LA PUESTA EN ESCENA DE MACRI

La pregunta es, ¿para qué demonios hablar de un político en un blog sobre cine? Esta simple y escueta interrogación demanda varias respuestas que se desprenden invariablemente en este análisis. Muy bien, manos a la obra.
El primer razonamiento que podemos deducir, simple y tajante, es que todos hacemos política. No sólo el hecho de hablar y opinar desde un lugar un tanto cómodo y superficial; también, en el hecho mismo de esbozar una crítica. La política es todo lo que nos rodea, todo lo que nos confirma como ciudadanos, el hecho de sociabilizar. Está inscripta en nuestros genes y, sobre todo, en los seres que se autodenominan con total abnegación la condición de apolíticos. Muchachos, eso los convierte en el más fundamentalista de los políticos. Decíamos, la política nos incumbe desde el ámbito social; todo lo que de esa acción se desprende nos retroalimenta como seres sociales, actores fundamentales de su puesta en escena. En el momento de actuar conforme a un situación establecida, en las decisiones que tomamos, en el camino mismo de esa empresa. Entonces, ¿por qué no dudar de todo lo que se nos muestra? ¿Por qué no analizar cada partícula de la vida social-política que nos conmueve hasta los actos más insignificantes de nuestra vida? El cine es hacer política también. Criticarlo, mucho más. Porque el hecho subjetivo demanda una serie de cuestionamientos sobre la realidad que parece inmutable; entonces, que mejor que el arte para deconstruirlo, reconfigurarlo y armar una nueva realidad asimilada y puesta en evidencia para someterla ahora sí a juicios más permeables y justos.
La televisión niega al cine, inclusive, cuando la televisión trata al cine. Sus marcos y parámetros se encuentran en las antípodas de lo audiovisualmente adaptable. Por que si el cine es la visual del mundo o la readaptación de las medidas de realidad a una nueva e imprecisa ficción, contrariamente, la televisión inventa un mundo nuevo, quirúrgica y estructuralmente. Fantasías e ilusiones que se prestan y “pasan” como la ventana del mundo: una realidad que parece inmodificable, totalmente objetiva y donde subyace lo cotidiano y asimilable. La televisión inventa toda esta gran farsa y pocas veces se parece al cine que imita, copia y cambia. Por otro lado, los actores siempre suelen ser los mismos (los de la televisión). Cambian sus caras, modifican sus actitudes y su devenir, pero siempre pasan en la escena advertidos por los ojos de millones de televidentes. El cine es único. Su unicidad se comprueba fácilmente. Existen los dobles, existen las viñetas adulteradas por la computación. Pero nunca se repite una misma toma, cada una es independiente de la anterior y la consecutiva; y en un marco global, no existe ni existirá una película que sea igual a las otras.
La televisión ofrece esa posibilidad de aliteración. A veces, muy pocas, muta, pero siempre termina repitiéndose ad nauseam. Repetición de culos (cambian los culos, cambian las personas, la imagen es la misma; un culto casi pornográfico a la anatomía femenina y a la exploración semi-negada del orificio anal); repetición de voces (cambian los personajes, el discurso es el mismo; la misma tesis del miedo, la misma justificación barata y precaria); repeticiones semánticas (los planos no varían mucho, la puesta de luces es prácticamente la de siempre, los decorados responden a un patrón establecido, etc.); repetición de actores (siempre se habla desde un lugar de poder. Está claro que para llegar a la televisión, a ese panteón de cartulina, es necesario sortear una serie de situaciones que se enfrentan o justifican la moral [o la idea de], la religión [o esto es una idea] y la política [yo hablo desde]).
El otro día encontré algo significativo mientras hacía zapping, ese deporte posmoderno tan idiota y transigente. Me encontré, de golpe, con una imagen cinematográfica en medio de la programación habitual, entre medio de tantas noticias negras y amarillas, entre medio de cursos de cocina, de hombres autocalificados como voces de opinión, en medio de partidos de fútbol de equipos europeos y ficciones importadas de la corporación Disney. Un hombre débil, abatido, se encontraba moviendo su esquelético cuerpo sobre un escenario ante los ojos de un considerable auditorio que flameaba globos de colores. Ese hombre, al que el rigor de la política diaria se le vino encima, dejándolo desnudo de palabras, de pretextos y acciones, era Mauricio Macri, jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y con aspiraciones a ser reelecto. Aquello me pareció tan significativamente cinematográfico que me detuve para vivenciar el drama de esa puesta en escena.
Todo lo que se configuraba dentro del marco del televisor no era más que el último acto (desesperado) de un hombre que se está rindiendo, que muestra su precariedad como político (y no hablemos ideológicamente porque esto se hará extenso y crudo). Que intenta, por el medio más eficaz de comunicación sostener un discurso que ya no “pasa” más como real, como verídico, como supuesto objetivo. Porque si en el 2007 fue electo Jefe de Gobierno, fue por su metodología eficaz de buen director de televisión. Había plasmado en imágenes una realidad ficticia, un mundo de colores que intentaba reivindicar el pasado más oscuro y nefasto de nuestra inocente democracia (AKA los noventas). En esa oportunidad, la puesta en escena parecía tener una base sólida de argumentos: seguridad, estabilidad económica, plan de obras, inversión en infraestructura, crecimiento empresarial; un discurso realmente “comprable” para la clase media porteña, la gran mayoría de la ciudad. Ese discurso tenía su correspondencia en imágenes: un hombre con acento palermitano (o recoletano) que habla directo a la cámara con franca decisión (no podemos negar que las convicciones neoliberales de Macri son certeras) de cambiar el clima de austeridad que se venía vaticinando para la ciudad y, sobre todo, para el país. La imagen de un hombre que había vivido una vida acomodada y bajaba al fango para apretarse las manos con los desposeídos. Un claro ejemplo es la foto infame que lo delataba como un político de circunstancias: Mauricio, con las mangas de su camisa arremangadas (y todavía con bigotes), posaba feliz junto a una niña pobre de Villa Lugano en un paisaje de miseria absoluta. La semántica se desprendía sola: el mensaje hacia la clase media era directo; este hombre, de “nueva política”, viene a estrechar los lazos irreconciliables de la sociedad. La puesta en escena estaba clara pero pertenecía a una correspondencia más televisiva. Todo lo que se ofrecía ahí, en esa imagen, tiene que ver con un producto que es fácilmente comprado por el medio-burgués; esa farsa televisiva debía su significado a la repetición de patrones establecidos dentro del discurso de campaña política. Decíamos, repetición de voces, de actores, de culos y semánticos.
Volvamos a la idea de “político-director de cine”. Lo que Macri realizó como el inicio de la campaña para ser reelecto es un acto cinematográfico. Ya no tiene que pensar una estrategia televisiva, vender una farsa, un producto para que pueda ser comprado por los televidentes. Macri ya se ha mostrado, el producto fue consumido hasta agotarse, repitiéndose hasta el hartazgo, colmando las noticias, la televisión y la radio. Ese producto televisivo fue mutando a varios formatos y se desintegró como tal. Entonces el cine llegó para rescatarlo de las sombras, para reintegrarlo. La puesta en escena será menos eficaz, pero a su vez, menos controversial porque lo muestra como tal, como el hombre que es: el personaje de antiguos cuentos que intenta desesperadamente (y caprichosamente) establecerse en la escena política sobre las bases de una política de (muy) pocos proyectos, de ideologías rígidas y conservadoras, de dubitable reputación para intervenir en la realidad social.
Volvamos a la escena. Macri balancea su cuerpo, intenta imitar unos pasos de comedia (su cuerpo baila entre los globos de colores), pero está solo. Contrastando con aquella fanfarria del 2007 (alegoría menemista), hoy, 2011, está más solo que nunca intentando revalorizar esos modos de hacer política. Pero una vez más el cine lo devuelve como tal; porque el cine desnuda, no vende. Esa imagen despierta una tristeza comparable al Chaplin de “The Kid”: aquel hombre que camina solo con su sombra hacia el horizonte. Este Macri, el del 2011, es el solitario que mueve los hilos de un teatro de marionetas que ya caducó; la puesta en escena es magistral, nunca se lo vio tan desnudo, tan desesperado, tan inquieto por un futuro que le depara el ocaso.


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