"LA DAMA DESAPARECE" (1938) Alfred Hitchcock

TITULO ORIGINAL: The Lady Vanishes
DIRECCIÓN: Alfred Hitchcock
GUIÓN: Sidney Gilliat, Frank Launder (Novela: Ethel Lina White)
REPARTO: Margaret Lockwood, Michael Redgrave, Dame May Whitty, Paul Lukas.
GÉNERO: Suspenso
AÑO: 1938
PAÍS: Reino Unido
DURACIÓN: 97 minutos.

En un país centroeuropeo, el tren Transcontinental Express sufre un gran retraso a causa del mal tiempo. Los pasajeros pernoctan en un pequeño hotel, donde Iris Henderson entabla conversación con una vieja institutriz inglesa, la señora Froy. Poco después de reanudar el viaje, Iris se da cuenta de la desaparición de la anciana, pero los demás pasajeros afirman que su amiga no existe y que ella ha sufrido una alucinación. (FILMAFFINITY)

Hay siempre algo en donde ponderar a Hitchcock. No es su estilo marcado de disciplinar sus películas, su valor moral regido por las normas eclesiásticas; no es, tampoco, la matriz constitutiva de sus Films, hilvanados todos a través de una imperceptible línea que los demarca: Un hecho insólito, curioso, intercede en la aparente normalidad de sus personajes. A partir de ese momento, se sumará el caos; el caos derivará en un humor fino y sutil. Se suma la intriga y la elocuencia narrativa, gana en intensidad, gana la historia, por más redundante y predecible que ésta fuera. En todos los casos, siempre gana el buen Alfredo.
Pero no son todas estas cosas las que hacen a Hitchcock, al hombre de mármol (guiño a Wajda), uno de los más brillantes profetas de la lengua cinéfila. Ni moral, ni religión, ni capacidad narrativa. Son, sin dudas, dos aspectos fundamentales: a. la productividad de su arte; b. el cine como juego inocente.
Productividad que se define no con el fin mercantilista que esto engloba, que presupone. Tampoco tiene relación con la maquinaria-Hitchcock hacedora de películas (estamos situados en 1938 y The Lady Vanishes es su 22da y anteúltima película del período británico. Todavía restarán las 34 películas de su período norteamericano). Productividad, por que es un cine que mira y es mirado con la misma contundencia con la que es detallado. Vamos a aclarar este punto.
Hitchcock establece una relación orgánica con el material a tratar; su recorte de la realidad, por más ínfimo, extraño y absurdo que sea, es preciso. Dicho recorte, está tan bien matizado, tan precisamente delineado que resulta imposible no darle una valoración, no aceptarlo como tal. Hitchcock inventa mundos insólitos, demasiado anticuados, demasiado maniqueos, demasiado manieristas; pero los retrata con tal firmeza de autor implacable que aquel mundo se acepta como igual, como un recorte derivado con las mismas ponencias de la realidad. ¿Qué hace que A.H. sea un gran prestidigitador de este teatro de marionetas? La elaboración de tal puesta en escena por más falacia e inverosímil que sea, es hacernos olvidar de que las marionetas están ahí, que son todas parte de un mismo organismo; después, olvidaremos los hilos, olvidaremos la puesta en escena, pasará la madera por piel y el cartón por tierra. Finalmente, olvidaremos al prestidigitador, al maestro que hace que toda esa maquinaria siga girando y derivándonos a un punto justo de respuestas insólitas y de simples retruécanos audiovisuales. Capacidad de guía, también. Nos introduce dentro de un laberinto (o al menos, eso parece a simple vista), nos tapa los ojos y nos hace abrirlos de a poco, como esperando una grata sorpresa, una revelación. Nos lleva por los pasillos, nos marea y luego de un tiempo, nos deja a la deriva. ¿Qué es esto?, dicen algunos. La respuesta no es que A.H. había diseñado ese laberinto para recorrerlo con temor, con suspicacia, en “puntas de pie”. Sino que nos hizo creer que estábamos dentro de un laberinto y que las respuestas que buscábamos estuvieron ahí, frente a nuestros ojos. El viejo Alfredo, vuelve a ganar.
Lo que hace que The Lady Vanishes sea su película más comentada de su período inglés, no es la conjugación de todos los géneros cinematográficos (que, por otra parte, cuesta asimilarlos todos como un proceso natural), sino, es que Hitchcock (y esto marcará parte de sus siguientes Films) se deja trepidar con la inocencia de un niño, que inventa sus propios juegos y se divierte con ellos, de esa manera, invita a los demás a entrar en el divertimento que él, sutilmente, nos ha propuesto jugar. “Si el cine es tierra de sueños, nada hay más cercano a su espíritu lúdico que la potencia fantástica de la infancia. De hecho, el cine sólo es posible desde la niñez, porque allí está su motor: qué es su ritual sino un juego, cuya regla principal exige suspender durante una hora y media toda filiación con la realidad, para aceptar lo ilógico y creer que lo inconcebible puede ocurrir. Cuando desde el fondo de la sala oscura la luz se derrama sobre la sábana blanca, cada espectador (aun el más maduro y cerebral) no es otra cosa que un chico dispuesto a creer, aun sin 3D, que ese tren que viene directo hacia él definitivamente va a pasarle por encima1.
El cine de Hitchcock se entiende así, participando de lo lúdico que propone y nunca esperar ganarle, porque el impone las reglas, porque además, legisla y atiende los llamados de sus espectadores. Esa vuelta al despojo de todo prejuicio, a su estado más inocente y solaz, hace que disfrutemos de sus películas como el último regalo de un padre cariñoso y contemplativo. The Lady Vanishes nos regala esos momentos de “Vértigo” de lo irreal, lo aceptamos sin miramientos, pretendiendo no analizarlo con juicios que demanden una supuesta falsedad de lo que Hitchcock nos propone. Atendemos ese juego, esperamos que no nos defraude, buscamos alternativas que nos enfrente con la realidad. Pero A.H. ya lo planeó todo de antemano, un laberinto virtual, un juego de enredos y la verdad al descubierto.

1 Juan Pablo Cinelli, en Crítica de “Enredados”, Página12. 05/01/2011

FRAGMENTO DE "THE LADY VANISHES"

1 crónicas póstumas:

Cinesis 2.0 dijo...

Muy buena crítica, salvo el final que me parece que se desdibuja un poco, es una peli que vale mucho la pena ver..