"EL IMAGINARIO DEL DOCTOR PARNASSUS" (2009) Terry Gilliam

TITULO ORIGINAL: The Imaginarium of Doctor Parnassus
DIRECCIÓN: Terry Gilliam
GUIÓN: Terry Gilliam, Charles McKeown.
REPARTO: Christopher Plummer, Heath Ledger, Tom Waits, Lily Cole.
GÉNERO: Fantástico.
AÑO: 2009
PAÍS: Reino Unido.
DURACIÓN: 122 minutos.

Cuenta la historia del Dr. Parnassus y su extraordinario ‘Imaginario’, un show itinerante donde el público tiene la irresistible oportunidad de elegir entre la luz y la alegría, o entre la oscuridad y la tristeza. El Doctor Parnassus posee el extraordinario don de guiar la imaginación de los demás, pero sobre él recae una oscura maldición secreta. Miles de años atrás hizo una apuesta con el demonio, Mr. Nick, con la que se ganó la inmortalidad. Siglos más tarde, al conocer a su amor verdadero, Dr. Parnassus hizo otro trato con el diablo, comerciando su inmortalidad por su juventud, con la condición de que cuando su hija alcanzara la edad de 16 años, pasara a ser propiedad de Mr. Nick. En esta contrarreloj fascinante, explosiva y tremendamente imaginativa, el Dr. Parnassus deberá luchar para salvar a su hija en un entorno donde los obstáculos se suceden de manera interminable y así deshacer los errores de su pasado de una vez por todas. (vía ELSEPTIMOARTE)

¿Por dónde empezar a hablar de Terry Gilliam? ¿Cómo el cineasta de odiseas psicotrópicas, surrealistas o abstractas? ¿Cómo daga invisible insertada en las fauces de la rectitud y sobriedad británica; siempre lengua sarcástica, irrefrenable (cabe decir, un yanqui en Inglaterra siempre se lo miró de reojo)? ¿Juzgarlo por sus dibujos barrocos, abarrotados, dueños de un frenesí caligráfico, de un éxtasis creativo jamás previsto en el primer trazo, por tanto, caóticos pero geniales? Y si es así. ¿Qué parte del cineasta diseccionamos? Aquello que hizo con Brazil, la adaptación libre de la distopía orwelliana, allá en “1984” (en realidad, un año después, pero quedaba bien en la prosa, porque sí, el libro de Orwell se llama 1984 y los años más o menos concordaban. En fin). Sus 12 monos liberados al entendimiento rudimentario de sus espectadores; aquello que hizo en una sombría y desolada mezcla de El Eternauta y La Jeteé de Chris Marker. Es también un cine viajero (en ambos sentidos) de melancolía kerouacianas. Del periplo anfetamínico, ácido (y demás yerbas), del periodista gonzo Hunter S. Thompson y Oscar Zeta Acosta, fiel compañero de alucinaciones. Un viaje nebuloso a través del ojo de un Gran Angular. Deformando la visión real que supone la actividad óptica. Por tanto, ¿es cine? Si hasta la imagen se destruye creando ilusiones, confusiones, expandiendo la visión para alterarla. Es más cine que nunca – digo. Acaso porque responde dilectamente a las patrañas reproducidas en la sábana blanca, grabadas en el fílmico, captadas por la percepción del público, traducida desde la mente oscura de su realizador.
Oscuridad o derrota o melancolía o pesimismo. Cualquiera de estos atributos encuadra toda la obra de Gilliam. Retratos marginales incrustados en un tiempo (¡que otro sino éste!) de depresión, de atomización y consecuente soledad. Eso. Así como TG es un caballero (como el Barón Münchausen) solitario, alguien que todavía sueña con la oldfashion de las producciones artesanales de una costa a la otra (de Londres a Hollywood). Del cine de Kurosawa u Ozu, aquellos cuadros musicales de Vincente Minnelli, donde Fred Astaire bailaba cauteloso en/a través de la Gran Depresión. Pero también, el cine B de Ciencia Ficción y los delirios de Groucho y sus hermanos. Sobre ese aquelarre, Gilliam traza una línea que contornea abruptamente (así como sus voluminosos y recargados dibujos) su universo. Lleno de tosquedad, de desperfectos, de cosas rústicas que describen el contexto por el cual sus personajes se trasladan en una rutina asfixiante (rutina circense en El Imaginario del Doctor Parnassus, rutina burocrática en Brazil, rutina de manicomio en 12 Monos, rutina de estupefacientes en Pánico y Locura…) que los sumerge en puntos inflexivos dentro de la trama.
En una crítica de Gilliam anterior habíamos apelado a la metáfora del cubo Rubik, lo que supone a los espectadores elaborar una estrategia para hacer coincidir las partes iguales del Todo. Color por color. Muy bien. En las películas del ex – Monty Python los colores están diseminados y cada uno corresponde a patrones establecidos en referencia a las inquietudes, a los temas que más lo conmueven: vagabundos, lumpenes, drogadictos, locos, buenos salvajes. Son los héroes misceláneos portadores de una verdad que se enfrentan al sinsentido de la vida. Una existencia condenada al vacío, a la incógnita, al caos, a la soledad. Ellos (junto con nosotros, los espectadores) debemos organizar el cubo de manera que podamos darle un sentido a esa realidad, desde la marginalidad que supone la soledad.
Pero el nuevo Gilliam es diferente. Ha aceptado los estándares de comercialización cinematográfica entendiendo que las películas no son marginales, hechos aislados. Sino, moneda de cambio, producto final que debe adaptarse a la demanda de un público que ya vio todo, que es difícil de sorprender, que, además, ya lo conoce y probablemente tenga que presintonizar sus deseos y fantasías a imágenes digitalmente manipuladas. Porque existe un pacto entre el cine (o los eventuales voceros) y los espectadores con respecto a dicha manipulación. Los espectadores saben de por sí que aquello que ven no pueden ser “real”. Pero cuanto más próximas (esas imágenes) al concepto “real”, a la representación, más amplia será la aceptación, más fácil se los podrá engañar.
Entonces, el último Gilliam ha sabido de esto y a falta de grandes carteles publicitarios de neón, ha recargado su película (The Imaginarium of Doctor Parnassus) de tales efectos, sobrecargándolo todo.
Hablemos directamente de la película. Entre manos tenemos un viaje directo a su imaginación que ya no condice ni se aplica a lo taciturno de la soledad, a cierta poesía derrotista que gira en torno a sus filmes ulteriores. Es un viaje fantástico y demoníaco, recargado de abruptos paisajes, nada sutiles. Donde su cosmovisión está en constante expansión, por tanto, desordenada, infernal.
Hay cosas que no se dicen, que se dejan abiertas (demasiado abiertas). Este fue siempre el problema del cine de Gilliam. Como ese espejo-portal que conduce a la mente de Parnassus (y a los deseos inconscientes reprimidos de quien lo cruza). Cosas abiertas que presentan una ambigüedad: puerta abierta – camino cerrado. Puerta abierta al mundo creativo de unos (Parnassus, Gilliam, historia) y de otros (espectadores). Eyección de un catálogo desenfrenado y por tanto, abigarrado de oportunidades narrativas que nos devela la siguiente oposición: el camino cerrado. Como el cubo Rubik, la historia se cierra en sí. Se encierra. Debemos utilizar una posición activa que aún así no alcanza a desenmarañar el nido Gilliam. Demasiadas puertas abiertas – diríamos. Llaves que se tragan, caras que se transforman, hombres eternos pero que ¿al final pueden morir? Nada se explica porque lo que prima en El imaginario… es la potencia visual, ese mundillo de atrezzos y cromas, aquel ambiente itinerante de artistas vagabundos y huraños que desfilan por el lúgubre mundo atendiendo los deseos (equívocos) de sus benefactores. Y entre medio, una lucha de poderes lumínicos – el bien y el mal, lo iluminado y lo oscuro – zona de fragmentación, de tentación y deseo.
Pero, por momentos (y este parece ser el mensaje del melancólico Terry:) la luz se vuelve oscuridad; desde las entrañas de ese poder humilde y agazapado que lucha irremediablemente (y consciente de su fracaso) contra Il Diávolo, se impregna de satanidad. Cambia su rostro para ocultarse (parece resolverse la incógnita). Heath Ledger que es Johnny Depp y luego Jude Law y más tarde Colin Farrel, más allá del espejo, tiene un poder tan maligno que hasta el diablo parece santificado, por lo menos en la consciencia de Gilliam. Porque si al mundo lumpen que habita en sus fábulas algo le faltaba es bautizarlo en nombre del mal. Previamente se presuponía una beatificación del bajo mundo, del underground. En El imaginario del Doctor Parnassus – parece decirse por fin Gilliam – el diablo está de nuestro lado.

TRAILER DE "THE IMAGINARIUM OF DOCTOR PARNASSUS"

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