"LA ZONA (STALKER)" (1979) Andrei Tarkovsky

TITULO ORIGINAL: Stalker
DIRECCIÓN: Andrei Tarkovsky
GUIÓN: Arcadi & Boris Strougaski
REPARTO: Aleksandr Kaidanovsky, Anatoli Sonolitsyn, Nikolai Grinko, Natacha Abramova
GÉNERO: ¿Ciencia Ficción?
AÑO: 1979
PAÍS: Unión Soviética
DURACIÓN: 161 minutos.

En Rusia existe un lugar conocido como la Zona, donde algunos años antes se estrelló un meteoro. A pesar de que el acceso a la Zona está prohibido, los Stalker se dedican a guiar a quienes se atreven a aventurarse en este inquietante paraje. (FILMAFFINITY)

Existe un lugar húmedo, gris, tenebroso, donde las borrascas del pasado dejaron huella en cada rincón para nunca más despegarse. El moho, la corrosión, los vestigios de una sociedad industrializada detenida en el tiempo: el vapor de una locomotora, el hierro fundido, apretado contra el suelo o la escarcha. Dicen que al hombre que lo atraviesa (si logra salir con vida) le cambiará el curso de su vida. Dicen que las pretensiones, los miedos, toda la furia del mundo se contiene allí, como en un gran recipiente, una olla a presión. Dicen que ese lugar se llama La Zona y que el hombre nunca podrá comprenderlo, siquiera penetrarlo, porque quedará atrapado en él-en sí, y le romperá la cara contra la verdad: sus miedos, odios, manías, abstracciones, razonamientos y concepciones del mundo se opondrán frente a él y preso, maniatado, enfermo ya de no encontrar soluciones, quedará para siempre inmerso en ese mundo, en esa Zona. Es un lugar detenido en el tiempo, algo ingénito, pero a la vez, puesto en referencia del hombre, para desestructurarlo. Sin dudas, dicen los que saben, que es un espacio metafísico. Veremos porqué.
El cine de Tarkovsky hay que disfrutarlo entendiendo que al espectador lo implica activamente, no sólo en las formas de descifrar el mensaje, de deconstruir semánticamente y por sí solo cada imagen, cada texto (que ocupan una breve porción de segundos en la cinta); también, es un viaje que nos propone el disidente ruso cada vez más dentro de sí. Tarkovsky ha entendido que el cine, como manifestación o género artístico, tiene su propia especificidad, complejidad y engloba un metalenguaje que desprende un concepto más autónomo con otras ramas del arte. El cine es autónomo porque goza de una única ubicuidad en espacio, tiempo y forma. Porque, además, las formas de abarcarlo pueden ser de maneras tan lejanas como asimétricas. Para Tarkovsky el cine goza de vitalidad en el momento en que logra desprenderse de una referencia exterior e identificarse por sí mismo, plasmando así una idea de autonomía que inclusive relega al realizador de su responsabilidad narrativa. Progresivamente en cada una de sus cintas (desde La Infancia de Iván, Andrei Rublev hasta Solaris) ha recorrido ese camino de abstracción, de plantear una teoría de las imágenes para brindarlas de modo aleatorio a cada uno de sus espectadores. Retórica directa e individual establecida entre el director y cada uno de sus receptores: porque las imágenes gozan de una libertad absoluta, cada una contiene (y hablo de planos hasta secuencias, escenas, etc.) en sí un dialecto particular, una experiencia que implica directamente al sujeto receptor, sin intermitencias ni intermediarios que le ofrezcan un modo de abarcarlas. Ya no existen tramas narrativas, ni anclajes míticos o recortes históricos verídicos. Las imágenes parten de una idea, desde la cierta oscuridad del cerebro creativo de Tarkovsky; el trabajo del director es someterlas al debido e intenso trabajo de restituir de un modo universal dándole una cierta sofisticación, interiorizándolas hasta la más profunda abstracción, el más complejo estado de encriptación. Finalmente, el realizador puede ordenarlas de un modo más o menos ordenado siguiendo una línea básica de parámetros narrativos (mejor dicho, imprimiendo a ese lenguaje los matices necesarios para su retórica: los tonos, acentos, silencios, afecciones). En definitiva, las imágenes algo ordenadas en tiempo y espacio adquieren su libertad una vez impresas en el fílmico; la experiencia, ahora, será totalmente subjetiva, adquiriendo tantas interpretaciones como receptores.
Tarkovsky se asume como un conductor, como un guía, ¿un Stalker?, obligando a sus espectadores a debelarse en la verdad, conocer finalmente la totalidad de lo real (disculpen, hoy estoy muy hegeliano). Para Tarkovsky el cine funciona como una Idea, un motor que enciende al pensamiento, a la razón = a lo real, la estructura por la cual se puede entender la realidad, donde se organiza y entiende lo existente. Pero toma como punto de partida, ya no desde una visión colectiva, de una masa que absorbe lo existente = la materia cinematográfica, las imágenes. Sino, la experiencia – piensa – es subjetiva. Cada elemento organizado desde el interior del filme tiene una repercusión inmediata en el exterior, como átomos dispersos que se intentan descubrir unos a otros, interrelacionándose para deconstruir la realidad y de esa manera poder abarcarla. Por eso, para Tarkovsky el cine es “lo absoluto en la imagen”.
Pero, ¿qué es La Zona (o más bien, un Stalker)? Es ese lugar laberíntico donde reside el pensamiento humano, donde todos los miedos, las verdades, los sueños, las esperanzas y los fracasos confluyen y atentan contra la propia libertad; donde no se aplican las leyes de la física y todo tiene que ver, más bien, con una incoherencia material. La zona actúa como un volcánico despertar a la abstracción de su realizador, cada vez más introspectivo con el cine. Es verdad que en ese lugar – dicen – que se cumplen los sueños del que logra ingresar indemne; es verdad, también, es el lugar metafísico donde el ser humano anhela porque no sólo se depositan los sueños, sino las verdades del mundo. Por eso está tan bien custodiado por quién sabe qué guardianes de la verdad. ¿Un poder absoluto? No es casualidad que los dos protagonistas del filme (más el Stalker, el guía que los introduce a La Zona, un mercenario) sean un científico y un escritor; ¿quién otros sino los responsables de debelar los misterios de la humanidad? Los encargados epistemológicos del despertar hacia la Verdad.
Aún hay más. La Zona es el paulatino ascenso a la abstracción tarkovskyana, un cine que ya no dicta sus propias reglas, que se niega como cine, más bien, avanza como una experiencia filosófico-metafísica donde cada individuo actúa como Stalker dentro de la misma cinta, introduciéndose en ella (en La Zona cinematográfica) con la aspiración de encontrar su propia verdad, su propio significado.

FRAGMENTO DE "STALKER"

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