DEMIURGOS DEL CINE

“El cine es el medio de expresión más fabuloso
que jamás se ha inventado.
Su poder de ilusión es tan grande,
que sólo deberíamos confiarlo
a magos y brujas, que son capaces de darle vida”
King Vidor

El cine tiene un lenguaje. Teorías y teorías de patrones cinematográficos que son, en definitiva, los postulados de rigor para aquel que quiera entablar una comunicación cuerpo a cuerpo con su arte. Pero este arte es particular. Cualquiera que lo haya intentando, al menos una vez (no importa cómo, en una grabación de cumpleaños de 15 o al mando de una Z10 en pleno rodaje piloto), conocerá sus fórmulas. Porque el cine, más allá de sus manifiestos artísticos, su validez como entretenimiento o como ventana al mundo, tiene algo de burocrático (¡qué cosa en este mundo no lo tiene!), de mecanicista, mucho de técnica y lo demás, narrativa (que, al fin y al cabo, es el arte de manipular realidades, de contar cuentos con la cámara, de mentir y saquear mentes).
En la anterior entrega habíamos repasado la metafísica del cine. Como operan a través de ella, los héroes solitarios (= quijoteanos), incomprendidos, desterrados. Como se elabora un mensaje por y a través de los intersticios del lenguaje cinematográfico. Pues bien, ahora trataremos sobre la física del cine; y no aquello que únicamente pueda corroborarse sobre cálculos matemáticos. En contraposición con lo abstracto, lo decodificable, el cine también (y sobre todo) es visual: es materia viviente en constante mutación, en invariable frecuencia que entrelaza lo cardíaco con lo plástico. En donde dentro de un cuadro (plano) se reduce un mundo: cuerpos parlantes, acciones (ese ir “hacia delante” del cine), se contextúan en un determinado escenario, donde lo natural y artificial conviven en constante conflicto. Entonces, el cine es, ante todo, pura física energética, vibrante y en constante cambio y evolución. Porque el mensaje está ahí, implícito, internalizado y capcioso. Allá Los Metafísicos del Cine (= Chaplin, Tati, Eisenstein, Welles, Tarkovski, y tantos otros más como Buñuel, toda la nouvelle vague, Fellini y sus secuaces neorrealistas, como De Sica y, más que nada, Rossellini. Ahora, los Dardenne, los nuevos rumanos, PT Anderson y alguno que otro más). Acá El Cine Físico y tangible, (no únicamente) visual: el cine de los mundos inventados y realizados, donde se inscriben historias como objeto en cuestión de dichos universos. El cine como mero hecho artístico, entendiendo su construcción pura de audio y video (audiovisual), de interfaz directa entre ojos espectadores-expectantes y sábana blanca, rollo fílmico y retórica del realizador.
Entonces asoman los demiurgos: divinidad creadora de mundos (según Platón) o la única máquina de moverlo; de generar su caos interno y su armonía parcial, explotando su potencial hasta el Apocalipsis (o hasta que ese mundo agota sus recursos y deja de existir; para repetir el ciclo, en otro mundo, en otra película). Y demiurgos cinéfilos son aquellos que manipulan cartones, fibras, lapiceras, atrezzos y escenarios e imprimen en sus personajes y su contexto todo su potencial creativo. No por el sólo capricho del creador onanista (un tal Dios) que disfruta de su creación y lo ve Todo impávido, omnipresente “ausente”. Más bien, un titiritero. Quien posee el control de todo y cada una de las composiciones del cuadro dramático.
Y hablamos de Burton y su romanticismo gótico; de la psicodelia de (Terry) Gilliam y el absurdo que fue dosificando a medida que la industria estadounidense requirió de él comportamiento y acatamiento a sus mandatos de cine de historias (¿comercial?). También nombramos a Peter Greenaway y su laberíntico mundo de sueños y pesadillas, donde el Cielo y el Infierno se presentan como un Todo-Total, de una dualidad que se circunscribe como único lenguaje de su cine. Ya hablaremos de esto. Y si nombramos a los sueños y sus soñadores, el cine surrealista de Jodorowsky. Aquel chileno que deslumbró a Lennon con “El Topo” (y que revisaremos a continuación), diciendo que es la mejor película jamás realizada. Y Lynch, claro, surrealista, laberíntico y lunático prócer, de los últimos que quedan vivos en la extraña y caótica Estados Unidos. Pero también hablamos de (Alfred) Hitchcock, de (David) Cronenberg, de (Pedro) Almodóvar, de (Jacques) Torneur, de (Anthony) Mann, de Buster Keaton, de Mélliès, de (Henri-Georges) Clouzot y tantos otros que quedarán afuera esta vez, pero los retomaremos en algún momento; y volverán, seguramente, en alguna de estas revisiones; porque, hablar de demiurgos del cine es hablar de algunos y de todos. Lo particular hace a lo general.
A continuación.

0 crónicas póstumas: