"DÉJAME ENTRAR" (o "CRÍATURA DE LA NOCHE" o "LET THE RIGHT ONE IN") (2008) Tomas Alfredson

TITULO ORIGINAL: Låt den rätte komma in
DIRECCIÓN: Tomas Alfredson
GUIÓN: John Ajvide Lindqvist
REPARTO: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl.
GÉNERO: Suspenso. Drama.
AÑO: 2008
PAÍS: Suecia
DURACIÓN: 110 minutos.

Oskar, un tímido niño de doce años, que es acosado en el colegio por sus compañeros, se hace amigo de Eli, una misteriosa vecina de su edad, cuya llegada al barrio coincide con una serie de inexplicables muertes. A pesar de que Oskar sospecha que Eli es un vampiro, intenta que su amistad esté por encima de su miedo. (FILMAFFINITY)

Mil setecientos cuarenta y cuatro millones setecientos dos mil doscientos siete dólares recaudados. Solamente en películas.
Setenta millones de copias de libros vendidas en todo el globo.
Traducciones en 37 idiomas.
Una adolescente destetada.
Un joven adolescente pálido y tibio obligado a abandonar su carrera precozmente por la estigmatización que supone componer un personaje tan significante para un gran puñado de preadolescentes con las hormonas inquietas.
Otro joven adolescente obligado a perder su cuerpo y mente juvenil para entregarse al consumo compulsivo de anabólicos y así crear un modelo de esbeltez, virilidad y adoración para que esos mismos preadolescentes consumidores del producto abandonen, de una vez por todas, toda esperanza de triunfo de una vida que se les presentará (sin lugar a dudas) pálida, traumática y sin verdaderas promesas en el horizonte.
Padres que son empujados al capricho de sus hijas (¿e hijos? No hay aquí una diferenciación de género; simplemente es palpable y evidente que a las salas de cine, en cada estreno de una película de esta saga, la mayor concurrencia es femenina. Nada más) al consumo compulsivo, masivo y sin atenuantes de todo tipo de merchandising perfectamente monitoreado por los que verdaderamente cortan el bacalao. Gente sin escrúpulos, sin dudas. Pero al fin y al cabo, esos mismos padres que entreven todo lo que esconde esta gran industria de la satisfacción momentánea e inmediata, que sólo es ilusión, que sólo es un mundo enmascarado y perfectamente diseñado por personas que poco (sino nada) saben de romanticismo o novelas rosa o sentimientos adolescentes; que son, sin lugar a dudas, los más extremos y físicos y viscerales e invariables y crudos de todos. Y así, como se aborda esa empresa se desatiende a la otra y así, claro, todo el tiempo. Amando y dejando. Amando y odiando. Odiando y volviendo a amar. Adolescentes fluorescentes. Que titilan y serpentean y se abren paso a un mundo nuevo con total lividez. Que son llevados de la mano por personas que no queremos ver en ningún lado. Entonces ahí los padres deben mediar; pero si ellos mismos también son empujados al océano de ignorancia tampoco se les puede pedir mucho. Quienes guían también son víctimas de esa ceguera cultural. Y así estamos.
Entonces tenemos una saga (y hablando claramente: la de Crepúsculo) que se hace con un solo fin. Que nosotros sabemos también que irremediablemente es así. Que son dignos productos de nuestra era, el posmodernismo. Que son estrellas fugaces. Que suben demasiado pronto al firmamento de plástico y de repente hacen ¡POP! Y se apagan. Supernovas. Que sabemos que son productos de consumo y debemos acostumbrarnos a eso (¿debemos a acostumbrarnos?) y ser o no ser parte de ello. Porque si queremos arte, debemos buscarlo en otro lado. Desde que el Tío Sam le besó la frente al cine, ¡vaya a saber uno en qué tiempo!, desde David O. Selznick o tal vez más atrás en el tiempo. El cine también es un producto de consumo masivo. Puro entretenimiento y pantomima. También fugaz, también digno de nuestra era. Mezcla televisiva, publicitaria y capitalista. Que fue modificando su lenguaje a partir de la irrupción de estos pilares y se convirtió en industria, en alquimia, en máquina de fabricar metales preciosos.
Pero, ¿qué sabe la industria de los sentimientos? ¿Cómo hace para transformar un beso, una pasión insufrible, un corazón congelado, un amor imposible, en algo que sea materia de cambio? No lo sabe. Por eso, en Suecia se respira otro aire. Por eso Let the Right One in encaja perfectamente en el corazón de una ciudad que parece estar congelada, flotando temporal y espacialmente en el universo, errando su viaje y de esta manera, parece también este cine corresponder a otra era, a otro espacio, a otra especialidad. Porque a las obras cinematográficas, como toda empresa realizada por el hombre, hay que ubicarla en su espacio y tiempo para dotarla de un carácter significativo, llenándola de contenido y de imbricación en su contexto social.
Les voy a hablar de cosas imposibles. De un niño, Oskar, y de su soledad; de sus días bañados por el blanquecino resplandor de la nieve. Voy a contarles de la noche y cómo le pone trampas a sus días, ennegreciéndolo todo, en un calvario sin fin que busca la luz. Cómo este paisaje gélido, incoloro y marchito golpea terriblemente la vida de este niño en busca de un poco de compañía; un solo juego que rompa la monotonía que dicta la vida en Suecia. Y cómo una criatura no terrenal (aunque al fin, ante todo este vacío extra-terrestre que colma la pantalla, la más pura y pasional y humana de todas las criaturas existentes en esta película), de repente, ingresa a su vida. Y toda esa vida golpeada por el frío y el encierro, por su madre ausente y los abusadores del colegio, o esa vida leída a través de recortes de diarios, de pavorosos crímenes que simulan una cierta perversión en Oskar pero que, sin embargo, es el pasadizo secreto para entrar en el interior de un alma totalmente abstraída de la realidad, recortada del mundo. Un alma que es rescatada de las sombras de ese mundo. Cuando Eli, vampiro, ingresa a su vida, la película se llena de realidad. Y es acaso que el mundo es una burbuja de cristal, un mero esbozo de fantasía, una caricia perfecta en el horario perfecto, una eyección a otra instancia, a otro padecimiento. Abandonar, desarroparse, dejar de ser (un infante, un solitario, un alma en pena) para figurarse, entenderse, dejar entrar (a otro, que presupone un cierto acomodo a la nueva circunstancia). Oskar y Eli se acompañan y necesitan para entrar en el mundo del otro. Intercambiar mundos y realidades, participar activamente en uno y otro.
¿Y quién dijo que el amor llega a una supuesta edad y qué a partir de allí debemos abandonarlo todo? Que hay momentos en los que uno debe esperar al llamado de otro ser para ser contenido. Let the Right One en las profundidades de los deseos atemporales. Porque no importan si son dos niños, si uno es una vampira y si el otro no ha conocido el mundo veloz y fluctuante que presupone la madurez. A ambos los conmueve el deseo. Deseos de entrada y de salida. De entrada en el universo del otro y de salida de su propio mundo. De la perversión al amor hay un solo paso, y en esta película, está claro, que ese paso es difuso, franqueable, huidizo. Porque al fin y al cabo, las almas se buscan por empatía o necesidad, se magnetizan. No importa que sean en su realidad. Que Eli sea perenne y que deba asesinar y tragar sangre para prolongar esa eternidad; que Oskar esté subsumido a la voluntad que es arrojado el ser humano. Ambos deben prevalecer en la oscuridad o en la basura o en la enfermedad que presupone un mundo como éste. Pero se tienen o no se tienen, y en la imposibilidad de ver crecer ese amor está el verdadero espíritu que los hace ser. Porque en esta película el amor no es algo simbólico o preconfigurado, es, en definitiva, la mano que los ayuda a salir de ese precipicio en el que, contra su voluntad, están metidos. Salir y entrar.
Y en este juego de entradas y salidas que combinan en perfecta sincronía con un mercado; entonces, si hay mercado hay demanda y por consecuencia oferta. O es acaso que los mismos que promueven el mercado, generan la impresión de oferta y la consecuente demanda. Así se regula el mundo cine-publicitario. Entonces, decíamos: entradas y salidas. Entrar al público para generar una salida (económica, únicamente). Por eso el prólogo que acompaña esta crítica: en dos películas que en apariencia tienen puntos semejantes, pero que sus intenciones son completamente antitéticas. En uno (la saga Crepúsculo), no sólo se adivina esta intención (que puede ser válida, por supuesto) de mercadotecnia. Sino se evidencia en una forma un tanto más peligrosa; cuando implica una carga social y cultural que se pone de manifiesto intencionadamente. No sólo lo peligroso que presupone este nuevo tipo de colonialismo cultural sino hacia quién y cómo se lo dirige: en la cosificación de un público. Por otro lado, una obra que se brinda tal cual es; digna de un cine que intenta proponer nuevos caminos de investigación al biotipo adolescente. La idea del Déjame entrar parece travestir muchas otras cosas.

TRAILER DE "LET THE RIGHT ONE IN"


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