"50/50" (2011) Jonathan Levine

TITULO ORIGINAL: 50/50
DIRECCIÓN: Jonathan Levine
GUIÓN: Will Reiser
REPARTO: Joseph Gordon-Levitt, Seth Rogen, Anna Kendrick, Bryce Dallas Howard.
GÉNERO: Comedia-Drama
AÑO: 2011
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 100 minutos.

Adam es un joven de 27 años al que se le diagnostica un cáncer. Con la ayuda de su mejor amigo, su madre y una joven terapeuta de un centro de rehabilitación, Adam descubre cuáles son las cosas más importantes de la vida. (FILMAFFINITY)

¿De qué manera se evidencian esos límites “cualitativos”? En una pequeña fórmula reducida a la sobriedad o al derroche. El trazo justo equivalente a las formas simples, des-dramatizadas (tragicómicas), de contar historias. Es cierto que cada filme cada universo. Hay que internarse en contextos particulares de cada película para lograr empatar, borrar el desfase entre drama y dramatismo. Quiero decir, el lugar donde se ubica el realizador para entretejer un argumento en cohesión con el universo que describe, y a su vez, explotar las raíces y las ramificaciones de aquel drama (como forma teatral, no género).
Fifty – fifty tiene cosas relevantes, sobre todo, a la hora de explicar este proceso cohesivo. Entre manos, una historia de un joven de 28 años que, imprevistamente, se entera que tiene un cáncer en la espalda. Fin de los argumentos. Principio de realidad y bajada de línea. Sorpresivamente, el antes fallido Jonathan Levine (no hace falta ver sus anteriores películas The Wackness, o la patética unión entre la psicología y la Marijuana y All the Boys Love Mandy Lane, o el miedo a las chicas lindas y ¡la marijuana!), sintoniza una historia que se tuerce un poco de los rieles – bien por eso – y muy pocas veces roza contra la pared: ¡esos límites de sobreabundancia!
¿Cómo ahondar en las consecuencias de una enfermedad destructiva? Justamente, desplazando el quiste hacia un lugar secundario; es más, que el punto de partida, ese carcinoma sea olvidado, arrancado en una sutil, compleja y definitiva mutilación.
El efecto sigue siendo el mismo, la enfermedad condiciona a todo átomo que se mueva dentro de la célula madre (¡Oh… la película!), sin embargo, no estipula que todo gire alrededor de su existencia como un centro sagrado, perfecto o inmaculado.
¿Existe, entonces, el lugar para el dolor, la queja, la pena o el espanto? Sólo en la medida de las cosas en tanto puedan fortalecer aún más esa distancia proporcional con el estigma que recorrerá, así hasta al final, todo el metraje.

“Aquí estás mi hijita, mi collar de piedras finas, mi plumaje de quetzal, mi hechura humana. […] Oye con atención lo que te quiero decir, porque tienes edad de discreción. […] Se dice que la tierra es lugar de alegría penosa, de alegría que punza. Así andan diciendo los viejos: para que no siempre andemos gimiendo, para que no estemos llenos de tristeza, el Señor Nuestro (Quetzalcoatl) nos dio a los hombres la risa, el sueño, los alimentos, nuestra fuerza y nuestra robustez y finalmente el acto sexual por el cual se hace siembra de gentes. Todo esto embriaga la vida en la tierra de modo que no se ande siempre gimiendo. Pero aun cuando así fuera, si fuera verdad que sólo se sufre, si así son las cosas en la tierra, ¿acaso por esto se ha de estar siempre con miedo? ¿Hay que estar siempre temiendo? ¿Habrá que vivir llorando?”1

Cincuenta y cincuenta. De eso se trata las probabilidades de la vida (que además es el diagnóstico de Adam; el personaje del ya IndieStar, un genial Joseph Gordon-Levitt) y también de eso se trata la vida útil del cine. Mantener el equilibrio en una delgada línea que se expande a lo largo de una vida. Superar obstáculos, expulsar el lastre, vivir en la medida de las cosas. Homo mensura. El cincuenta y cincuenta que decretará la vida o la muerte no dependen ya de dispositivos tecnológicos-científicos, medicinales curativos o placebos psicológicos, sino de cómo se recorra ese tránsito por la enfermedad. Y en ese sentido el cine sirve de absorción de penas o de empujones a la realidad; el realizador establece los límites discursivos o los adultera aún más con rudimentarios fines de golpes bajos. Así también se pone en juego el discurso de la estética (no sólo de lo narrativo), se pone en juego la mirada sobre el cine ventana del mundo en tanto se asoma, descubre y retrata ese momento en la vida de Adam, de cualquiera.
Lo significativo de 50/50 es entonces la mesura. Y en tanto se evalúe ese equilibrio constante como sinónimo de virtud; es el mismo que la hace mantenerse en la raya de lo políticamente correcto, de lo dramáticamente emotivo y lo cómicamente inteligente, por lo tanto, también ese equilibrio es su mayor defecto.

1 Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, Libro VI, capítulos XVII y XIX. Ed. Porrúa, México, 1989.
Hallado en un códice en lengua náhuatl; se trata de un consejo de un padre mexica-azteca a su hija. Fragmento.



TRAILER DE "50/50"

0 crónicas póstumas: