NOTA DE AUTOR: Acerca de "LA PUESTA EN ESCENA DE MACRI"

Hace un tiempo atrás había escrito una columna titulada “LA PUESTA EN ESCENA DE MACRI”, donde trataba de dilucidar, a través de un supuesto artilugio cinematográfico, los últimos (y desesperados) mecanismos de un político en escena. Entonces creí que entre las formas comunicacionales de los políticos y la recepción abierta del público-espectador-votante existía un tamiz crítico, una percepción más o menos concienzuda de lo que uno cree válido en los modos de comunicación. Vamos a ser concretos. El último Macri, gastado, vencido (por él mismo y por sus adversarios políticos), que dignifica las políticas neoliberales, que se niega y se refugia en las faldas de sus amigos del Poder (=Campo, Iglesia, Medios, Ejército) para dignificarse como un líder de algo que ni él sabe que es, porque su capacidad de raciocinio no alcanza a vislumbrar aquel Aparato que convive día a día, en la coyuntura de un país en constante crecimiento Histórico. Digamos Historia como conflicto, como puja de intereses, narraciones creadas desde un lado a otro que se rozan, se confunden y se trasladan a la polis, donde se toma partido. Entonces, aquel Macri, bailando ridículamente, sólo, entre una multitud (seguramente paga, o desesperada, o asistida por raciones ridículas de embutidos emparedados y gaseosas con sabor a cola, o empujados a ese confín en la reverenda esquina de la nada, a ese último bastión de la fortaleza-pachanga neoliberalista donde lo colorido y lo berreta conviven en perfecta armonía), rodeado de coloridos globos (¡necesitan algo más gráfico que eso!: Un globo resume 30 años de Historia Nacional. Desde M. de Hoz hasta aquel abrazo infame de Alfonso y el patilludo. Desde aquel helicóptero que huía como rata de albañal hasta el 24 % del Carlo en 2003 – o los 16 del Bulldog López Morfi –). En definitiva. Creo que ese bailoteo era el acta de defunción del Nene de Papá. Lo creí (¡que ingenuo! Y eso que tampoco había TAAANTAS opciones para contrarrestarlo; sin embargo, cualquiera podía hacerle frente a ese bueno para nada. Pensemos en Daniel Filmus: claro ejemplo del peronismo. Estuvo vitoreando las reformas educativas de Menem en el 95 desde la FLACSO. Luego, se pasó a las filas kirchneristas – bien, mal, ustedes juzguen – y después de eso, se le quiso presentar a Macri y perdió mal, allá en el 2007. Después Pino. Pobre Pino. Andaba como bola sin manija de acá para allá, que tratemos de sumar al Gobierno Nacional, que Cristina es una autoritaria, que soy amigo de Silvestre y Bonelli de TN, que voy a dar la cara en el Debate, que soy presidente, que soy jefe de gobierno, que… Uff, Pinito. Te extrañamos a la hora de los hornos. En definitiva, por uno, por otro, alguien tenía que oponerse. Pero quiero recurrir a una táctica, muy pelotuda, hay que decirlo, que utilizaban los mononeuronales de Gran Hermano a la hora de las votaciones. ¡Quien se hubiera imaginado que de esos idiotas surgiera una idea positiva en tanto sufragio y elección! Bueno, la cosa es así. Se presentan dos candidatos de la centro-izquierda contra uno de la derecha. Más allá que la gente de Pino esté en contra del Gobierno Nacional, etcétera. Y, más allá que la gente de La Cámpora y sus amiguillos NUNCA voten a Solanas. Todo bien, pero son supuestos. Es evidente y palpable que ninguno de los votantes de ambos votaran por Mau. Perfecto. La consigna consiste en lo siguiente: Los muchachitos aquellos de GH que parecían, solo padecían, idiocia crónica, decidían mandar a un candidato fuerte de un bando – más allá que aquellos bandos se midan por el grado de “popularidad” mediática, “carisma” y tantas otras frivolidades ponderadas por el posmodernismo – para hacerle frente al Otro, el del bando contrario. Como es evidente, nadie puede estar más a la derecha de Macri, entonces, el candidato del PRO estaba definido – y sin bigotes –. Era necesario definir un candidato, sólo uno, de centro-izquierda – porque, obviemos a la izquierda radicalizada y a las aparatosas disgregaciones de Altamira y sus muchachotes –. Pino, Filmus, Juan Cabandié, ustedes eligen. Sólo un pacto. Un poco de ensuciarse las manos. Muchachos, ¡esto es política! Donde sino meterán los codos hasta la mierda. Todos aquellos votantes de uno y otro iban a inclinar la balanza y en definitiva, algo mejor podía haber sucedido. Pero siempre son ilusiones de alguien que todavía cree en la política. Pero no. Mejor no hablar de ciertas cosas). Pero siempre uno vuelve a lamentarse con la coyuntura política de este país. Nunca entiende porque hay algo más poderoso que la razón individual que se proyecta hacia lo colectivo; porque hay algo, sin dudas, que se ejerce sobre el poder popular y lo traduce en acción, no positiva. En la inducción de consciencia, en la segregación de intereses y, porque no, de sociedades. Porque determinan de una manera tajante, siempre sutil, siempre metiendo la uña, nunca hasta el fondo, en el culo del pensamiento crítico. Ahí está mejor representado el Poder. Donde se siente más firme y cómodo: en los medios de comunicación. Le zumban al oído a Doña Rosa que, al final de cuentas, las bicisendas están bien, que Macri es bueno porque NO ROBO. Le hacen entender al tachero que esos carriles de doble mano por los que tanto puteó no están tan mal en resumen; que agiliza el tránsito, de modo que los yuppies del Microcentro pueden llegar más rápido a sus oficinas a cagar a más y más gente; total, a ellos les pagan lo que vale la tarifa, esos 5 con 80 por bajada de bandera que pueden pagar, porque es mejor viajar en los taxis con vidrios polarizados así no se ve la mierda que flota en la ciudad, la basura que rebalsa las canaletas y los quistes, los cánceres, los humos, los bocinazos, el cementerio de los Otros (¡Ah, esos Negros de Mierda!). Y le gritan a viva voz, por los altoparlantes del televisor: ¡Que lindo que canta Plácido Domingo! ¡Que bien que quedó la fachada del Colón! (claro, sólo la fachada), y demás estupideces dignas del oprobio de cualquier ser humano con dos, o quizás sólo un, miligramo de materia gris. Pero nuevamente me equivoco. Yo (o cualquier otro como yo), que cree demasiado en el poder de la palabra y que con sólo un vistazo fugaz desnuda a cualquiera que intente vendernos (¡digámoslo!) humo. Porque si intenté esforzadamente desenmascarar aquella puesta en escena, tan pornográfica, tan banal, tan noventista, fue porque avizoré para este país (en principio para la ciudad, de la cual no soy parte, pero, como todo confluye en ese gran centro de poder, en esa bestia que devora lo federativo, que obliga a la burocratización, politización y economía centralizada; nos roza. Claro, nos roza como cualquier elección en cualquier punto del país. Porque construir, se construye comunitariamente. Todos. Más allá de colores de bandera – siempre y cuando no sean amarillas o enmascaradas o vendidas al mejor postor o sorteadas en rifas de Unidades Básicas o aniquiladas bajo el fuego de algún patrón o echadas al vacío en cualquier intento de cambio – debemos sumar, concienzudamente a la praxis política. De ahí proviene el cambio: según Gramsci, del pensamiento crítico, de la praxis, de un marcado sentido histórico, en tanto lucha de clases, y de un concepto fundamental: la hegemonía; no de ellos (= el Poder), sino el nuestro, de un pueblo que SE quiere hacia adentro y hacia fuera. Hegemonía popular.) un verdadero análisis retrospectivo, un “darse cuenta” para no volver a caer en errores pasados.
Creo muchísimo en la sociedad cuando todo parece vencido. Cuando saben decodificar un mensaje tan mal traducido, totalmente puesto indisimulablemente sobre las consciencias ciudadanas. Entonces, creo en el poder del pensamiento crítico, de la negación constante hacia lo externo-extraño, empapelado de una supuesta realidad ficticia inventada por un Poder que no disimula en bajar su contenido hacia las masas. Creo o creí haber pensado definitivamente en que ya nadie se introduce en las mentiras guionadas (del cine, de la televisión, de la política) para vivirlas en carne propia, sufrir por ellas, doblegarse ante la resistencia, llorar, mutilarse las uñas, espetar litros y litros de lágrimas hasta el hartazgo. Lo creí, claro. Porque, lo que hace maravilloso al cine es ese arte fraudulento de la mentira por verdad, de eso que yo llamo “la ventana al mundo”. Ese arte de presintonizar un recorte de la realidad, traducirlo en narraciones ficticias y volcarlos al consciente del receptor (e inconsciente. Parte fundamental de nuestro rol de espectador cinematográfico). Aquello, en la televisión está tan desnudo, tan porno, que ya ni siquiera parece real. Es decir, todo se concensúa con la “gente”. Todo se sabe de antemano. Esto, puesta en escena. Aquello, una lágrima de maquillaje. Yo creí en un público (=votante) de cine, que sabía decodificar aquello intelectualmente. Creí que esa puesta en escena macrista había sido un fraude totalmente manipulado en los patrones cinematográficos, en tanto, la “gente” (término que odio, y que utiliza frecuentemente la derecha argentina para referirse, o mejor, para instalar su mensaje de sentido común en las sociedades) podía inferir ese baile, ese bigote afeitado, aquellos globos, ese casamiento de cartulina, un hijo bobo al nacer, la cara marciana de Rodríguez Larreta, la tullida, etcétera, como un gran circo creado en torno al vacío, a un mensaje que caía de lleno en el precipicio de la praxis política. Entonces, me equivoqué, prejuzgué malamente a todos aquellos votantes porteños. O quizás, están demasiados inmersos en sus adentros (que son las fronteras infranqueables que los dividen del conurbano bonaerense. Ese peligroso vecino que los acecha con su policía corrupta y sus cacos – porque nosotros los llamamos así – y sus traficantes de drogas – que consumimos en todos los recovecos, desde San Telmo a Belgrano, en Recoleta, un poco, pero sobre todo, donde está la movida, en Palermo Soho, Hollywood, Pink, Punk, Pank, Paf – y sus negociados y su mugre y su mundo paralelo y su mafia política. O es, su existencia, cada vez más vaciada de verdaderas encrucijadas y rellenadas con todo lo banal, lo consumista, lo viciado, lo berreta, lo banana – de eso se encargó, en gran parte, toda esa cultura noventista de la cual su representante es hijo directo (y predilecto) de esa casta –). Quizás les duele el juicio externo por lo que levantan barreras invisibles e infranqueables, aislándose de una realidad común.
No puedo entenderlo. O sí, desde una perspectiva histórica. Nunca los porteños fueron consuetudinarios con sus compatriotas; todavía el germen de las políticas elitistas de los “fundadores de la Patria”, desde Mitre y Sarmiento pasando por Roca y Uriburu (todos genocidas, todos fachistas, todos civilizados) cala profundo en sus cafetines y lo tiñen todo de lo nuestro y lo Otro (lo bárbaro).
Esperemos al balotaje. Sin embargo, me anticipo a los acontecimientos.

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