"LA BATALLA DE ARGEL" (1965) Gillo Pontecorvo

TITULO ORIGINAL: La battaglia di Algeri
DIRECCIÓN: Gillo Pontecorvo
GUIÓN: Franco Solinas, Gillo Pontecorvo.
REPARTO: Jean Martin, Yacef Saadi, Brahim Haggiag, Fusia El Kader.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1965
PAÍS: Italia, Argelia.
DURACIÓN: 120 minutos.


La batalla de Argel es una película filmada en blanco y negro que retrata los orígenes, el desarrollo y el fin del enfrentamiento entre el Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia y las autoridades coloniales francesas en la ciudad de Argel entre 1954 y 1957, con un rápido salto final que conduce hasta el momento de la independencia de Argelia en 1962. Para ello, sigue los pasos de uno de los más destacados activistas de la casbah de Argel, Omar Alí La Pointe, desde sus años de juventud en los que se gana la vida como trilero y macarra hasta su muerte en septiembre de 1957, acorralado por las tropas paracaidistas francesas. (cinearabe.es)

Libertad es una palabra que conocemos y saboreamos casi inconscientemente. No nos basta descubrir la fuerza de su significado, se esconde allí, subcutáneamente o en la sangre de nuestras sociedades. Tampoco nos importa entenderla, sabemos que esto es así, que la libertad fue dada gracias a un previo pacto social y que somos demasiado ancianos (la sociedad) para que nos la quiten. No sufrimos ni imploramos ni luchamos por ella; nosotros, la sabemos ahí, inalterable, rígida y sostenida gracias a un sistema natural de idas y vueltas monetarias, poder o sumisión, status quo.
Nosotros, la clase media muda, que solo despierta cuando esa eterna permanencia en la nada se altera o es nutrida de nuevos accidentes sociopolíticos, alza la voz, se suma a la fuerza y ve desestabilizar su libertad.
Hablábamos de libertad. ¿Qué sabe la clase media occidental de libertades? Nunca luchó por ella, nunca se sintió amenazada, sino más bien, tentada en afán de progreso económico y poder. Allí es cuando la libertad se compra en la bolsa de valores.
Tenemos una palabra: LIBERTAD. Tenemos un significado etimológico: volver a la madre, a la sensación de nacer, de sentirse nuevamente parte de una armonía; ya no social, coyuntural, ni mucho menos, política. Una impresión individual del hombre de estar en estado natural. El hombre nace libre. Por eso, el concepto de libertad no se adquiere, es inherente al ser humano.
La libertad se vuelve ambigua, presa de los significados estructurales en los que se basa el poder para ejercer su dominio (si sabrán de esto yanquis, británicos, franceses, españoles, alemanes, italianos, portugueses, japoneses, chinos, israelíes). Se vuelve maleable, medio para implantar un nuevo régimen coercitivo. Saqueos, distorsión y postergación del pueblo colonizado. Ese sistema que quita y otorga según las necesidades de poder; ese pueblo que se lamenta y se encierra, se castiga con una violencia más poderosa que la física: la económica (si sabrán de esto latinoamericanos, sudafricanos, argelinos, armenios, hindúes, congoleños, vietnamitas, etcétera). ¿Qué libertad? La burocrática, religiosa, belicosa, xenófoba, militar. Solo la locura de enfrentarse al fusil con la otra mejilla (Mahatma inmortal), será capaz de sanar la otra (la verdadera) locura colonialista. Pero, es verdad que esa violencia opresora que se escurre por la calle, que vacía las ollas y golpea las puertas, catea las casas e impone su inmoralidad, recrudece aún más y se vuelve lentamente en rebelión, en la búsqueda de la tan ansiada libertad: ese reencuentro carnal con el vientre materno-con el país de los sueños y la igualdad.
En Argelia nunca se escuchó tan fuerte la palabra ¡Libertad! (con signos de admiración), entre los polvos levantados en la calle, ni a través de los velos harapientos de sus mujeres cansadas, ni en las verrugas y arrugas de sus ancianos en las calles, ni en los juegos galos de sus niños. Ya fuera por los otomanos, ya fuera por los británicos, ya fuera por los franceses. Era necesaria ejercer una violencia tan inclemente, tan prolongada e inteligente para que se alce un pueblo entero en armas, para que una Revolución tenga tanta expansión y poder. Una fuerza de coacción capaz de erradicar violentamente ciento treinta y dos años de colonialismo. Era necesario entender que existía una posibilidad de reeducación de las creencias musulmanas, de la cultura argelina que lentamente se fue eliminando con la sutileza del fusil. Habría que adaptar nuevamente un sistema de reimaginación de pueblo, de patria, de grandeza nacionalista. A través de la Revolución (no existe Revolución sin fusil ni atentados ni palabras ni panfletos) el pueblo argelino obtendrá su dignidad, se unificará, volverá al vientre materno.
Tomemos significativamente la escena inicial de “La battaglia di algeri”. Un hombre de la resistencia argelina es sometido a un cuidado intensivo, inteligente, sutil y elaborado por parte de los militares franceses. El hombre se encuentra rodeado de una decena de soldados que lo abrazan y juegan con él un juego que no entiende, que no reconstruye; sólo está ahí ----> víctima de un juego inalterable que el poder ejerce sintiéndose vulnerable. Lo obligan a colaborar: el hombre pone en juego su pasado, tradición, idea y religión. Lo obligan a vestirse a su semejanza: el hombre esgrime una lágrima en su rostro (la última gota de tristeza derramada de un pueblo que dijo – hace tiempo –¡basta!). El hombre no tiene más remedio; se agazapa ante la opresión, se lamenta y finalmente, delata a sus camaradas de lucha. Ese poder de subrepticio dominio recrudece en cada fotograma de la película de (l gran) Gillo Pontecorvo.
Una historia carne a carne con la HISTORIA. Un documento non-ficticio de la resistencia de un pueblo reducido a la nada (cultural, política, económica y religiosamente). Obligado a delatar, a levantar el velo de la transigencia, a no sufrir por el otro y trascender, como se pueda, en ese ambiente hostil, okupado por el Imperio Francés.
Cuando ya no se es nada, un vacío espiritual condena: ¿la libertad? ¿Qué era eso? ¿Un manuscrito filosófico de cómo los hombres debían vivir en pleno ejercicio de su vida al natural? Nada. En esos rostros se ve el vacío (la Nada) que Francia eliminó; robadas las cicatrices, las huellas del pasado, los golpes naturales del crecimiento de toda sociedad. No existe nada más que la idea de una sociedad que crece (como puede) en el fondo.
Allí se halla la verdadera importancia del film de Gillo – quizás, para la historia del cine universal –. Acá hay una historia (¡y vaya que la hay!). Una historia grande de un mundo que se regula así, entre poderosos y sumisos, entre dueños y esclavos, entre ocupantes y ocupados. Y hay otra historia. La de un pueblo que calzó el rifle al hombro, colmó las calles, se precipitó y re-educó al resto, en un reencuentro con su antigua sabiduría, creencia e idiosincrasia y se lanzó a la lucha.
Gillo utiliza este film como un modo de traducir las herramientas más poderosas del cine. El cine en directo. Sin tamices ni efectos secundarios que determinen una desviación o pretexto a lo narrado. Un golpe de lleno a la historia que segrega, inexorablemente, a unos y otros, a bandos opuestos. Pero lo más importante, es que con esa reacción subversiva de un cine “en directo” logra algo más que el efecto primario en el espectador. También, una historia que está relatada a carne viva, adecuada a las formas naturales de la “historia real”, documentada-retratada, sin barroquismos ni excentricidades lingüísticas. Potenciando las historias individuales como parte de un todo sublevado, como la explicación de porqué esas historias individuales se encuentran, indefectiblemente, ante la situación de lucha.
“La battaglia di algeri” procura un cine, luego de los estudios clásicos, modernos, vanguardistas, un cine sin ataduras comerciales ni salvajismos estéticos, que se convirtió en más realista que el neorrealismo italiano mismo. El cine se muestra como es, medio de transporte entre realidad y ficción, ¿panfletario quizás? Puede ser. Pero excelso, maniático, voraz, crudo y sutil (a la vez).

TRAILER DE "LA BATTAGLIA DI ALGERI"

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