"LA INVENCIÓN DE HUGO CABRET" (2011) Martin Scorsese

TITULO ORIGINAL: Hugo
DIRECCIÓN: Martin Scorsese
GUIÓN: John Logan (Libro: Brian Selznick)
REPARTO: Asa Butterfield, Chloe Moretz, Ben Kingsley, Sacha Baron Cohen
GÉNERO: Comedia
AÑO: 2011
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 127 minutos.

Para quien sea amante del cine, de su historia y sus creadores, La invención de Hugo Cabret (Hugo, 2011) será un placer sin igual. La nueva película de Martin Scorsese es un sentido homenaje a George Méliès -precursor del cine espectáculo- y al séptimo arte en general: su poder, su magia y sobre todo, su pasión. Presten especial atención a los engranajes de la historia –de la película y del cine- para entender más aún la pasión que el film transmite. (escribiendocine.com)


Quiénes tuvimos la posibilidad de viajar a través de la filmoteca íntima de Martin Scoresese (y no precisamente en forma literal sino a través del dialecto que prefiere uno de nuestros neoyorquinos favoritos, el cine; en A Personal Journey with Martin Scorsese Through the American Movies) pudimos entender la cosmogonía de este director. El lenguaje cinematográfico se constituye principalmente de influencias y de momentos emotivos. ¿Qué significa esto? La construcción de la identidad siempre es legada: le pasó a Truffaut con Hitchcock, le pasó a Wenders con N. Ray, a los jóvenes turcos de la nouvelle vague con Bresson y Renoir, a Fellini y Antonioni con De Sica, Rossellini y Visconti, y así, cantidad de ejemplos. La escuela norteamericana actual se nutrió, sin dudas, de grandes y fuertes influencias coterráneas que no sólo marcaron una forma y visión de hacer cine sino las impresiones de una época que van más allá de los límites arbitrarios de la pantalla cinematográfica. La óptica de la cámara y la captación de los cuerpos determinan un sujeto ideológico y filosófico. La propulsión a determinadas imágenes, la fijación sobre los temas y los niveles culturales fijan la agenda de la cinematografía norteamericana. Es una mirada orgánica, casi impalpable, pero característico de los filmes de cada país. Los yanquis hacen buen cine, eso es innegable. Manejan prodigiosamente la cámara a favor de la historia, del drama.
Scorsese es el más cinéfilo de todos. Quien supo captar la quintaesencia del cine yanqui pero redefiniendo su mirada a un concepto más universalista. El cine de Scorsese contiene todos los lenguajes (y todas sus influencias, de ahí o de Europa). Por eso utilizó tantos ítalo-americanos (como él), capaces de un humanismo actoral inigualable, cuerpos translúcidos. En cambio, el cine yanqui evangeliza los cuerpos, el dilema histórico de la superficialidad de los temas y las representaciones.
¿Qué tal si nos dejamos arrastrar por un viaje a través del tiempo? – nos pretende decir Martincito. Para ello no hace falta nada, sólo soñar, dejarse arrastrar a través de un tobogán de celuloide para enraizarnos en el dialecto cinematográfico. Buster Keaton, Douglas Faribanks, los hermanos Lumiere y Méliès, sobre todo Georges Méliès, hacen el resto. Scorsese establece un perfecto mecanismo sincronizado de relatos (como los relojes que repara el pequeño Hugo). El relato cinematográfico es un mosaico de otros relatos, de otros sueños y fantasías, alimentados por esa ferviente nostalgia de los realizadores de hacerlos realidad. Y como el cine es un sueño lúcido de los espectadores, ellos te permiten soñar.
El dilema es el siguiente: ¿cómo se lo mira al cine y además, cómo se lo corporiza (a través de la mirilla esmerilada de los directores)? Scorsese no es de aquellos que posan sobre el cine una mirada genérica, sino personal. Dirán, todo el cine es personalista porque la fuerza inspiradora del mundo genera reacciones internas; el director de cine es el observador y el reproductor, cada incisión de la realidad al cine es un acto meramente íntimo, personal, subjetivo. Pero es en la concordancia de las voces o de los mecanismos, dispositivos,  lenguajes utilizados (y utilizables) donde el discurso se torna genérico. Scorsese es el director más personalista de todos porque sintetiza esos discursos contemporáneos y heredados en su obra, y porque además, sabe mimetizarse con los lenguajes y las técnicas del presente. Toda su filmografía está atravesada por un discurso establecido entre el director y su público, el público y la trama. Cine retórico. La interpelación constante y activa entre los actores de una obra (como un gran mecanismo, donde cada componente, desde los técnicos hasta el arte, los personajes y los lugares transitados, los espectadores receptáculos y los activos, él mismo, etcétera) interrelacionan formando un gran conjunto de impresiones que terminan definiendo a sus películas. En esta ocasión, es una evocación en sí misma: un recorrido a los vericuetos del cine (y a su principal mentor: Georges Méliès).
Lo que Hugo es, en definitiva, un viaje al corazón del bueno de Martin. Un homenaje al cine, sí (como en The Artist), pero con una mirada nostálgica personal. A esta altura no importa la categorización que se le haga a su cine; previamente sabemos que funciona, que de alguna u otra manera sus ardides, sus mímicas, sus ensayos contienen la frescura de la ópera prima (también la pasión y el esfuerzo). Porque para Scorsese (y para Méliès) el cine es un gran viaje a la Luna, ese lugar mítico y desconocido que nos permite soñar y fantasear con nuevas formas de vida. 

TRAILER DE "HUGO"

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