"BUSCANDO A NEMO" (2003) Andrew Stanton, Lee Unkrick (Pixar)

TITULO ORIGINAL: Finding Nemo
DIRECCIÓN: Andrew Stanton, Lee Unkrich (Pixar)
GUIÓN: Andrew Stanton, Bob Peterson, David Reynolds.
REPARTO: (voces) Albert Brooks, Ellen DeGeneres, Willem Dafoe, Alexander Gould.
GÉNERO: Drama, Comedia
AÑO: 2003
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 101 minutos.

Nemo, un pececillo, hijo único muy querido y protegido por su padre, ha sido capturado en un arrecife australiano y ahora vive en una pecera en la oficina de un dentista de Sidney. El tímido padre de Nemo se embarcará en una peligrosa aventura para rescatar a su hijo. Pero Nemo y sus nuevos amigos tienen también un astuto plan para escapar de la pecera y volver al mar. (FILMAFFINITY)

Nunca un pececito transmitió tantas sensaciones en la historia del cine. Porque si algo caracteriza a la factoría Pixar es su habilidad para contar historias, desarrollarlas y darle un doble sentido perfecto que, inclusive, logra filtrarse por entre el rígido panfleto conservador de su empresa madre, la Disney Pictures. Todas sus películas tienen un simbolismo mágico que se desprende independientemente de lo que se plantea. Porque, evidentemente, el universo narrativo de Pixar parece no tener techo y parece corresponder a coordenadas que nada tienen que ver con un propósito mercantilista (aunque así lo fuera, las intenciones son más poderosas, ¡doblemente felicidad!). Planteando escenarios post-apocalípticos y criticando los hábitos sedentarios, consumistas, estructurales y alientantes del ser humano (Wall-E), haciendo una crítica a la feroz competencia posmoderna (Ratatouille), devolviéndonos a lo más inocente de nuestro ser y replantear la moral en tiempos de guerra capitalista. Los mensajes cifrados de Pixar nos han hecho reencontrarnos con un cine que mira a las sociedades, las retrata y las expone ante los ojos de todos: de los niños que miran estupefactos como la maquinaria indefectiblemente se los devora y el de los adultos, que sienten un cierto escalofrío al sentirse parte-engranaje de todo eso. En la traducción está el gag, la sofisticación de ese mensaje. En saber diseñar un aparato tan bellamente coordinado (en imágenes y sonido) que se convierte en algo que todos (niños y adultos) pueden asimilar y saborear profundamente.
Ese “estar ahí” le significa una invisibilidad para moldear los temas que luego pasarán de largo en el rígido tamiz del juicio de Mickey Mouse. Esto, prácticamente, le otorga el ciego mecenazgo de la corporación para seguir practicando impunemente, y ante la vista de los espectadores sedientos de más historias, de más rupturas, de más cine-fantasía, el derecho a crear, moviéndose sutilmente por los intersticios de lo que “ellos” (o “nosotros”, de acuerdo el punto de vista desde donde se ve el conjunto cinéfilo) pretenden entender como artefacto de historias.
Un pequeño revisionismo a los temas de “gran moral” ejerce el punto de partida para la elaboración de historias. A partir de una moral, Pixar reelabora el sistema: le da voz al marginal-personaje, el sufrido, el carenciado de afecto; lo llena de matices (aquí el humanismo ambivalente que le confieren más realismo a sus películas) y por fin, la apoteosis, la espectacularidad, el juego de ida y vuelta entre imagen “robada” a la piel y los artefactos que proponen la digitalización y creación de nuevas imágenes. En ese juego, donde combinan las reproducciones de la realidad (ahora digitalizada) y la materia a tratar a través de personajes ficticios casi-humanos, Pixar explota su habilidad. No apela a la rimbombancia de la imagen (de por sí, teniendo todo ese potencia para aprovecharlo) sino que reproduce, imita, roba y resignifica. Surge el planteo del arte en sí, ¿reproducción de realidad? O ¿invención única, auténtica? En Pixar, las dos. Una y otra alternadas. En el primer punto, la catarsis, lo que “el público ve, quiere y asimila”. Segundo punto, lo que el público nunca vio y está ahí, dispuesto para dejarse asombrar, y festeja la creación de algo nuevo.
Aceptando el pacto de la fantasía: creador-propone, espectador-acepta como real; la química se produce en el hecho de narrar, costumbrista, espontáneo, asertivo y en las formas de asimilar en quien especta (que no produce grandes cambios en su mundo pensado/imaginado).
El caso de “Finding Nemo” es especial, es el paso previo al pacto establecido con coherencia en las últimas cuatro películas de la factoría Pixar (omitimos “Cars” y “Los increíbles”; “Ratatouille”, “Wall-E”, “Up!” y “Toy Story 3”). No hay un cambio tangencial en el discurso, existe un motivo de supervivencia que lleva la acción hacia delante. Pero no hay fondo ni entretelones, es puro realismo, pura búsqueda catártica: la desesperación, lo pertinaz, la pasión, lo sanguíneo del padre (público adulto) y la soledad del hijo (público infantil). Lo que pase entremedio es el espectáculo, lo que Pixar cede (y a la vez, otorga) para que se produzca el milagro del producto (o lo que Disney busca). Una vez acaparada la atención (del público), el financiamiento (de la Disney) y los disparadores (el mundo globalizado); Pixar ha sabido, después de “Nemo”, establecer un código cinematográfico de hacer historias implícitas para el niño de hoy. Y allá el cine nada (Nemo), corre velozmente (Cars), vuela (Up!) o se convierte en lágrima. Hoy el cine infantil es la reivindicación del cine como hacedor de historias (y Pixar lo ha hecho posible).

TRAILER DE "FINDING NEMO"

0 crónicas póstumas: