"MULHOLLAND DRIVE" (2001) David Lynch

TITULO ORIGINAL: Mulholland Drive
DIRECCIÓN: David Lynch
GUIÓN: David Lynch
REPARTO: Naomi Watts, Laura Elena Harring, Justin Theroux, Ann Miller.
GÉNERO: Drama
AÑO: 2001
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 147 minutos.

Betty, una joven aspirante a actriz, llega a Los Ángeles para convertirse en estrella de cine y se aloja en el apartamento de su tía. Allí conoce a Rita, una mujer que padece amnesia a causa de un accidente en Mulholland Drive. Las dos juntas deciden investigar quién es Rita y cómo llegó hasta allí. (FILMAFFINITY)

Insistimos en que el cine, en tanto estética como narración, es la traducción gráfica de los pensamientos de sus autores. Aquí, en este racconto de filmes y directores, hacemos hincapié en esta ponderación. Pero si existe un director que más refleja este pasaje de consciencia e inconsciencia, sin peajes ni distracciones u obstrucciones, entre pensamiento (que ya abordaremos más adelante; para desnudarlos, hacerlos nítidos, des-abstraerlos) y todo lo que llena el cuadro cinematográfico, ese es David Lynch. Porque es auténtico y enroscado, como esos últimos bohemios que deambulan en la nocturnidad de las calles en largos sobretodos enmohecidos con un libro bajo el brazo (probablemente, en el caso de Lynch, puede ser Baudelaire o Artaud o, fiel a su marcado estilo ambiguo entre apátrida y sellado a fuego por la impronta estadounidense, Walt Whitman o Ezra Pound. Todos malditos).
Los que hemos crecido viendo las películas de los New York Film Academy o de la vanguardia estadounidense: Scorsese, Coppola, Spielberg, De Palma, Allen; hemos aprendido a decodificar sus tretas, sus juegos de ingenio. Pero sobretodo con Lynch, tenemos una especie de relación consciente y pactada de dominador y sumiso, ese fetiche que no implica cueros ni látigos ni esposas, sólo un romance cuerpo a cuerpo con lo plástico de la imagen, con los temas siempre sepultados para que no sean vistos, de la completa levedad y finitud del mundo, de una sociedad plenamente dormida y autómata, también en inminente perecimiento, siempre vulnerado por algo más grande e intangible y dramático. No Dios. No esoterismos. Otra cosa, que sobrevuela constante y acometidamente en todas las películas de Lynch (si vieron Blue Velvet, Elephant Man, Erasehead o Twin Peaks sabrán de lo que hablo), algo macabro, siniestro, no humanizado sino espectral. Entonces, nos dejamos impeler con él de la mano por un callejón oscuro o a través de una carretera infernal conduciendo a máxima velocidad en un descapotable sin frenos, porque confiamos en su sarcasmo pesadillesco, nos arrastramos como sus personajes sin identidad, etéreos, sin alma. Esa tentación por lo fatal que tiene Lynch. Un morbo por la tragedia, por lo pútrido y escuálido y agusanado y yermo. Porque cuanto más al borde estamos de la muerte – en sus películas, ojo –, más absurdo nos parece todo, o la Nada tan ponderada por el dadaísta Lynch.
Ahí radica su ingenio; en lo fatal que implica ver toda la tragedia, digerir sus películas sin poder respirar ante una nueva imagen cada vez más incognoscible. Si habíamos mencionado los pensamientos, pues bien, los de Lynch se desatan en locura cuando su cerebro dormita, cuando las eternas batallas entre el plano consciente y el inconsciente avanzan y retroceden, en Lynch el veredicto parece dictado. Se deja llevar por su ingenio reprimido, por su incorrectibilidad, por sus sueños de marcada tendencia terrorífica: porque las imágenes que saca del mundo a través de su óptica son traducidas en su cerebro de otra manera, sucias, arrebatadas de su esencia, dadas vuelta. Y ese es el resultado de lo que observamos en pantalla. El fin del viaje a través de su cabeza.
Acusado de presuntuoso, extravagante y bohemio. De una impronta demasiado intelectualista, elitista, porque su cine configura lo estrambótico con lo oculto: un mensaje siempre cifrado, siempre huérfano de imágenes que lo describan y lo desmantelen. Puede que muchos de esos acusadores tengan, parcialmente, validos argumentos para demostrarlo. Pero aquí estamos. El cine de Lynch también nos conmueve. ¿Quién otro sino él nos desnuda el mundo y nos muestra su lado B? Siempre tuve la fantasía (y esto quizás haya sido recurrente, allá en mis precoces años de adolescencia); de que las personas, cuando uno abandona el contacto personal y se retira y no las ve más, se transforman en algo inhumano, o se inmaterializan, o se convierten en seres extraterrestres. Demasiada fantasía para éste cerebro. Ese es el cine de Lynch. La creencia de que el ser humano es apariencia pura, pero en la intimidad, cuando abandona su cuerpo humano es algo desagradable e involuntario a realizar acciones coincidentes con su naturaleza abominable. Los seres humanos (o la apariencia de sí) también pueden amar, tienen lugar en su cabeza (y no en su corazón) para lanzarse al vacío de las pasiones y otras tantas actividades de igual magnitud. Pero cuando se desvisten, cuando adoptan formas horrendas, actúan conforme su apariencia: allí la tragedia, el caos, lo pesadillesco.
No vamos a develar cuáles son los caminos que nos propone Lynch para darnos cuenta de su treta, para poder deconstruir el salpicré de imágenes que se suceden de forma aleatoria entre y con la historia central, porque esto es una invitación a que la vean (aquellos que no lo hicieron) o a la reflexión (de otros que se sintieron tan regocijados por el vacío que propone, como yo); pero advertimos, Lynch, es un gran timador que juega con las percepciones y los diferentes planos de consciencia.

TRAILER DE "MULHOLLAND DRIVE"

0 crónicas póstumas: