"EL PUENTE SOBRE EL RÍO KWAI" (1957) David Lean

TITULO ORIGINAL: The Bridge on the River Kwai
DIRECCIÓN: David Lean
GUIÓN: Michael Wilson, Carl Foreman (Novela: Pierre Boulle)
REPARTO: William Holden, Alec Guiness, Jack Hawkins, Sessue Hayakawa.
GÉNERO: Bélica
AÑO: 1957
PAÍS: Reino Unido
DURACIÓN: 161 minutos.

Durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de prisioneros británicos son obligados por los japoneses a construir un puente. Los oficiales, capitaneados por su flemático coronel, se opondrán a toda imposición que viole las convenciones sobre las condiciones de los prisioneros de guerra. (FILMAFFINITY)

Sobre las ruinas todavía humeantes de la Segunda Guerra Mundial, David Lean, el gran promotor de las superproducciones en Cinemascope (y gran director), realizó un film chauvinista. Supura un revisionismo tal que huele, todavía, a propaganda, a reivindicación, a lamentable estremecimiento ético.

A veces está bien negar al espectador, darle una ubicuidad cero, no reconciliarse, cortar el espacio en blanco que hay entre la tela donde se proyecta la imagen y el espacio definido por butacas. De esto saben muy bien Godard, Straub (y Huillet), a veces Bresson. Eliminar cualquier pathos (espectador-materia filmográfica), por ende, nada de catarsis, nada de existencialismos en celuloide. En otras ocasiones, mayoritariamente, se puede servirle el plato caliente a los espectadores. El cine del “todo dado”. Que no alberga demasiadas elucubraciones, donde el pacto espectador-película se entrelaza de manera subjetiva y sin servir demasiado a una responsabilidad del otro por sentirse superado. El cine de Hitchcock (y Truffaut, claro), todo el cine norteamericano, el cine de samuráis, el cine comercial. Allí no existen diferencias ni códigos ni estratagemas para seguir el rumbo de lo narrado. Está bien que así sea. El cine puede ser un diorama, debe estar ahí, explícito; representador de lo real. Pero bajo ningún punto de vista el director de cine debe tomarle el pelo a los espectadores, pedirles que sean lo más atentos posibles, que presten su tiempo (dos horas, cuarenta y dos minutos, en el caso de The Bridge on the River Kwai) y esperar que se entreguen enteros, que se dejen timar, asustar y llenarse por completos con todo el contenido explícito en el celuloide.
Analicemos el caso de… River Kwai. Las heridas todavía se estaban suturando (cabe decir, año 1957), las políticas de posguerra entabladas a estrechar lazos que demandaban una intangible pero paz al fin. Y es verdad que hubo vencedores y vencidos. Hubo un (o dos, o tres) genocidio, hubo bombas nucleares, hubo un nazismo, un fascismo, un gaullismo, hubo conveniencias domesticadas, hubo pactos de silencio… en fin, mucho agua bajo el puente (y no precisamente del Río Kwai).
Un comunicador puede, es más, debe establecer un punto de vista, una postura; tiene que comunicar a partir de sus propias experiencias y de las acumuladas. Un director de cine es un comunicador y ¡vaya que lo es! Pero, ante todo, esto requiere una responsabilidad paralelamente igual a la postura adquirida. No se puede observar el hecho histórico de una manera asertiva y tajante, tiene que estar adherida a una multicausalidad, a un análisis crítico de las situaciones (todas, llámese nazismo, llámese Winston Churchill). Es imposible sino, tratar la materia cinematográfica con tal inocencia, con tal grado de irresponsabilidad.
David Lean (que luego hará maravillas con el Doctor Zhivago y Lawrence de Arabia) tomó esa responsabilidad sin preveer la magnitud de tal inconciencia. El puente sobre el río Kwai desborda chauvinismo. Establece una castración. Castración de la historia. Los soldados aliados verán someterse ante el dominio de un irascible comandante nipón, llevados a construir un puente tranviario que atraviese el río Kwai, en la zona de Sri Lanka (antes Ceilán) y verse violados de todo tratado de prisioneros de guerra.
¿Cómo abordar la cinta entonces? Propongamos caminos útiles:
a. Hace falta un “mirar-hacia-dentro” del pueblo británico. Aunque parezca una utopía, el invencible, autómata y egocéntrico pueblo británico debe a la humanidad el mea culpa (quizás Monty Python´s, quizás Ken Loach). Saber posicionarse desde el punto de vista del vencedor, del esclavizante, del de brazo de hierro. Causas y casualidades.
b. La postura nipona: verdugos del mártir Imperio. Sólo vemos al Comandante Saito imperturbable, debatiendo sobre la vida de esos hombres mientras pela una naranja, mientras se seca el sudor de la frente. ¿Y qué más? ¿El sacrificio vale la pena? ¿Acaso la lucha vale la pena? Resistir es seguir peleando. Peleando contra molinos de viento esperando una respuesta, el fin de la guerra, la bomba a Hiroshima. Nada. Pasividad absoluta.
La historia-eunuco está descrita solo para resistir, para ver el abuso y sufrir. O acaso, ¿aquellos hombres no harían lo mismo en un contexto inverso? Claro, con estos fines propagandísticos, el mensaje suele estar victimizado, visto desde la cruda realidad.
Aún así, Lean tiene la maravillosa capacidad de contar historias y matizarlas con una fotografía deslumbrante. Puesta la tecnología a su servicio, es necesario abrir los ojos para ver la profundidad de sus cuadros y lo hipnótico de sus puestas en escena. Crédito para él. Hay una escena que deslumbra, donde Alec Guiness luego de resistir tortuosos días encerrado en una fosa, pasando calor, sed y hambre, es arrastrado por el campo entre las barracas. Ver ese rostro, impregnado de sudor, agotado, es ver la imagen de la resistencia; al fin y al cabo, Lean cierra el círculo y cuenta el cuento, resistir es luchar, dice.

TRAILER DE "THE BRIDGE ON THE RIVER KWAI"

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