"LA NOCHE DE LOS MUERTOS VIVOS" (1968) George A. Romero

TITULO ORIGINAL: Night of the Living Dead
DIRECCIÓN: George A. Romero
GUIÓN: George A. Romero, John A. Russo
REPARTO: Judith O'Dea, Duane Jones, Marilyn Eastman, Karl Hardman.
GÉNERO: Terror.
AÑO: 1968
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 96 minutos.

Las radiaciones procedentes de un satélite provocan un fenómeno terrorífico: los muertos salen de sus tumbas y atacan a los hombres para alimentarse. La acción comienza en un cementerio de Pennsylvania, donde Barbara, después de ser atacada por un muerto viviente, huye hacia una granja. Allí también se ha refugiado Ben. Ambos construirán barricadas para defenderse de una multitud de despiadados zombies que sólo pueden ser vencidos con un golpe en la cabeza. (FILMAFFINITY)



¿Qué marca el límite entre lo “bello” artísticamente y lo bizarro? Acaso la belleza es la contemplación certera de la Naturaleza y su reproducción detallada, pulida e inmaculada; o es, sin embargo, un patrón establecido, un dintel inamovible que escinde e identifica modos de observar la materia. O todas las formas son válidas de representación, o tenemos educada la mirada para contemplar algo y despreciar lo ajeno, lo que no se adapta a una supuesta comprensión ontológica visual.

“A mucha gente le gusta ver en los cuadros lo que también le gustaría ver en la realidad. Se trata de una preferencia perfectamente comprensible. A todos nos atrae lo bello en la Naturaleza y agradecemos a los artistas que recojan en sus obras […] La confusión proviene de que varían mucho los gustos y criterios acerca de la belleza […] Admirar la destreza del artista al representar los objetos, y lo que más les gustan son los cuadros en los que algo aparece como “si fuera de verdad”. Ni por un momento he de negar que sea ésta una consideración importante. La paciencia y la habilidad que conducen a la representación fidedigna del mundo visible son realmente dignas de admiración.”1

Pero, partamos de una base más filosófica, Sócrates dirá: ¿qué es lo bello en sí? (y sin ahondar demasiado en la composición de la tríada de Bien-Verdad-Belleza) Diremos que se encuentra en la subjetividad humana. No existe algo palpable que reúna las condiciones básicas de la belleza en sí. Sobre todo, al hablar de un arte que deforma la aparente realidad para llenar el cuadro (de cine) con el verdadero mensaje gnoseológico que quiere comunicar.
Umberto Eco en su ensayo de “Historia sobre la belleza” amplia más el concepto:

“La belleza nunca ha sido algo absoluto e inmutable, sino que ha ido adoptando distintos rostros según la época histórica y el país. Todo dependerá, entonces, de la mirada subjetiva.”2

La belleza aparece aquí como un interruptor subjetivo que va delineando desde el momento en que el mensaje ha sido incorporado en la historia del filme. Hablar de que algo representa lo estéticamente feo o que incorpora en su lenguaje herramientas que oscilan entre lo inverosímil y repugnante, el límite lo traza la mirada que se ponga sobre ella, entendiendo cual es la fórmula para deconstruir esa observación sobre la obra. Entonces, en cualquier película de Romero, mientras se intente una observación rudimentaria el cine se representará como una amalgama en movimiento de situaciones aberrantes para el ojo. Representaciones descuidadas de toda práctica visual armoniosa y “cuidada”. Para observar las películas de este director neoyorquino hay que despojarse de esa mirada subjetiva, de preceptos estéticos y de cánones de belleza. Porque, al fin y al cabo, esta Idea representa lo que contribuirá al desarrollo narrativo.
Dicho esto, la mirada crítica sobre la obra en general desafiará ese límite impuesto por el ojo; aquel que guía y tremola ante cualquier escena belicosa entre humano y zombie, bacteria y carne, sangre y músculo. Es aún más placentero vivenciar como el cine irrumpe en la historia, en su propia historia. Como desafía los géneros, reconvirtiéndolos en géneros subterráneos, temáticos, en algo en sí (y no precisamente hablando de belleza).
Cuando en 1968, George A. Romero estrenó Night of the Living Dead, los ojos de los espectadores no estaban todavía en contacto con ese despojo automático que conlleva la contemplación de un género inédito. Un género que entremezcla lo conocido y la novedad; eso que se mira, en principio, con detenimiento, se analiza y se rechaza. Posteriormente, cada uno va asomando solapadamente el hocico como tomando distancia de la presa hasta entrarle por asalto. Una empatía histérica de ir y venir, de observarlo todo con recelo, con extrañeza hasta que finalmente, es uno quien se adapta, quien modifica el modo de observar. Porque, más allá de los zombies, de lo austero de la puesta en escena (llámese fotografía, arte y dirección), de las actuaciones hieráticas, de lo acotado del presupuesto y de las mil y una maldiciones cosechadas; Night of the Living Dead se adapta perfectamente a la historia de un cine que cuenta, más allá de todo, cuenta historias. Y es ahí donde hay que entrarle al público reticente. Hasta nosotros nos adaptamos a esa forma anglosajona de admirar historias, del vuelco catártico y la preferencia de consumo. Ese cine, aplicando la metonimia, es la sumatoria de la escuela del Hitchcock estadounidense, las películas de Bela Lugosi y el cine B de monstruos zoomorfos, la estructura cómica de los hermanos Marx – eso que llaman la escuela neoyorquina de comedia –, la melancolía, la bohemia y lo cosmopolita de New York (la literatura de cafés y jazz, los teatros del underground y el vodevil). Ese ojo estaba entrenado para recibir esta interrupción en el correlato de la historia cinematográfica. Es eso mismo que en la película está solapado, el adiestramiento de la mirada llevada a un extremo de sonambulismo. ¿Será entonces la reticencia de lo que no se quiere mirar? O ¿Será, como recalcó Romero, la mirada crítica y antitética de La invasión de los usurpadores de cuerpos de Don Siegel, esa propaganda Anti-Comunista de una década atrás? El cine es tan grande que no podemos contemplar que cada obra es un correlato de su propia historia. Esta obra es la causa de otra que nos previno de un enemigo al acecho; ¿Y si esta historia está contada desde otro lado, que no es el poder? ¿Y si, verdaderamente, los zombies somos nosotros y no los que vienen a atormentarnos en busca de nuestra carne fresca?
Night of the Living Dead se deja observar con el rigor de una película que esconde muchas facetas más allá de lo dado, de su puesta en escena, de su sentido práctico por resolver el dilema planteado, su modus operandi. Porque no importa si nuestros ojos no están lo suficientemente adiestrados para ver el horror en mayúsculas y contemplar a unos torpes zombies deambulando por el plano, importa el sometimiento crítico que ejerzamos sobre esta práctica clase de cine.

1 Gombrich, Ernst. "Historia del Arte". Págs. 13-15
2 Eco, Umberto. "Historia de la belleza". Pág. 8

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TRAILER DE "NIGHT OF THE LIVING DEAD"

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