CHÚ CHÚ (¡AHÍ VIENE EL TREN!)

Habituado a los paisajes ferroviarios. A aquellas postales donde un tren lo cubre todo de polvo o rompe el silencio de una tarde mortecina con su estruendoso metal, escribo acá. Hijo del ruido de la máquina, donde delineaba el paisaje acotado de mi infancia e incidía en los juegos, en el azar. Incidía, sobre todo, en el aura cósmica de un pueblo tan indiferente como calmo. El tren, en su ir siempre hacia delante, hilvanó historias, ficciones, leyendas urbanas. Historias, decía. Su postal innegable de progreso, de comunicación, o la excusa perfecta del viaje, se estableció como uno de los decorados perfectos para que el cine lo adopte, para que lo reformule como puesta en escena, como motor de la trama, como desafío, como objeto de ornamentación.
Sea cual fuese su utilidad cinematográfica, el tren también pasó a través de la historia del cine. Aquí, cinco películas: ¡Ahí viene el tren!

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