EL MODELO FOUCALTIANO EN ROMERO

El sujeto es un individuo activo capaz de reproducirse en su tiempo, no aislado, sino que se desarrolla en un plano colectivo sin renunciar a su principio de individualidad. Este sujeto está condicionado por varios factores que operan en él, determinándolo. Factores históricos, temporales, sociales, culturales y económicos. Pero lo que lo hace sujeto individual y participante de la acción social es su consciencia sobre lo externo, de manera que puede operar en ella, transformándolo de acuerdo a las condiciones que se impongan y que crea superadoras. Esta acción también le determina una auto-consciencia, una forma de realizarse de acuerdo a lo dicho: su espacio, su tiempo, su historia y sus condiciones socioculturales y económicas. Para su formación y evolución, el sujeto actúa en el plano político, es decir, el hecho social palpable, esto le da libertad de modificar su espacio y su tiempo; por ende, de modificarse. Pero en tanto exista un Poder dominante dispuesto a seguir reproduciendo el curso de la historia, esto es, seguir apoderándose de ella para mantenerse en la ocupación de su lugar dominante, el sujeto estará “sujeto” a las arbitrariedades de este poder; ya no será libre ni podrá identificarse como tal o como miembro de un colectivo. Se le abnegará la posibilidad de una consciencia capaz de razonar y de ejecutarse libremente, de adoptar una visión crítica y reaccionaria de dichos abusos de poder.
Michel Foucault plantea la idea de un Sujeto Sujetado atado a las relaciones de poder, de significación y de elaboración que lo originan, de las cuales no puede ser partícipe o, al menos, consciente de un previo desmontaje de las tecnologías o dispositivos que lo han producido. Estas manifestaciones se ejecutan desde los discursos, las instituciones, el poder religioso, el Estado moderno y los medios masivos de comunicación. Este sujeto sujetado está condicionado por dos factores diversos: a. el sometimiento a otro/otros mediante el control y la dependencia; b. atado a su propia identidad o el conocimiento de sí mismo. En tanto nos interesa, analizaremos la primera opción.

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La diferenciación clara entre Imperio e imperialismo es el modus operandi. Mientras uno aboga por la capitalización de su poderío en tanto máquina belicosa, en plano de acción e invasión militar, el imperialismo opera de manera cristalizada, paulatina e implícita. El Imperio intenta imponer su fuerza a través de un mecanismo armamentista que esconde fines lógicos para implementar sus planes económicos. En cambio, el imperialismo nos conduce a una inercia intelectual y física que produce aceptar lo dado, operando a través de los grandes monopolios del mercado y la opinión pública. Mientras que uno es la negación de Otro como posible, la implementación e instrumentalización del miedo a cambio de sumisión y desarraigo, extrañeza y desolación; el otro es la filosofía que posibilita esta acción, lo previo, lo planificado, lo “democratizado”. El Imperio es colonizador. Saquea, pervierte, asesina. El imperialismo es sutil. Coloniza mentes, sujeta subjetividades (no un sujeto que se produce a sí mismo desde la libertad de su autodeterminación, sino “producido” por las tecnologías de poder, a partir, en especial de dos formas de dominación: panoptismo y sociedad disciplinaria, y poder pastoral.) Entre los dos se logra una relación empática que pretende filtrarse en las sociedades. Según José Pablo Feinmann, en su “Historia Desbocada” basándose en “El Príncipe” de Maquiavelo, el Imperio establece el terror como método del miedo. Sino me quieren, me respetan a través de éste.
Desde la óptica crítica de George A. Romero, el planteamiento de una sociedad sujetada a los designios del poder se manifiesta en la idea del Zombie. El sujeto es capaz de razonar a través de su autodeterminación y de su libertad como miembro partícipe de una sociedad política. El Virus-Zombie coloniza esa subjetividad y lo anega de toda posibilidad de ser, lo conmina a un sonambulismo que lo determina por medio de sus instintos primarios, es decir, la supervivencia. Pero esta supervivencia adquiere otro dato relevante, no es acaso el método de sobrevivir de acuerdo a la privación de ciertos derechos, sino, a través del consumo (en éste caso, de cuerpos humanos, pero desde una óptica general, un consumo masivo de información, de bienes y servicios). Este virus se disemina en la sociedad, en cuerpos dóciles (= incapaces de adquirir esa autodeterminación para discernir entre el sometimiento o la liberación), y se reproduce como tal, enfermando al cuerpo social y privándolo de esa dotación única del ser humano: el razonamiento, el espíritu crítico y la liberación intelectual.
Romero plantea en sus películas un método de abordaje al espíritu humano colonizado por el capitalismo y sus cambios en las estructuras sociales y modos de organización globalizados y mercantilizados. Ya no sujetos activos de una sociedad y su devenir histórico que puede ser modificado; sino, sujetos remitidos a la secularización, el consumo masivo y la alienación. La excusa del zombie, entonces, establece una profundización un tanto más intelectual que el simple hecho cinematográfico y su dispositivo de entretenimiento. La importancia cultural del zombie reside en su impronta de generar el atractivo ahí donde radica la crítica, estableciendo una suerte de imágenes con espejo desde adentro hacia el afuera (aquellos que miran las películas). Fenómeno cultural, por cierto. ¿Cómo es, entonces, que el zombie sirve de guía para desandar y analizar las características de una sociedad, esa misma que consume las películas y se arrebata ante la novedad? Romero utiliza un criterio único en su especie: me infiltro en el sistema y exploto desde adentro.

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