APROXIMACIÓN AL CARÁCTER ETERNO DE CIERTOS ENTES

El hombre, aunque incompleto, complejo y alienado, al menos, construye su vida sobre las bases de una única certeza; la toma de consciencia sobre su finitud. Sobre esta única verdad que se le revela como inexorable y que tramita a lo largo de su vida como el punto de llegada, construye su realidad desesperadamente. Por eso su apresto a lo veloz, a lo individual, a la construcción del “uno-sólo” imponiéndose sobre el colectivo. Vamos a ejemplificarlo. La muerte se le presenta al Hombre como una amenaza, algo que palpita siempre rutilante, una bomba de tiempo entre manos frágiles y algo nerviosas. Algo que manipula con cautela y en el andar, se predispone a maniobrarla de la mejor manera, aletargando ese estallido final. Decíamos, la diferencia entre el Hombre y cualquier otro organismo vivo es la plena conciencia de su finitud; el hombre sabe de su muerte, puede cuantificar a grandes rasgos su proximidad con ese momento pero no intervenir en ese destino. Ahí se produce la disgregación, en el tiempo de vida, en una continua carrera (individual) por sortear ese final que sabe llegará. Entonces, esa certidumbre del Último Día lo hace imponerse sobre el resto de los mortales utilizando ardides para disimular cada paso recorrido de ese camino, volviéndose adicto a las oportunidades de pisar cabezas, asumir un poder egoísta y vivir, únicamente, para reproducir esa actividad. Por eso, el hombre es inherentemente individualista y conservador. Esto es un MEME que fue implantándose en las sociedades capitalistas que lo hacen reprimir de toda la vanguardia, todo lo ajeno a su sistema de valores que tienden a una adoración del yo, a una apología de lo mundano y pedestre; allí es donde se reprime cualquier sueño de libertad. ¿Qué libertad? – Digo – si nos han robado hasta la Idea de Libertad. Nos han hecho discriminar todo lo foráneo (como lo desde afuera) como algo amenazante y subversivo, que infecta nuestra sangre y nos des-humaniza, nos vampiriza.
Allá ellos. Desde acá, seguiremos pensando en que la muerte es algo inexpugnable y que no se puede manipular, ni tampoco esperar de brazos cruzados. Que venga, yo la abrazaré con todas mis fuerzas y escéptico, esperaré que mi cuerpo sea engullido por gusanos y así continuar un ciclo de vida legítimo. Llorarán algunos, pero luego, con el tiempo y la aceptación adecuada todo volverá a su cauce natural; con una falta, claro; pero no me considero demasiado imprescindible ni alguien que no se pueda suplir. Mientras tanto, la vida. Una vida regulada por el caos, por la torpeza de un sistema totalizador, dominador de cuerpos, de mentes; que estructura y condiciona la vida de los humanos. Pero mientras haya vida, seguiremos pensando en transformarlo (a ese sistema, a esa rabia que se impregna en la yugular de entes que vagan diáfanos manipulando esa bomba-vida). ¡Y así es! Como la vida de los humanos tiene Fin, a los sistemas también les llega su hora. Veamos. El Reinado de la Oscuridad duró unos 10 siglos, pero no fue aproximadamente llegando al séptimo siglo que se aceptó que algo no funcionaba del todo bien. Muy bien, aceptar esa condición es el principio básico para transformarlo. Este es el Siglo de la Aceptación para cambiar cualquier cosa que no funciona. ¡Y vaya que las cosas no funcionan! (o alguien no se dio cuenta de eso. Era necesario que pase algo en el Primer Mundo para que abriéramos los ojos ante el Mal. ¿O todavía siguen pensando que aquellos países son el centro del mundo? Vamos a ver todo lo que tenemos alrededor. En América Latina está el futuro. En la contemplación de un cambio radical de los sistemas de producción; en la valoración de nuestros patrimonios; en la dignificación de los Verdaderos Dueños de esta Tierra; en un Estado intervencionista y solidario y desde allí, recapitular, bajar el mensaje a las sociedades y lograr, por más años, décadas o siglos que se inviertan en esta empresa, que esas sociedades reproduzcan el mensaje). Uff… besé el pasto. Recalculando…

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Volvamos al inicio. ¿Qué pasa con la eternidad? Cuando esa única base sobre la que se elabora una vida, ese principio de certidumbre sobre el Final, se diluye, dejándolo anémico de toda plena consciencia sobre la vida. El tiempo ya no se regula como medición, ya no condiciona las posibilidades de correr con un peligro que altere o interrumpa esa eternidad. Uno vaga errante por una vida descuidándose, en un principio de individualidad que lo separa del mundo exterior porque no encuentra esa coincidencia en el otro, ese Gran Otro, también individual, fragmentado y esquizofrénico, pero lleno de una contemplación aún mayor a la propia (y hablo desde el punto de vista del Eterno). El Otro es pálido y triste pero lleva dentro de sí la posibilidad de irrumpir esa vida desde el adentro (o sea, autoestimulando su fin) o desde afuera (otro que se lo produzca). El eterno no. Tiene consciencia de su infinitud y vaga por la vida refugiándose de todo el mal que esto produce. Esta responsabilidad flagelante. O se vuelve ermitaño, vagabundo, loco, o hace estallar toda esa represión de marginalidad en la que se ve subyugado. En el vampiro (y de acuerdo con las definiciones, teorías y posteriores ensayos de cientos, miles, millares de bramstokistas) es diferente. Conviven ambos males. Su profunda enfermedad (que analizaremos a continuación), su saberse desposeído, el ostracismo al que se ve obligado a tomar, etcétera, etcétera, lo retroalimentan y van definiendo al Mito. A continuación, trataremos de darle una cierta definición. Nuestra y de nadie más.

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