caprichosas terminaciones en punta de las rocas de Utah o Nuevo México. Este desierto (el de Vaquero) no tiene nada de parecido: es un desierto donde vagan ánimas envueltas en sus cáscaras de metal y plomo y plástico, estranguladas en corbata por soga, vociferando gritos que hacen eco en la nada del sinsentido. Está sólo. Lo siente. Lo huele. Lo asimila. Él y su conciencia de plastilina. Desbordante de testosterona. El vaquero es un macho, y lo sabe. Busca aparearse como los grandes mamíferos de la sabana africana. Así, torpe y tristemente; arrastrándose. Las mujeres huelen la calentura y eso lo hace estar más sólo. Sólo, en ese desierto de ánimas mecánicas, y con ganas de aparearse.
Dalí decía mantenerse célibe porque esa era la manera de invocar a las musas. La contención de testosterona permite una cierta impermeabilidad, una falta de deseo, que provoca abocarse al llamado poético, al canto de las sirenas. Pues bien, para el vaquero es introspección, retracción, implosión.
El vaquero lucha contra sus demonios, contra sus patologías. Con esa soledad a cuestas, intenta abrirse paso en el mundillo actoral. En ese mundo heterogéneo no están delimitados los bandos: están los buenos, los sucios, los malos, diseminados por todo el desierto, movidos por los mismos deseos, con las mismas limitaciones, los mismos monstruos a cuestas. En constantes luchas de todos contra todos.
En Vaquero no hay transformaciones dramáticas, todo es estático en la cabeza de nuestro (anti)héroe (como ese desierto repetitivo de máquinas y trajes, de voces y sinsentidos) porque la realidad de hecho lo es: todo es estático. No hay motivaciones sino luchas salvajes, encarnizadas. Los intereses y las ambiciones mueven los cuerpos, no hay detenciones del tiempo, no hay miradas ni afectos. Son personajes sin vida, sin almas que buscan el fin por el fin mismo. Nuestro vaquero es diferente, siente. Siente en relación al mundo frío que le toca vivir. El amor es una página porno en Internet. La contención paterna es un café en el bar. Y la competencia es el juego en el que ya entró y difícilmente pueda salir.

TRAILER DE "VAQUERO"

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