"AZUL PROFUNDO" (1988) Luc Besson

TITULO ORIGINAL: Le grand bleu (The Big Blue)
DIRECCIÓN: Luc Besson
GUIÓN: Luc Besson, Robert Garland, Jacques Mayol, Marc Perrier, Marilyn Goldin.
REPARTO: Jean-Marc Barr, Jean Reno, Rosanna Arquette, Jean Boussie.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1988
PAÍS: Francia, Estados Unidos, Italia.
DURACIÓN: 119 minutos.

Jacques Mayol, un eterno amante del mar con una especial habilidad para el buceo, ayuda al profesor Lawrence en sus experimentos marinos. Nada de lo que tiene o consigue Jacques en la vida le llena tanto como el mar. (FILMAFFINITY)


Luc Besson, aquel francesillo de “León” (El perfecto asesino), “Kamikaze 1999”, “El quinto elemento” y más acá, “Angel-A”, ha realizado una película donde el mar lo manifiesta todo. Ese azul profundo que tiene la cualidad de ser nada más que un espejo gigante del mundo, donde todo se refleja y se refracta, donde la asfixia, las pasiones y el amor se ponen en juego en una competencia amistosa.
La película no trata de documentar al mar, no trata, siquiera, de mostrar lo maravilloso de sus profundidades. Los personajes lo matizan, le dan una nueva vida, nuevos símbolos. Entonces, el mar se convierte en un océano de fuego, en algo rojo infernal; se convierte en algo calmo y anodino; se convierte en algo que brota incipientemente desde las venas. Sin la mirada subjetiva de su director no tendríamos película. Porque, el mar está protagonizándolo todo y los personajes son, al fin y al cabo, la escenografía que le brindan los cambios de estética, las puestas en escena, sus dosificaciones.
¿Cómo graficar este inmenso azul profundo? ¿Cómo darle vida si los personajes son intransigentes? Justamente mostrando su voracidad y su mutabilidad que le permite readaptar sus formas de acuerdo a lo que se pone en juego en el argumento. El mar lo vivencia todo, es un observador intranquilo que se mantiene alerta. Deja sumergir a los personajes en él: a Jacques, el invisible, el temeroso, el utópico, el no-terrenal; a Enzo el terrenal. Se deja devorar por las pasiones que lo conmueve. Jacques vive para el mar, Enzo vive del mar. Y se ofrece amplio y luminoso como escenario para que esa competencia entre ellos se desarrolle. Primera mutación, de personaje a escenario y los personajes de escenario a nadadores. Algo de mito e imaginación, los dos personajes convertidos en semidioses se disputan el amor y la gloria, experimentando con sus cuerpos más allá de las posibilidades biológicas. El mar nuevamente se ofrece, deja que se sumerjan durante horas, en una lucha memorable, deja que el tiempo pase sin arrepentirse. Ahí dentro, sumergidos, son parte de ese ecosistema y el océano no interfiere. Afuera, cuando el oxígeno ya asfixie, cuando no se pueda respirar de tanto aire y el humano apenas mantenga su existencia, el mar interferirá, los invitará al asombro, los tentará y ellos, volverán a sumergirse para dimitir sus diferencias.
Besson trata de exponernos a un complicado juego de roles. Acá un personaje, allá un mar, pero no por eso, acá cuerpos, allá escenario: el mar será el único capaz de metamorfosear y metamorfosearse, de darles una existencia más humana a estos dos amigos/enemigos que no son más que cuerpos inmateriales, entes que se mueven sin brújula en el mar de cemento, produciéndose un choque entre sumersión y sumergimiento.
El sumergimiento es el bautismo de los dos a un plano terrenal, paradójicamente, algo que el mar les entrega y que no encontrarán nunca en su vida en el exterior. Porque una vez que puedan desarrollarse “ahí dentro”, una vez que entiendan de lo bello y lo horrible, de la gloria y las derrotas, podrán sacar la cabeza al aire y sentirse vivos, ya no cuerpos ambulatorios sin vida, ya no seres etéreos sin destino.

TRAILER DE "LE GRAND BLEU"

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