"MEDIANOCHE EN PARÍS" (2011) Woody Allen

TITULO ORIGINAL: Midnight in Paris
DIRECCIÓN: Woody Allen
GUIÓN: Woody Allen
REPARTO: Owen Wilson, Marion Cotillard, Rachel McAdams, Corey Stoll.
GÉNERO: Comedia
AÑO: 2011
PAÍS: Estados Unidos, España.
DURACIÓN: 96 minutos.

Un escritor norteamericano algo bohemio (Owen Wilson) llega con su prometida Inez (Rachel McAdams) y los padres de ésta a París. Mientras vaga por las calles soñando con los felices años 20, cae bajo una especie de hechizo que hace que, a medianoche, en algún lugar del barrio Latino, se vea transportado a otro universo donde va a conocer a personajes que jamás imaginaría iba a conocer. (FILMAFFINITY)

(Se ha dicho:) ¡Woody Allen ha vuelto! ¡La mejor obra de Allen en muchos años! Etcéteras, etcéteras. Y vuelvo sobre el tema: ¿el gran Woody alguna vez se ha ido o simplemente quedó flotando entre épocas? Parece que Midnight in Paris intenta resolver el dilema. Porque no sólo se trata de viajar (en y) a través del tiempo en una presunta bohème al futuro; sino porque, finalmente, eclosionamos con el cuerpo y la mente desnudos de su director ya divorciado de Nueva York (o no tanto, ya lo veremos).
Existe una realidad vívida de la cual todos somos parte, actores protagonistas de la construcción de ese hecho vital, social, político, metafísico (o eso que se llama vida). Ese tránsito, que no es tránsito individual sino construcción colectiva, traza una línea recta en una hoja en blanco. La realidad que asimilamos como única no concibe ni conoce otras que pueden estar trazándose más allá de su viaje rectilíneo; otras líneas paralelas que no rozan ni se conectan con este mundo real. Dicen algunos pesimistas que se trata de “realidades paralelas” y que sólo habitan en la fantasía, en la soledad o en los demonios de aquellos que los invocan.
Ahora. ¿Por qué no pensar en entornos que se dibujan más allá de nuestra realidad cognoscente? ¿Por qué no suponer que existen varias líneas, un universo de rectas, que se trazan paralelamente? ¿Por qué sólo confiar en nuestra conciencia como único receptáculo cómodo de la existencia? Desde este punto de vista (y Woody Allen otra vez nos vuelve a empujar al vacío de la duda, quizás como en La Rosa Púrpura del Cairo), el universo es tan inasible que es posible que no sólo se produzca en nuestra imaginación.
Realidad y fantasía no sólo conviven en el inconsciente, o en la invocación conciente. Detengámonos un segundo acá: ¿este relato (el de Medianoche en París) muy sigloveintiuno no está atado por demás a ciertos mandatos de inconformismo burgués frente a la dinámica posmoderna, al flujo informático, a la iconografía trivial? Quizás el bueno de Woody se ate una soga a la muñeca para no dejarse deslizar por los sinuosos toboganes de este siglo inconstante, siglo con náuseas y mareos, siglo encinta. Ahí radica el cambio y la restauración de su pluma para describir perfiles que siempre se acomodan a escenarios incómodos; donde el personaje (casi siempre él mismo, esta vez, un excelente alter-ego: Owen Wilson) se encuentra alienado del mensaje predominante, de la acción que lleva a la cinta a moverse siempre hacia los márgenes de la realidad donde conviven un cierto grupo selecto de cuerpos-parlantes que se encargan de encriptar un mundo por demás simple y bello. Entonces, Woody Allen desarrolla a su héroe antitético ante esa elitista visión del mundo que presupone caminos de constante conflicto, de escapatoria fútil. Y si los caminos que alberga esa realidad no son devueltos ni descriptos y nunca hallados, entonces el camino hacia la fantasía o hacia el ideal de la realidad se vuelve alternativa ante ese inconformismo incómodo que tiñe todo su cine; sea drama o comedia.
Y si Woody Allen utiliza ciertos tópicos caricaturescos es para arrojarnos a la realidad. Sólo él puede trasvolar sus propias fantasías a universos reales; sólo él cuenta con esos dispositivos, esa tecnología. Sólo él sabe deconstruir el mecanismo invisible que une al cine con el psicoanálisis, la comedia con el arte. El resto de los mortales vive infructuosamente tratando de reavivarlos, de que cobren vida como pequeños frankensteines inútiles. Simplemente toda esta comedia es y será para recordarnos que el deseo (y la fantasía) solo conviven con la irrealidad. Entonces el epílogo reza solo al presente inamovible, incómodo e impreciso. No nos queda nada – tararea el neoyorquino sobre un acordeón francés – ¡he vuelto para advertirles que este es el presente y que aquello del pasado es fantasía, es idealismo, es muerte rosa! –
Como ya lo conocemos, nos queda la sensación de que en esta etapa de su vida, el gran Woody le pasa factura a la industria, después de todo lo que le ha brindado. Ese es su pasado (idealizado), ahora hace cine para los tiempos de hoy, y nada más. Aún así nos sigue sacando sonrisas.

TRAILER DE "MIDNIGHT IN PARIS"

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