"SALVADOR" (1986) Oliver Stone

TITULO ORIGINAL: Salvador
DIRECCIÓN: Oliver Stone
GUIÓN: Oliver Stone y Richard Boyle (Historia: Richard Boyle)
REPARTO: James Wood, John Savage, James Belushi, Michael Murphy.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1986
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 120 minutos.

Tragedia sobre las guerras civiles de Centroamérica en los años ochenta. Richard Boyle fue un reportero norteamericano, que trabajó en El Salvador a principios de la década de los 80. El fuerte impacto que le causa descubrir por sí mismo ciertos aspectos de la realidad lo llevará a comprometerse y a tomar partido. (FILMAFFINITY)

Y el águila extenderá su ala y lo oscurecerá todo; y todo será tribulación y clamo. Y ya nada recordaremos, ni en las manos encontraremos respuestas ni en las imágenes borrosas del río. Todo caerá, será hueso masticado por el depredador, será nido vacío, será simplemente una huella en el barro ya fósil, ya rastro, ya nada.
El águila clavará sus garras sobre la memoria y planeara sobre un cielo gris y macilento y febril y terrible. Molerá a picotazos cualquier sesgo de conciencia, la devorará con la sed de los enfermos y nada lamentará, pues será ancha, voluminosa, será espesa y opulenta. Será todo y al arrastrarlo consigo no será nada. Será también el vacío de lo que ha dejado.
El cine insufla con aires algo intoxicados su máquina de transmisión porque de eso se trata el juego de filmar. Pendular los hilos de toda la artillería puesta en escena y moverla con una capacidad única de demiurgo. Pero, ¿qué pasa cuando esa máquina es exportada justamente del país retratado, criticado? El aire denso de la trama comienza a evaporarse. Y de esa manera, todo el soplo caliente que le brindó O. Stone a su cinta queda obsoleto, evadiéndose de su misión basal. Vale la intención de Oliver pero solo queda en eso, en intenciones vanas, en esmeros sin fuerzas, en campañas mortecinas.
La película cuenta la vida del fotógrafo reportero Richard Boyle que se interna en medio de las guerras civiles salvadoreñas. Lo que parece una somera crónica del colonialismo yanqui en Centroamérica, se convierte en un panfleto algo ilegible, pero aún así, el bueno de Stone intenta hacer malabares con la trama. Boyle se siente sitiado, el personaje debe tomar una decisión. Sus ojos (y su cámara de fotos) lo ven todo (o como una irónica sinécdoque, parte del todo: lo que Stone quiere ver y no excavar más allá para no ser expulsado del panteón hollywoodense). Debe tomar una decisión, estar ahí, retratando crónicas absurdas del Imperio justiciero que otorga la paz a cambio de yugo, de pobreza, de marginalidad o ver a través de esos niños que corretean desolados o de las guerrilleras precarias que se refugian en donde pueden bajo una bandera que ya no es tal y amenaza con carbonizarse. Boyle toma una decisión (importa para la trama redentora, se va con los desamparados) y por eso, la acción avanza.
Ahora, ¿qué le falta a Stone para convertirse en el Costa-Gavras sajón? Le falta una identidad fundada en el compromiso político, le falta una verdadera militancia con lo marginal, por eso, brindarse de lleno a la materia que trata; desprenderse completamente de la camisa que lo ata y lo articula. Entender precisamente el proceso que encabeza su propia nación en contra de las libertades de los pueblos oprimidos (en esta cinta, El Salvador; pero los intérpretes pueden variar y no así el discurso: Nicaragua, Panamá, Cuba, Chile, Argentina, Bolivia, México y millones de muertos más). Entonces, al vislumbrar el clamor popular, el dedo levantado de los cinefílicos norteamericanos y el posterior paso por la alfombra roja, todo ese discurso previamente elaborado parece tener una redención: “Seamos concientes de lo que somos pero no nos arrepentimos de nada, solo lo mostramos para alimentar más nuestros estómagos llenos, nuestra saciedad de imágenes genocidas y seguiremos viviendo, por los siglos de los siglos, alimentando nuestro apetito con más justicia desaforada y asesina, con más petróleos y riquezas, con más militares que sonrisas, lamentándonos de nuestras torres caídas, llorando a nuestros mártires neo-fascistas, provocando y regulando el equilibrio del mundo, seamos ese pueblo modelo que erradica las culturas sobre la faz de la Tierra, porque es mejor pensar en Mickey Mouse, porque es mejor despertarse con apetito de Big Mac, porque es mejor escucharlo a Elvis y soñarlo vestido de marinero, porque es mejor masturbarse con los senos de Marilyn y verla retratada infinitamente por Warhol, porque es mejor soñar un país libre bajo la intervención de una cultura que no piensa y que se acomoda en su sillón mirando culos y tetas en el desfile televisivo incesante, y es mejor si enganchamos una publicidad de Coca Cola y nos agarra sed y vamos al quiosco y compramos una y devoramos todo lo que hay en la heladera, porque es así, porque al éxito del capitalismo no se lo cuestiona, no importa si existió algún tiempo un lugar que se llamaba San Salvador o Managua o La Habana o Buenos Aires o La Paz o Santiago, porque lo que queda de aquello también fue adoptado por esta cultura y le fue adjudicado un determinado precio y ese precio difícilmente pueda pagarse, entonces ya no queda más nada que volver a refugiarse en el sillón y disfrutar de las películas que nos dan conciencia social, una moral de gelatina, como las de Oliver, que tiene buenas intenciones, que quizás lloremos un buen rato pensando en aquellos pobres condenados y luego digamos que ese Oscar fue dado con justeza a cualquier director que proteste en contra del Imperio, porque el Imperio reconoce sus errores y los muestra sin medir las consecuencias, porque estaremos bien si no nos pasa eso ni cerca, porque nuestro sufrimiento sufre de amnesia, entonces el cine tiene su lugar indicado, allí donde no molesta y es tratado con cariño y se olvida de los verdaderos mártires, se olvida de Costa-Gavras y de Herzog, de Pontecorvo y de Fellini, de Chaplin y de aquellos jóvenes turcos de la nouvelle vague, se olvida de sus maestros, y sobre todo, del gran Orson Welles, que fue expulsado y traicionado y olvidado, que le dio un cachetazo al cine y despertó los ojos de aquel abigarrado pueblo que estaba en silencio, se olvida también de Buñuel y de Bresson y de Tati y de Kurosawa y de Ford y Hawks, todas aquellas cenizas fueron borradas por el bien de un cine saludable que despeja conciencias momentáneas y luego las vuelve a adormecer en un chasquido.”

TRAILER DE "SALVADOR"

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