DOS MONSTRUOS. DOS HISTORIAS BAJO EL MAR

Al hablar de Jaws y Piranha, irremediablemente, nos conducen por el mismo camino. No sólo desde las bases de sus propuestas argumentales; esto es, un depredador (o varios, en el segundo caso) que habita en las profundidades del agua y está al acecho. Un héroe humano que les hace frente y, sobre todo, varias víctimas que matizan el terror o el suspenso o, en el caso de Piraña, las dosis exactas de sarcasmo.
Una (Tiburón) se estrenó en 1975 bajo la dirección de un judío neoyorquino que asomaba por las hendijas del cine hollywoodense con historias novedosas. Quizás, la alta dosis de cinefilia que alimentaba su modo de crear le proporcionaba el margen necesario para ir colándose irreductiblemente en el panteón comercial. El suceso de Jaws es conocido, durante un largo período (hasta la nueva invención de ese neoyorquino, la pequeña fábula del enanito verde y su encuentro cercano con un grupo de niños en los suburbios) fue un éxito taquillero. A partir de allí, una moda que llevó al cine comercial a un aluvión incesante de películas donde un monstruo (Tentáculos, Barracuda, el Búfalo Blanco y demás rarezas zoológicas) sometía a la pobre e indefensa ciudadanía de modo aleatorio y sin descanso.
Tres años más tarde, en 1978, el célebre director, recientemente fallecido, Roger Corman, abandonó por un tiempo su carrera y se puso a producir películas. Una de estas tantas fue Piranha. Donde, ¡vamos a decirlo de una vez!, su esquema no presentaba grandes alteraciones a los patrones que se venían viendo con respecto a esta moda cinematográfica. Pero la película, dirigida por Joe Dante (el gran sarcástico del terror: “La invasión de los tomates asesinos” y, posteriormente, “Amazonas en la luna”), era tan buena, tan crudamente histérica y auténtica en su afán por generar un terror algo previsible pero sincero y, si se quiere, tierno, que los productores de la Universal decidieron no hacerles juicio a Corman y Cía. El resultado es una desopilante y cáustica película de terror donde (mérito de Dante) el espacio cinematográfico, es decir, lo que uno ve y lo que el director esconde, es manejado con una invulnerabilidad asombrosa; y donde, el montaje (mérito de Corman) es llevado al punto exacto donde una película de terror rebasa las fórmulas, inclusive, de sus propias limitaciones.
El original, la obra maestra de Spielberg. La ¿copia?, la humorada de Dante (y Corman).

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