LOS ZOMBIES DE ROMERO

El escritor frente a la hoja en blanco. Ese universo negado de toda concreción, espíritu libre y etéreo que no deja entrever sus mañas, sus locuras, sus veracidades. La hoja en blanco, ese universo negado, es, para el escritor, un espacio de potencialidades, campo fértil donde sembrar ideas, frases conexas de manera que al imprimirlas en el papel resulte indeleble su huella, sus demonios traducidos. La manifestación supone un progreso: esa proyección de ideas a lo concreto e imborrable; y también, una superación: ya la hoja en blanco dejó de ser, ahora es otra cosa, y posteriormente, quizás, se convierta en otra. Pero la mera manifestación narrativa implica abandonar un estado de quietud o inercia y proyectar sobre ese estado otro universo, más amplio y acomodado a las necesidades de su creador. La hoja podrá romperse, arrugarse, tornarse pelota de papel con inminente destino de aro de básquet-tacho de basura. Posiblemente, esa hoja corone una hedionda pila de basura que rebosa dicho tacho. Más tarde, será aplastada por otra pila informe de basura, luego compactada, luego depositada en montañas de deshechos urbanos, lejos (o no tan lejos) de cualquier civilización. Con el paso de los años, de los climas y del abigarramiento de más y más basura, esa hoja comenzará a insolarse, a encogerse, a descomponerse y deteriorarse. Esa hoja de papel, finalmente, perecerá; desaparecerá de la faz de la Tierra. Pero las ideas que en ella se imprimieron quedarán flotando. Una vez que fueron eyectadas, procesadas y manifestadas en sus esponjosas fibras las palabras que traían algo nuevo o redactaban un hecho particular, la hizo cobrar vida, mutar de universo, la dotó de unicidad. Esa hoja fue y no será otra cosa; tampoco otra hoja reemplazará su lugar. Esa hoja, tanto como ideas redactadas, es manifestación de lo inédito.
¿Hasta qué punto el creador es consciente de lo reproducido? ¿Cuál es el límite de control de todo aquello espetado en lo tangible? Es cierto que el creador puede tener el control de todo lo que realiza en tanto pueda exponerlo a la luz de lo real. Los límites de su autonomía creativa besan el borde de su capacidad de control. Desde esa proyección creativa, sus Ideas cobran vida, adquieren un poder comunicacional que él mismo puede contener y aprovechar. Pero, ¿qué pasa con el excedente? Aquellas hojas arrancadas que tienen destinos inauditos, quizás fósiles, o quizás, en las yemas de no-correspondidas manos. Ese universo creado, que fue delineado y desechado por su creador, se re-crea; vuelve a nacer en tanto su cosmogonía. Lo que muere vuelve a nacer, un estado cíclico de ideas; un alma que se impregna en otro cuerpo que ya habló de tantas otras cosas que no serán las que tendrá ahora en su mente. Ideas disueltas y transformadas. ¿Qué sucede entonces en el alma del creador original? Pronto se impregnará de otras ideas que deambularan en su devenir cíclico y ya no tendrá que desecharlas, pues, caerán como rayos inocuos que enciendan su chispa de lo intelectual.
El director de cine es el recopilador de Ideas que deambulan por la atmósfera. Será acumulador de Las Ideas de Este Mundo, que irrumpirán en el alma del cineasta y se transformaran en conceptos visuales, sonoros, cromáticos, fotográficos. Adquirirán rostros, cuerpos que se moverán (o no lo harán) frenéticos dentro de un cuadro de proporciones 2.39:1 en relación de aspecto (de la realidad). Esas Ideas serán recortes de un mundo palpable que se conmina frente a nuestros ojos y es manipulado por los hombres con el precio de su codicia. Esas ideas transformadas, el cine, es el lugar inmanente de resistencia contra ese universo inicuo, perverso, desproporcionado. Porque (¡Y vaya si lo dije!), el cine es la mejor ventana desde donde se mira al mundo y de esa forma, ese recorte antojadizo que se realice, esa disección entre realidad y retrato cinematográfico, será el determinante que modifique uno y otro espacio. Un espacio es modificado, boceteado y caricaturizado, para poder tener razón dentro de la lógica de un mundo que se mira el ombligo. Y allí intercede el cine.
¿Cómo devienen las ideas? Por casualidad, seguro que no. Por la observación constante y crítica del devenir-sociedad, devenir-mundo. El cineasta, ante todo, adopta una postura filosófica ante la realidad y la modifica a la necesidad de proyectar en sus obras esa observación. Coleccionista de Ideas, por tanto, de Historias.
A veces llamados directores “intelectuales”, “comprometidos”, y en el caso más elocuente, “de izquierda”. Directores críticos, claro. Pero, ¿acaso no hay que adoptar una postura crítica en el arte? ¿El arte no es aquello de plasmación de los sentimientos, de las sensibilidades, del humor y el drama? El arte enmascara el discurso; un parlante siempre abierto de manifestaciones críticas. Llamado de advertencia para todo aquel que sigue el curso de su vida mirándolo todo impávido, embestido por la maquinaria. Este es el caso: no se puede ser un intelectual y no reflexionar sobre la realidad con tendencias liberales (sobre todo, en esta época de injusticias, porque me dirán, ¿y Kant? ¿Y Hegel? ¿Y Locke? ¿Y Saint Simón? ¿Y…?. Claro, el punto es éste. Hegel decía que la filosofía, y el filósofo, es hijo de su tiempo; aquel tiempo es uno, éste es otro. Luego llegará Marx, ese Digno de su Tiempo. Por eso, no se puede reflexionar sobre la realidad desde un lugar de poder, cristalizado por la imperturbable visión de la lejanía. Hay que obrar sobre ese contexto evidenciándolo, sin omisiones ni retrospectivas. Volvamos…). Los tenemos de a muchos (por suerte). Directores (no hablaremos ya de “comprometidos” o “de izquierda”, es un término que usa la derecha como denostación o calumnia, ni mucho menos “progres”; llamémosle:) Críticos de su tiempo, seguramente, de todo este trayecto que nos paraliza y nos conmueve, esta época post-moderna, de pérdida de todo y ganancia de pocos, de tecnocracia y mercadotecnia, de consumo y cultura de masas… Bueno, esta que conocemos bien. Estos directores operan sobre la realidad desde la marginalidad de la industria; esto supone circuitos cerrados, elitistas, presupuestos adaptados a lo sucinto de ese circuito en detrimento de la calidad cinematográfica. Pocos son los casos de directores que se infiltran en el sistema (=la industria) y explotan desde adentro (Calle 13, te lo robé). Esto, claro, supone una ambigüedad: ¿cómo operar sobre los artificios de una industria engañosa? ¿Doble discurso? ¿Metáfora retraída? ¿Son juguetes articulados del sistema que permite estas filtraciones para mostrarse más democrático, más ameno y no tan absolutista? ¿O simplemente estrategas de un juego de escondidas? Lo veremos. Porque a partir de ahora, hablaremos de uno de ellos: George Andrew Romero.

2 crónicas póstumas:

Marco dijo...

""La hoja en blanco, ese universo negado, es, para el escritor, un espacio de potencialidades, campo fértil donde sembrar ideas, frases conexas de manera que al imprimirlas en el papel resulte indeleble su huella, sus demonios traducidos.""

Momento sublime, magico, lleno de encanto y desafios para todos los que nos dedicamos a la pluma.

felicitaciones

Imfreakalot dijo...

Gracias Marco por el elogio y por estar ahí, leyendo este humilde pero sincero blog.

Abrazo
IMFREAKALOT