"DON QUIJOTE DE ORSON WELLES" (1992) Orson Welles

TITULO ORIGINAL: Don Quixote
DIRECCIÓN: Orson Welles & Jesús Franco
GUIÓN: Orson Welles, Jess Franco (Novela: Miguel de Cervantes)
REPARTO: Francisco Reiguera, Akim Tamiroff, Patricia McCormack, Orson Welles.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1992
PAÍS: España
DURACIÓN: 111 minutos.

La particular visión que Welles tenía de España es recreada a través de los ojos de Don Quijote y Sancho, quienes viajan por la España de los sanfermines, las fiestas de moros y cristianos, la Semana Santa, etc. Esta película fue filmada por Welles a lo largo e catorce años y murió sin haber podido terminar su montaje. El director Jess Franco, amigo de Welles desde el rodaje de “Campanadas a Medianoche”, buscó los materiales que estaban diseminados por medio mundo y en poder de diversas personas, entre ellas la segunda esposa de Welles, Suzann Clothier. Jess Franco ha hecho una gran labor de montaje siguiendo las propias indicaciones que dejó escritas el propio Welles. (FILMAFFINITY)

Algo indecible se esconde tras el parlante. Algo (alguien) con forma tosca, nervuda y jactanciosa transmite con una voz particular otro algo, ya más definido, ya totalmente viciado de rimas y de acentos, de diptongos e hiatos. Esa voz rasposa, cruda, asmática reproduce una historia por demás conocida, por demás presente. Esa voz que dice algo ya contado en miles de voces, pero nunca con tanta fascinación, con una cadencia que la suprime y la niega de toda conexión con otras reproducciones. El ritmo jadeante y acentuado, como si esa voz escondiera las marcas del pasado, de ese alguien hinchado de tanto tarascón al aire, y reprodujera fielmente los estigmas que lo conminaron a ser desterrado, negado de todo aplauso y rebautizado loco, paria, infernal. El estigma de ese alguien que se atragantó por querer devorarse al mundo de un saque. La voz que dice lo indecible con cadencia pausada y vaporosa relata (y re-inventa) las desventuras del Hidalgo Caballero de la Mancha.
Pero esa voz, ¿por qué niega todo lo anterior? ¿Qué hace para reformular – inclusive – el original? ¿Qué esconde esa voz? ¿Cómo deconstruir sistemática y paulatinamente los mensajes cifrados del gran (único e irrepetible) Orson Welles? Haremos un intento por ello.

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¡Así ha de ser! Aquel rostro rollizo que prefiguraba un fatídico entierro al cine lo ha logrado por última vez. Entre sus proezas, cabalgando por todo el siglo, se describió de manera necesaria, imprescindible, sobre los Santos Evangelios del Cine, una forma de encausarlo para que perezca con el paso del tiempo. Para mantenerlo aislado de toda inclemencia propia del horrible progreso tecnológico, de las grandes corporaciones, de los invisibles rostros que arrasarán con él, con cientos, con miles.

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Un juego de espejos, un cambio de vestiduras, de roles. OW se entretiene; finalmente lo vemos derrotado, entregado, ya ha abierto sus vísceras para que (nosotros) catedráticos del cine lo diseccionáramos con la agudeza científica que requiere el caso. ¿No es acaso es(t)e utópico hidalgo? ¿Acaso las formas que se travisten de uno y de otro lado de la pantalla son lo mismo? ¿Acaso uno es el resultado del otro? O, como dirá Hegel, la dialéctica de la conciliación. Welles afirma al monstruo que Cervantes creó, irreductiblemente, hijo de una época. Luego lo niega, intenta superarlo, logra embestirlo contra la realidad: una calle transitada que atreverá OW a cruzarla sin mirar a ambos lados. Finalmente, entrelaza puentes: conciliándolo-conciliándose. Y si miramos con la perspectiva del Quijote (o de Cervantes, si se prefiere), entenderemos que el camino es siempre el mismo: Orson es la superación de aquel engendro. Finalmente se entregará, dirá que ya es suficiente, ¡esto es todo!, no podrá luchar contra molinos de viento-materia cinematográfica, porque ya será de otra época, será el último bastión del cine intelectual, de la cinefilia, de la autodidaxia, de la creación y la ilimitación de la imaginación. Será nada más que un cuerpo rollizo entregado al público, abierto su pecho, su corazón todavía palpitante. Porque siempre fue un héroe errante, un espíritu anómalo, o, ¿el mundo ha vivido equivocado? Quizás el wonder kid que asomaba en los treinta intentaba decirnos algo, y quizás, fue mucho su despliegue, su forma estertórea de anunciarse que fue desplazado y se fue, triste, solitario y final, a rodar a la Vieja Europa, encontrando corazones aún más errantes, a Jess Franco, por ejemplo, dueño de un severo astigmatismo cinematográfico, y murió pobre, con varios años de cine almacenados en latas y un par de cuadernos con anotaciones sobre el montaje de su último gran Frankenstein, de su último ello, de su última fobia.

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Nadie atacó tan sinceramente a las formas del cine como Orson, que ha hecho del cine hoy una máscara, algo que oculta con total sutileza un rostro que no se deja ver, por más que tiremos con la fortaleza de mil elefantes. Ese rostro, seguramente cadavérico, tenebroso, ha de ser el de la derrota. El cine ha muerto, porque sus carnes putrefactas de hoy refractan los sueños que se enterraron entre sus nervios, poros y cutis. Quizás esta última sutileza, pero demencial, caótica, llena de vida y entusiasmo de narrador-enamorado del cine, sea la bandera blanca, la rendición. ¿Qué más lenguajes se le pueden brindar al cine? ya cosmopolita, ya profesionalizado-por tanto-atomizado, resquebrajado. ¿Qué más tiene para ofrecer el pobre orfebre, noble y asustadizo? que reacciona ante él (cine) como un hecho único, como una ventana que se erige en la cima del mundo. Nada, sólo entregar generosamente todo lo que el cine le ha devuelto.

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Orson nos propone rever lo sabido. Antes que nada, despojémonos de las vestiduras del conocimiento sobre “las andanzas del Quijote”. Pues bien, ahora, nos invita a hacer una relectura; imprescindible, algo que OW tardó casi 20 años en dar forma, inventando a modo de rompecabezas varios montajes que luego, con la limitada agudeza de J. Franco, terminaría en caos, en imprudencia, en elemental lectura. Pero Orson dictará la extremaunción al cine, sería, una vez prescrito el amén, su despedida y él muerto con su creación, enterrado para siempre: quizás su ansia también de no ser exhumado nunca más. De esta forma acomete desde la primera escena, el gris y cadavérico Quijote (= cuerpo cinematográfico) destroza la pantalla de un cine para defender al protagonista del filme que se proyectaba: nada de metáforas esta vez, se dice. Él, Quijote moderno, embiste contra el cine de la misma manera; o cabalga el toro mecánico, o se pierde entre la manifestación de una feria en Sevilla, o simplemente, desaparece (Sancho lo busca la mitad del filme). Siempre así, Quijote (o sea, OW) se refugia, se destierra, se invisibiliza todo el tiempo, en esa mezcla rara de realidad y ficción que se intercala a una profundidad de inexpresable distinción. Pese al montaje de Jess, pese a todo.

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Así muere Orson, consabido por Franco, en la negación del cine o en la repetición de las mismas escalas que, por años, Welles se encargó de desestimar, desestructurar y bautizar bajo nuevas fórmulas. Ya muerto el monstruo cinéfilo (aquella bestia capaz de filmar un plano y diez contraplanos, capaz de romper la escala de planos [filmar un general y sucesivamente, un primer plano], capaz de conjugar tres planos en uno) no se podrá revivir jamás en ninguna otra forma cinematográfica.

* Todo esto, pertenecientes a anotaciones en diferentes espacios y tiempos, sin conexión específica entre ellas y recopiladas con el más sagaz de los caprichos.

CREDITOS INICIALES Y FRAGMENTO DE "DON QUIXOTE"

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