"EL JOVEN MANOS DE TIJERA" (1990) Tim Burton

TITULO ORIGINAL: Edward Scissorhands
DIRECCIÓN: Tim Burton
GUIÓN: Caroline Thompson
REPARTO: Johnny Depp, Wynona Ryder, Dianne Wiest, Anthony Michael Hall.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1990
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 98 minutos.

Érase una vez... un castillo donde vivía un inventor que dedicó parte de su vida a crear una criatura perfecta a la que llamó Eduardo. Pero el inventor murió de repente y dejó incompleta su creación, ya que en vez de dedos tenía unas horribles manos con hojas de tijera. El pobre Eduardo vivía sólo en el castillo hasta que una encantadora joven, que trabajaba para la firma Avon, lo llevó a su casa junto con su familia. Pero una criatura tan especial como Eduardo no estaba preparada para vivir en una ciudad tan extravagante y falsa como Suburbia. (vía ESTOESCINE.COM)


Aquí tenemos un Burton original. El más primitivo, el menos contaminado, el más oscuro y gótico y trágico e inocente (una inocencia medida, donde el amor tiene una profunda connotación poética). El de un paralelo directo entre Sófocles, las películas de extraña añoranza de Frank Capra, donde Judy Garland entonaba tristes melodías sobre una tormenta de nieve, el existencialismo in-humano de (Franz) Kafka y el sarcasmo bestial de Oscar Wilde. Y claro, el expresionismo ruso y alemán de principio de Siglo XX (de Munch y Kandinsky; de Nosferatu de FW Murnau y El Gabinete del Doctor Caligari de Robert Wiene; [Paul] Klee, [Mark] Chagall; y una línea recta que entrecruza a Danny Elfman [su inseparable partenaire musical] con Arnold Schoenberg e Igor Stravinsky).
Burton es un demiurgo por naturaleza. No sólo ha creado mundos y criaturas posibles que lo habiten. También ha transferido allí sus angustias. En consecuencia, las imposibilidades de progreso dentro de dicho universo. Pero, sobre todo, fiel al estilo estadounidense, el Gran Tim es un contador de historias nato. ¿Qué lo hace diferente al resto? ¿Qué urgencias lo llevan a desentenderse de lo convencional para narrar historias innovadoras? Una visión por fuera del mundo “normalizado-normatizado”. Pues, imprime en su paleta de cuentos ese afuera. Reinventa el mundo a partir de su propia sensibilidad. La realidad como un patrón enajenado donde lo cotidiano ya no es la emulación de lo que debiera ser, sino, justamente la emulación. Un lienzo donde se graba otra historia, otra realidad, otro cosmos.
Y entonces observamos Edward Scissorhands y rápidamente nos sentimos por fuera de la historia (porque el adulto es así, no se presta demasiado fácil a la fantasía, a la aventura, a un devenir que lo abstraiga de lo comúnmente establecido), como si nos arrebatáramos a una fábula que oímos cuando nuestros padres nos leían cuentos antes de dormir. Y así parece plantearlo Burton. Es la abuela quien le cuenta esta historia a su nietecita acostada en su cama de proporciones gigantescas (= burtonianas).
Lentamente algo comienza a funcionar. Los engranajes perfectos de una historia simulada e inverosímil pasan prácticamente como “real” (ese expresionismo que hablábamos. Que tanto influyó a Burton y que parece decirnos algo, en susurros al oído). Entonces está el mundo idealizado; una especie de paisaje breve y fantástico, donde la armonía se conjuga con las buenas acciones. Ese mundo está contenido, hermetizado. Como esos pequeños souvenirs que pisan papeles, ese Rosebud, ese globo de cristal que abstrae del afuera. Burton juega a ser Vincent Price. Crea su Frankenstein benigno y lo tiene encerrado en un armónico contexto porque sabe y conoce el exterior: lo mundano, las pasiones humanas, el fervor, las relaciones vacilantes. Pero pronto da cuenta de la soledad que presupone esto. La muerte de Vincent, la muerte del creador romántico, ha dejado al buen Eduardo suspendido en el tiempo, sólo, in-utilizado. La muerte de Vincent, entonces, es el cristal roto. Eduardo necesita salir para no perecer; las borrascas del mundo idealizado comienzan a desaparecer y contaminarse de lo otro, de lo que Burton llama el afuera.
A partir de ese momento, se entrelazan los mundos. El conocido, el genocida, el caótico, el desesperado, el precipicio, y el otro, el de Eduardo, esa bola de cristal rota y fragmentada y hecha añicos y esparcida por el cielo en forma de nieve y sonorizada por compases agridulces provenientes de las mismísimas entrañas de Elfman. Mundos que no se buscaron y se conocieron espontáneamente, espantados. Como buenos antagonistas se repelen, se miden y comienzan a friccionarse hasta lograr una empatía, siempre tirante; porque, es claro que si de antagonismos se trata, lo que prima en esta relación es la empatía, los caracteres similares, y lo que los divide, justamente, la búsqueda del bien o el mal, o, en otros casos, una superación egoísta por imponer una personalidad. En este caso, nada de eso aparece. Esta oposición se produce de uno sobre otro. Nuestro mundo conocido (por demás) coopta al reducido espacio, que ya no es mundo, que sólo se reduce al interior de Edward, que tiene que ver con sus sentimientos, sus reacciones ante lo nuevo, y su único deseo, su inocente meta de tener un par de manos. Ah, claro. Y amar. Edward de por sí es bueno. Antes lo habíamos nombrado como el Frankenstein benigno. Claro. Todas sus acciones se conducen hacia Lo Bueno (término demasiado platónico, que es, también, Belleza y Verdad). Amor, por tanto, tiene que ver con una acción conducida por el bien. ¿Amar lo hace humano o deshumaniza al resto? En esta fábula inversa, Burton parece decirnos que el amor es un sentimiento no digno del ser humano, que no puede convivir esa pureza en un ser condenado a realizar acciones indignas, indulgentes y, a veces, fatales. Porque su propia naturaleza lo demanda. Entonces, no humaniza a Eduardo ni deshumaniza al resto, simplemente, el concepto basal es: el humano es indigno de amar.

FRAGMENTOS DE "EDWARD SCISSORHANDS"

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