"LA BATALLA DE ARGEL" (1965) Gillo Pontecorvo

TITULO ORIGINAL: La battaglia di Algeri
DIRECCIÓN: Gillo Pontecorvo
GUIÓN: Franco Solinas, Gillo Pontecorvo.
REPARTO: Jean Martin, Yacef Saadi, Brahim Haggiag, Fusia El Kader.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1965
PAÍS: Italia, Argelia.
DURACIÓN: 120 minutos.


La batalla de Argel es una película filmada en blanco y negro que retrata los orígenes, el desarrollo y el fin del enfrentamiento entre el Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia y las autoridades coloniales francesas en la ciudad de Argel entre 1954 y 1957, con un rápido salto final que conduce hasta el momento de la independencia de Argelia en 1962. Para ello, sigue los pasos de uno de los más destacados activistas de la casbah de Argel, Omar Alí La Pointe, desde sus años de juventud en los que se gana la vida como trilero y macarra hasta su muerte en septiembre de 1957, acorralado por las tropas paracaidistas francesas. (cinearabe.es)

Libertad es una palabra que conocemos y saboreamos casi inconscientemente. No nos basta descubrir la fuerza de su significado, se esconde allí, subcutáneamente o en la sangre de nuestras sociedades. Tampoco nos importa entenderla, sabemos que esto es así, que la libertad fue dada gracias a un previo pacto social y que somos demasiado ancianos (la sociedad) para que nos la quiten. No sufrimos ni imploramos ni luchamos por ella; nosotros, la sabemos ahí, inalterable, rígida y sostenida gracias a un sistema natural de idas y vueltas monetarias, poder o sumisión, status quo.
Nosotros, la clase media muda, que solo despierta cuando esa eterna permanencia en la nada se altera o es nutrida de nuevos accidentes sociopolíticos, alza la voz, se suma a la fuerza y ve desestabilizar su libertad.
Hablábamos de libertad. ¿Qué sabe la clase media occidental de libertades? Nunca luchó por ella, nunca se sintió amenazada, sino más bien, tentada en afán de progreso económico y poder. Allí es cuando la libertad se compra en la bolsa de valores.
Tenemos una palabra: LIBERTAD. Tenemos un significado etimológico: volver a la madre, a la sensación de nacer, de sentirse nuevamente parte de una armonía; ya no social, coyuntural, ni mucho menos, política. Una impresión individual del hombre de estar en estado natural. El hombre nace libre. Por eso, el concepto de libertad no se adquiere, es inherente al ser humano.
La libertad se vuelve ambigua, presa de los significados estructurales en los que se basa el poder para ejercer su dominio (si sabrán de esto yanquis, británicos, franceses, españoles, alemanes, italianos, portugueses, japoneses, chinos, israelíes). Se vuelve maleable, medio para implantar un nuevo régimen coercitivo. Saqueos, distorsión y postergación del pueblo colonizado. Ese sistema que quita y otorga según las necesidades de poder; ese pueblo que se lamenta y se encierra, se castiga con una violencia más poderosa que la física: la económica (si sabrán de esto latinoamericanos, sudafricanos, argelinos, armenios, hindúes, congoleños, vietnamitas, etcétera). ¿Qué libertad? La burocrática, religiosa, belicosa, xenófoba, militar. Solo la locura de enfrentarse al fusil con la otra mejilla (Mahatma inmortal), será capaz de sanar la otra (la verdadera) locura colonialista. Pero, es verdad que esa violencia opresora que se escurre por la calle, que vacía las ollas y golpea las puertas, catea las casas e impone su inmoralidad, recrudece aún más y se vuelve lentamente en rebelión, en la búsqueda de la tan ansiada libertad: ese reencuentro carnal con el vientre materno-con el país de los sueños y la igualdad.
En Argelia nunca se escuchó tan fuerte la palabra ¡Libertad! (con signos de admiración), entre los polvos levantados en la calle, ni a través de los velos harapientos de sus mujeres cansadas, ni en las verrugas y arrugas de sus ancianos en las calles, ni en los juegos galos de sus niños. Ya fuera por los otomanos, ya fuera por los británicos, ya fuera por los franceses. Era necesaria ejercer una violencia tan inclemente, tan prolongada e inteligente para que se alce un pueblo entero en armas, para que una Revolución tenga tanta expansión y poder. Una fuerza de coacción capaz de erradicar violentamente ciento treinta y dos años de colonialismo. Era necesario entender que existía una posibilidad de reeducación de las creencias musulmanas, de la cultura argelina que lentamente se fue eliminando con la sutileza del fusil. Habría que adaptar nuevamente un sistema de reimaginación de pueblo, de patria, de grandeza nacionalista. A través de la Revolución (no existe Revolución sin fusil ni atentados ni palabras ni panfletos) el pueblo argelino obtendrá su dignidad, se unificará, volverá al vientre materno.
Tomemos significativamente la escena inicial de “La battaglia di algeri”. Un hombre de la resistencia argelina es sometido a un cuidado intensivo, inteligente, sutil y elaborado por parte de los militares franceses. El hombre se encuentra rodeado de una decena de soldados que lo abrazan y juegan con él un juego que no entiende, que no reconstruye; sólo está ahí ----> víctima de un juego inalterable que el poder ejerce sintiéndose vulnerable. Lo obligan a colaborar: el hombre pone en juego su pasado, tradición, idea y religión. Lo obligan a vestirse a su semejanza: el hombre esgrime una lágrima en su rostro (la última gota de tristeza derramada de un pueblo que dijo – hace tiempo –¡basta!). El hombre no tiene más remedio; se agazapa ante la opresión, se lamenta y finalmente, delata a sus camaradas de lucha. Ese poder de subrepticio dominio recrudece en cada fotograma de la película de (l gran) Gillo Pontecorvo.
Una historia carne a carne con la HISTORIA. Un documento non-ficticio de la resistencia de un pueblo reducido a la nada (cultural, política, económica y religiosamente). Obligado a delatar, a levantar el velo de la transigencia, a no sufrir por el otro y trascender, como se pueda, en ese ambiente hostil, okupado por el Imperio Francés.
Cuando ya no se es nada, un vacío espiritual condena: ¿la libertad? ¿Qué era eso? ¿Un manuscrito filosófico de cómo los hombres debían vivir en pleno ejercicio de su vida al natural? Nada. En esos rostros se ve el vacío (la Nada) que Francia eliminó; robadas las cicatrices, las huellas del pasado, los golpes naturales del crecimiento de toda sociedad. No existe nada más que la idea de una sociedad que crece (como puede) en el fondo.
Allí se halla la verdadera importancia del film de Gillo – quizás, para la historia del cine universal –. Acá hay una historia (¡y vaya que la hay!). Una historia grande de un mundo que se regula así, entre poderosos y sumisos, entre dueños y esclavos, entre ocupantes y ocupados. Y hay otra historia. La de un pueblo que calzó el rifle al hombro, colmó las calles, se precipitó y re-educó al resto, en un reencuentro con su antigua sabiduría, creencia e idiosincrasia y se lanzó a la lucha.
Gillo utiliza este film como un modo de traducir las herramientas más poderosas del cine. El cine en directo. Sin tamices ni efectos secundarios que determinen una desviación o pretexto a lo narrado. Un golpe de lleno a la historia que segrega, inexorablemente, a unos y otros, a bandos opuestos. Pero lo más importante, es que con esa reacción subversiva de un cine “en directo” logra algo más que el efecto primario en el espectador. También, una historia que está relatada a carne viva, adecuada a las formas naturales de la “historia real”, documentada-retratada, sin barroquismos ni excentricidades lingüísticas. Potenciando las historias individuales como parte de un todo sublevado, como la explicación de porqué esas historias individuales se encuentran, indefectiblemente, ante la situación de lucha.
“La battaglia di algeri” procura un cine, luego de los estudios clásicos, modernos, vanguardistas, un cine sin ataduras comerciales ni salvajismos estéticos, que se convirtió en más realista que el neorrealismo italiano mismo. El cine se muestra como es, medio de transporte entre realidad y ficción, ¿panfletario quizás? Puede ser. Pero excelso, maniático, voraz, crudo y sutil (a la vez).

TRAILER DE "LA BATTAGLIA DI ALGERI"

COLONIALISMO Y CINE

“No se puede confiar en el imperialismo
pero ni tantito así... nada”
Ernesto Guevara

¿De qué hablamos cuando hablamos de colonialismo? Imperialismo, conquista, campaña, modificación; quitar, robar, profanar una cultura e introducir por medios eficaces, implícitos o explícitos, una nueva cultura; así, una nueva sociedad irreal, espasmódica, atada, ciega, servil. Sociedades yermas, presas a los designios poderosos del capital, la industria, el feudo y el catolicismo.
Ese espíritu de campaña, conquista y expropiación marcó el fin de los tiempos del hombre en plena acción espiritual con lo que lo rodea, ejercicio divino y natural como un todo uniforme entre naturaleza-materia-espíritu. La libertad, a estas alturas, se convertía en utopía, en sueño bañado de sangre, decapitaciones y persecuciones. Después de todo, ¿qué puede pedir el hombre hoy? ¿Qué deseos, grandezas o estiramientos del alma? Nada. La suerte de la humanidad fue echada al vacío, rota. Ya no se encuentran rastros de aquella humanidad (o, la verdadera humanidad). Fueron extirpadas meticulosamente todas las raíces que conectan la tradición, la costumbre, la vida al natural por el mismo hombre, e introducidas unas nuevas. La “idea” de raíz, más filosa y rudimentaria, racional, dinámica, más individual y solitaria, transformadora del caos, la prevención y el exhumo (desigualdad, guerras, hambre, las palabras cotidianas de la vergüenza). Y así el imperio fue creciendo en contra de su propia condición vital: el hombre pisoteado, dueño o mendigo de un sistema; ya no como causante azaroso de su destino.
Entonces, las sociedades son difusas, inertes, amarradas a los atavíos del imperio que todo lo regula. La idea de unidad fue mutando, variando, colonizándose; desde que este nuevo mundo desvaino sus vísceras y las dispersó por aquí y un tanto por allá, concediendo fatalidades esquivas, traficando con el pensamiento del hombre, subyugando la acción y la palabra. Esa unidad es una fuerza débil y caprichosa que se mueve loca por los intersticios de la historia como si fuera la única capaz de socorrer el espíritu humano: revolución, frenesí, antimperialismo. En cambio, se devolvió más oposición, más violencia, más alienación. Otra vez ir en contra del hombre, sentir que la libertad ya fue vendida y es irrecuperable.
Me pregunto: ¿Cómo volver hacia atrás? ¿Cómo recuperar nuestro verdadero espíritu o sentido de vida? ¿Cómo luchar contra un imperio que todo lo alucina y lo desparrama por las sociedades descalzas? Quizás la lucha sea el pretexto, la unidad de los pueblos, el pasaje entre salvajismo y rebelión. Escupir, gritar, follarse a la gran ballena del imperio. “Los pueblos de la América española se mueven en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la América hispana1.
Aquella rebelión, que hoy santificamos y honoramos en el nombre de la creación de nuestra identidad, se produjo más o menos a una escala real, siempre aceptando normas y contradicciones. Apretando el puño ante la avanzada industrial que predominaba en el continente madre y así, la libertad, la verdadera fuerza emancipadora quedó reducida a un esquema administrativo. Cuando la suerte de sus colonias se vio sumergida en esta fuente de vitalidad nueva y resplandeciente, nunca dejaron de ser colonias, meros espejos de una tecnocracia audaz y mercantilista ahora ya no sólo de España o Portugal, sino Inglaterra, Francia, Alemania; la América convulsionaba en su ocaso de libertad.
Entonces, ¿dónde quedaron los ideales de los pueblos libres y actores de su propio destino? Y hablo desde aquí, como voces que se hacen eco en la orilla de en frente (África) o en el pálido rumbo del oriente lejano. Encerradas en un chaleco de fuerza, vociferando utopías, sueños vencidos por el vaciamiento paulatino del capitalismo, cultural, económico, social. Lo que nos queda es la nueva unión, un nuevo sentido de rebeldía, cualquier excusa hacia el JUICIO UNIVERSAL CONTRA EL IMPERIO.
Pero al fin y al cabo este es un blog de cine (y música), que se nutre por las expresiones mayoritarias de países de industria avanzada e ideas (siempre artísticamente hablando) vanguardistas. Quizás ahí se desdoble un poco este sistema maléfico. El cine, tanto como otras ramas artísticas, es el único medio de supervivencia y de pacto retórico con el imperio. Pequeñas voces que dicen y cuentan una situación. Este blog gusta por aquellas pequeñas voces de pequeños grandes hombres que gritaron a través de la historia del cine y rompieron con los sistemas impuestos. Los hay de los otros, los que concientes de pertenecer a un determinado sentido comunicacional, se aferran fuertemente a su fuente de trabajo para prevalecer, y de esa manera, ser parte de ese todo imperante.
Hoy por hoy, el imperio ha ganado la batalla de la industria cinematográfica. Salvo algunas raras excepciones que navegan en un mar inmenso y agitado, ambulantes, remando con palitos de madera (hablo de Jarmusch, Wenders, Kusturica, Godard y por ahí sigue la escasa lista). Los monstruos-productoras con su indeliberado sistema de distribución comercial, desembarcan sus productos cinematográficos en un país (y ahora hablo específicamente de Argentina) con una sociedad que consume mucho cine. Pero, ¿qué opciones se les da a esa población? Ninguna. El gran público ya no tiene acceso (salvo por la bendita Internet y la facilidad pirata) de llegar a otras cintas, a otras voces, que sienten y palpitan lo mismo; que nos abren puentes artificiales que nos conectan con otras culturas, otros modos de sentir la vida. Si no fuera por Kim Ki Duk, no conoceríamos el cine coreano, si no fuera por Aki Kaurismäki nos perderíamos una parte de Finlandia. La resplandeciente China seudo-comunista de Zhang Yimou, los restos después de la eterna guerra retratada por Amos Gitai (Israel) o Danis Tanovic (Bosnia). Las fotografías de un pueblo entre las cenizas (el filipino) de Raya Martin, y el excéntrico, culto y emocionante nuevo cine rumano (Mungiu, Porumboiu, Nemescu, etcétera).
El imperio ha hecho del cine un gran espectáculo artificioso; lo vació de contenido, lo volvió un ritual frívolo y consumista, lo subestimó haciendo de él un mero entretenimiento y negocio de la imagen. Eso es colonialismo, profanar una cultura (una visión del cine como elemento de reproducción de mensaje) e introducir por medios eficaces, implícitos (la paulatina tentación de grandes directores a Hollywood) o explícitos (el espectáculo, el 3D, los pochoclos, el cine Premium, el cine a gran escala, etcétera), una nueva cultura (cine-ritual del capitalismo).

1 “La unidad de la América indoespañola” José Carlos Mariátegui, “Esquema de una explicación de Chaplin y otros escritos”, Recopilación, 2010.

IMFREAKALOT inaugura un espacio de reflexión sobre el Colonialismo y el cine, trazando un paralelo sobre el estado cinematográfico actual. Películas sobre la conquista de pueblos, a través de la sangre y la Biblia, de la imposición del rifle y la cultura.
Iniciamos este nuevo especial con una de las mejores películas de la historia del cine (para IMFREAKALOT), “Aguirre, la ira de Dios”. Luego, se vendrán nueve más.

"AGUIRRE, LA IRA DE DIOS" (1972) Werner Herzog


TITULO ORIGINAL: Aguirre, der Zorn Gottes
DIRECCIÓN: Werner Herzog
GUIÓN: Werner Herzog
REPARTO: Klaus Kinski, Ruy Guerra, Helena Rojo, Del Negro.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1972
PAÍS: República Federal de Alemania
DURACIÓN: 94 minutos.

En 1560, poco después de la destrucción del imperio inca, una expedición española parte de las montañas de Perú rumbo a las selvas del Amazonas, en busca de la legendaria tierra de El Dorado. A través del diario del fraile Diego Gaspar de Carvajal iremos conociendo aquella peligrosa aventura. (FILMAFFINITY)

Redescubrir el mundo, encontrar en él nuevas formulaciones, imágenes, pasadizos que nos develen una nueva verdad, un nuevo imaginario para poder pensar que todo esto (lo que nos rodea, realidad, visión, percepción) es una cortina de humo, mutable, variable, alucinógena. Dos aventureros, autócratas y viciosos: Lope de Aguirre/Werner Herzog. Capaces de rehacer un mundo que siempre estuvo ahí palpitante. Extinguiéndose en las cenizas del olvido, borrándose inexpugnables. Los dos, antorchas en la oscuridad, guías de un lugar prefigurado para una nueva existencia: la del caos, la muerte, la locura y el terror (LdA), la del arte y la vida (WH).
Introduzcámonos en el tema de las imágenes en el cine. Una parte que se oculta, otra que se representa como un todo del mundo. Un juego metonímico donde se aporta la consecutiva visión sobre ese universo imaginado; el director, el dios creador, demiurgo incansable, robustece a ese mundo (la estética); la cámara es ese ardid entre tratado activo (el de la imagen) y realidad óptica. Lo que allí ocurre y luego, en el 16:9, pasa por delante de nuestros ojos como una consecuencia de un mundo alterado, conducido por ese “dios creador”; a veces, reconocido como parte de un todo costumbrista, a veces, descubierto como una nueva realidad. Werner Herzog ha luchado contra esos demonios de la imagen real, del mundo aparente y ha plasmado en su arte de filmar una nueva realidad, nunca vista, imágenes inéditas de un mundo que ya estaba ahí, descubierto, al acecho de cualquier óptico, crítico o transformador. Lo que WH ha logrado (y de ahí su importancia en la universalidad del cine) es introducir un nuevo código de imágenes, donde, lo que ya estaba dado de por sí (el mundo real y estático) se encuentra reformulado como una nueva visión, donde el espectador evidencia al mundo como una realidad inédita. Entonces, colocará al espectador en otro lugar, de reconocimiento de esa nueva imagen y por ende, establecerá nuevos códigos de relación con él. “Aguirre der zorn Gottes” es la muestra magnífica de ese arte de captar impresiones auténticas sobre una realidad aparente. La selva no sólo es el escenario donde los personajes desarrollan el conflicto del film; se trata de un inclusión dramática, una puesta en escena para darle vida a la historia.
Lentamente, sombrío, fatal, caótico, nos introduce dentro de las fauces de la demoníaca selva Amazónica; todo lo captado ha partir de allí será una consecuencia de ese camino que lentamente irá conduciendo a Lope de Aguirre hacia su locura de poder, de ambición, a su trance psicopático.
La primera secuencia resultará evidente, todo parece signado por la hostilidad, la fealdad y el destino trunco de la empresa (una ilusión ya no óptica sino de deseo, espejismos). En ese universo de imágenes parece imposible romper con los códigos del lenguaje herzogiano, todo se establece sobre la idea de reforzar la historia. La maravilla del cine se despierta, se mueve agazapada en una selva que parece predecir el futuro de los intrusos, de los conquistadores, de los locos, de los terroristas; ese mundo descalzo, esa jungla tupida e intensa será el último bastión que separa la cordura del infierno. Y tragados en la vorágine de poder, Lope de Aguirre y su séquito devorarán toda esa maldad como un espejo que se devuelve lapidario hacia sus sienes. Ese laberinto (ir)real logrará conmover el último resquicio de libertad de ese pueblo abarrotado tras su extensión.
Herzog deposita allí a su único intérprete. Un personaje desvariado, envuelto en una locura que paulatinamente comenzará a comerse sus nervios; un personaje (el de Kinski) que va en contra del resto, haciéndolos cómplices o víctimas de su monomanía desenfrenada. Como WH, va reventando las ideas y envuelto (también) en su afán de conquista del imperio cinematográfico, sin importar las voces que van en la dirección contraria, se lanza a la odisea de la imagen, el mensaje y la posteridad.
“Aguirre...” no sólo es una pequeña historia del gran genocidio, ni los artilugios utilizados para hacerse con la “idea” del oro. Es, en profundidad, la historia de un loco (hablo de Herzog) que marcó el quiebre definitivo de la historia del cine, utilizando la cámara como el arma más poderosa de conquista.

TRAILER DE "AGUIRRE, DER ZORN GOTTES" (en inglés)

5 CANCIONES DE COTILLÓN VERSIONADAS

La RAE dice (y si ella o ellos lo dicen...) que la palabra cotillón tiene dos acepciones. La primera: fiesta y baile que se celebra en un determinado día. La segunda: Danza con figuras, y generalmente en compás de vals, que solía ejecutarse al final de los bailes de la alta sociedad.
Baile, fin de fiesta, romances, mucho exceso, mucha extravasación, mucho sudor. Los tíos con corbatas en la cabeza pintan un cuadro general, un aspecto preciso de ese determinado malgustismo donde se exacerba y se complota lo surreal con lo frívolo. Las abuelas agarrándose las enaguas mojadas por la bomba que expulsa espuma por el aire, los padres traspasando cualquier límite de decoro y entrando al terreno nebuloso del ridículo, las mujeres descalzas danzan sempiternas en un ritual ya vacío, ya rutinario, ya triste y enfermizo. Aquellos rechazados, al costado del salón, postergados por la repentización de otros en temas del amor, elucubran ideas macabras de venganza.
Aquel relajo, vergel mundano, elíseo desnudo y recreo en el espacio y tiempo son las fiestas de quince, casamiento, compromiso, bar mitzvah o comúnmente llamado: ¡los eventos!
Todo un cocoliche: mucho plástico, mucho material descartable, objetos fútiles de coexistencia con la vida diaria. Luces que refractan colores en el aire y tiñen todo de un optimismo inusitado, mientras, en el fondo de la mesa, dos tías se miran mal. La puesta en escena más compleja, un rasgo esencial para entender al ser humano. Aquel que vive preso de una rutina que lo conlleva a los más insufribles y detestables quehaceres, mecanizándolo, volviéndolo alterno a una corriente que no para de fluir (como la danza que ejecutan las mujeres descalzas) sempiterna; y los eventos son el recreo. Donde se disipa cualquier diferencia filial, donde se despojan las ataduras a ese mundo mecánico, donde los abogados se ponen gorros con flores y las tías se arremangan los vestidos para colocarse cintas, ligas, etiquetas. En ese mundo parece reinar una suerte de democracia de la felicidad (y lo ridículo). Y luego, cuando las horas comienzan a indicarnos el final, cuando todo el sudor parece haber quedado derramado en la pista de baile y los platos se apilan sucios, llega el cotillón.
El cotillón es la exacerbación por lo extravagante que ostentan dichas fiestas: un mundo paralelo donde conviven risas y bananas de plástico, gorros de piratas, cowboys y doncellas con la borrachera de último momento; es, justamente, la exacerbación de toda esa horizontalidad festiva, donde, finalmente, se termina de cruzar cualquier barrera y no existen ni el sentido del ridículo ni la seriedad. Todo, papel picado, confeti, nadería.
Cinco canciones de cotillón versionadas.

Vení Raquel – Ambulancia (versionando a Los Auténticos Decadentes)
Ambulancia es un experimento de cinco actores (entre ellos, Mike Amigorena y Muriel Santa Ana) que combina música con teatro. Hacen canciones versionadas donde combinan el sutil arte de las máscaras, comedia y drama, con canción popular. “Vení Raquel” es el primer éxito bailantero de los Decadentes. Ellos dicen: “sonido prêt-à-porter”; yo digo: sonido popular en un envase bonito.



Travestis Tarot Superconstituamor (Yo me enamoré) – The Peronist (versionando a Amar Azul)
La cumbia (o música tropical), ese amigo infaltable de las noches ásperas, del baile descolocado, del momento energético, del ritual mundano. The Peronist lo ha conjugado en clave electrónica; quizás como el movimiento peronista, un colorido bricolage de ramificaciones diversas, un recuadro general que converge lo plural, lo popular con el más acérrimo conservadurismo; donde las nuevas tendencias se empaquetan en residuos viejos. Donde todo es tan amplio, tan genérico e indecible que pierde esa dotación de movimiento, de partido o de ideología.
Cumbia electrónica, música nacional y popular.



Usted Abuso – Miguel Bossé (versionando a Vinicius de Moraes)
Y llega el popurrí brasilero, ¡el Carnaval Carioca!: “Brasil, laralalala la la láaa...” “Ay ay caramba...” “Pepé pepe pepé...” y por supuesto, “Voçe abusou”; en ese momento, comprendimos todo, es una orgía del mal gusto, un culto a la decadencia humana. No sólo se hace usufructo de una alegría que no se sabe muy bien de donde proviene, sino, también, se exporta esa alegría, se la trasviste de nuestra cultura. Como un hombre en joggins y chancletas, como un cuadro de la feria menemista, como una postal de Miami: lo grotesco y lo superficial se dan la mano.
Acá, Miguelito Bossé (otro que está más allá de todo) la versionó en español, ustedes juzguen.



Violeta – Asspera (versionando a Alcides)
¿Áspera? Yo diría, surreal. Es la versión del (¿único?) hitazo de Alcides hecha por Asspera, una banda de black metal donde también convive esa perdida de la decencia, la extravagancia o, como ellos dicen: un sentimiento bizarro popular argentino. Bizarrismo y metal pueden convivir, y prueba de ello es Asspera. – Ah, también tienen otros hitazos como “El hijo de Cuca” de Pocho La Pantera y “Me gustas mucho” de Viejas Locas, infaltables en cualquier cotillón eventero –.



Te quiero tanto – Massacre (versionando a Sergio Denis)
Oída en canchas, trapo al viento, grito pelado. Oída en finales de telenovelas, mientras la pareja protagónica corre a orillas de un mar en pleno atardecer. Encriptada en mensajes de amor electrónicos, en postales vía mail. La sonrisa franca de su intérprete, el Barry Manilow local, Sergio Denis, gritando a viva voz: “hagamos el amor con alegría...” y la ochentosidad nos congela; tenemos ganas de abrazarlo o, en el mejor de los casos, darle una palmadita en la espalda y decirle: “Gracias Sersh, hiciste una gran canción”.
Massacre la versionó para la banda de sonido de “Cara de queso” de Ariel Winograd.