COLONIALISMO Y CINE

“No se puede confiar en el imperialismo
pero ni tantito así... nada”
Ernesto Guevara

¿De qué hablamos cuando hablamos de colonialismo? Imperialismo, conquista, campaña, modificación; quitar, robar, profanar una cultura e introducir por medios eficaces, implícitos o explícitos, una nueva cultura; así, una nueva sociedad irreal, espasmódica, atada, ciega, servil. Sociedades yermas, presas a los designios poderosos del capital, la industria, el feudo y el catolicismo.
Ese espíritu de campaña, conquista y expropiación marcó el fin de los tiempos del hombre en plena acción espiritual con lo que lo rodea, ejercicio divino y natural como un todo uniforme entre naturaleza-materia-espíritu. La libertad, a estas alturas, se convertía en utopía, en sueño bañado de sangre, decapitaciones y persecuciones. Después de todo, ¿qué puede pedir el hombre hoy? ¿Qué deseos, grandezas o estiramientos del alma? Nada. La suerte de la humanidad fue echada al vacío, rota. Ya no se encuentran rastros de aquella humanidad (o, la verdadera humanidad). Fueron extirpadas meticulosamente todas las raíces que conectan la tradición, la costumbre, la vida al natural por el mismo hombre, e introducidas unas nuevas. La “idea” de raíz, más filosa y rudimentaria, racional, dinámica, más individual y solitaria, transformadora del caos, la prevención y el exhumo (desigualdad, guerras, hambre, las palabras cotidianas de la vergüenza). Y así el imperio fue creciendo en contra de su propia condición vital: el hombre pisoteado, dueño o mendigo de un sistema; ya no como causante azaroso de su destino.
Entonces, las sociedades son difusas, inertes, amarradas a los atavíos del imperio que todo lo regula. La idea de unidad fue mutando, variando, colonizándose; desde que este nuevo mundo desvaino sus vísceras y las dispersó por aquí y un tanto por allá, concediendo fatalidades esquivas, traficando con el pensamiento del hombre, subyugando la acción y la palabra. Esa unidad es una fuerza débil y caprichosa que se mueve loca por los intersticios de la historia como si fuera la única capaz de socorrer el espíritu humano: revolución, frenesí, antimperialismo. En cambio, se devolvió más oposición, más violencia, más alienación. Otra vez ir en contra del hombre, sentir que la libertad ya fue vendida y es irrecuperable.
Me pregunto: ¿Cómo volver hacia atrás? ¿Cómo recuperar nuestro verdadero espíritu o sentido de vida? ¿Cómo luchar contra un imperio que todo lo alucina y lo desparrama por las sociedades descalzas? Quizás la lucha sea el pretexto, la unidad de los pueblos, el pasaje entre salvajismo y rebelión. Escupir, gritar, follarse a la gran ballena del imperio. “Los pueblos de la América española se mueven en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la América hispana1.
Aquella rebelión, que hoy santificamos y honoramos en el nombre de la creación de nuestra identidad, se produjo más o menos a una escala real, siempre aceptando normas y contradicciones. Apretando el puño ante la avanzada industrial que predominaba en el continente madre y así, la libertad, la verdadera fuerza emancipadora quedó reducida a un esquema administrativo. Cuando la suerte de sus colonias se vio sumergida en esta fuente de vitalidad nueva y resplandeciente, nunca dejaron de ser colonias, meros espejos de una tecnocracia audaz y mercantilista ahora ya no sólo de España o Portugal, sino Inglaterra, Francia, Alemania; la América convulsionaba en su ocaso de libertad.
Entonces, ¿dónde quedaron los ideales de los pueblos libres y actores de su propio destino? Y hablo desde aquí, como voces que se hacen eco en la orilla de en frente (África) o en el pálido rumbo del oriente lejano. Encerradas en un chaleco de fuerza, vociferando utopías, sueños vencidos por el vaciamiento paulatino del capitalismo, cultural, económico, social. Lo que nos queda es la nueva unión, un nuevo sentido de rebeldía, cualquier excusa hacia el JUICIO UNIVERSAL CONTRA EL IMPERIO.
Pero al fin y al cabo este es un blog de cine (y música), que se nutre por las expresiones mayoritarias de países de industria avanzada e ideas (siempre artísticamente hablando) vanguardistas. Quizás ahí se desdoble un poco este sistema maléfico. El cine, tanto como otras ramas artísticas, es el único medio de supervivencia y de pacto retórico con el imperio. Pequeñas voces que dicen y cuentan una situación. Este blog gusta por aquellas pequeñas voces de pequeños grandes hombres que gritaron a través de la historia del cine y rompieron con los sistemas impuestos. Los hay de los otros, los que concientes de pertenecer a un determinado sentido comunicacional, se aferran fuertemente a su fuente de trabajo para prevalecer, y de esa manera, ser parte de ese todo imperante.
Hoy por hoy, el imperio ha ganado la batalla de la industria cinematográfica. Salvo algunas raras excepciones que navegan en un mar inmenso y agitado, ambulantes, remando con palitos de madera (hablo de Jarmusch, Wenders, Kusturica, Godard y por ahí sigue la escasa lista). Los monstruos-productoras con su indeliberado sistema de distribución comercial, desembarcan sus productos cinematográficos en un país (y ahora hablo específicamente de Argentina) con una sociedad que consume mucho cine. Pero, ¿qué opciones se les da a esa población? Ninguna. El gran público ya no tiene acceso (salvo por la bendita Internet y la facilidad pirata) de llegar a otras cintas, a otras voces, que sienten y palpitan lo mismo; que nos abren puentes artificiales que nos conectan con otras culturas, otros modos de sentir la vida. Si no fuera por Kim Ki Duk, no conoceríamos el cine coreano, si no fuera por Aki Kaurismäki nos perderíamos una parte de Finlandia. La resplandeciente China seudo-comunista de Zhang Yimou, los restos después de la eterna guerra retratada por Amos Gitai (Israel) o Danis Tanovic (Bosnia). Las fotografías de un pueblo entre las cenizas (el filipino) de Raya Martin, y el excéntrico, culto y emocionante nuevo cine rumano (Mungiu, Porumboiu, Nemescu, etcétera).
El imperio ha hecho del cine un gran espectáculo artificioso; lo vació de contenido, lo volvió un ritual frívolo y consumista, lo subestimó haciendo de él un mero entretenimiento y negocio de la imagen. Eso es colonialismo, profanar una cultura (una visión del cine como elemento de reproducción de mensaje) e introducir por medios eficaces, implícitos (la paulatina tentación de grandes directores a Hollywood) o explícitos (el espectáculo, el 3D, los pochoclos, el cine Premium, el cine a gran escala, etcétera), una nueva cultura (cine-ritual del capitalismo).

1 “La unidad de la América indoespañola” José Carlos Mariátegui, “Esquema de una explicación de Chaplin y otros escritos”, Recopilación, 2010.

IMFREAKALOT inaugura un espacio de reflexión sobre el Colonialismo y el cine, trazando un paralelo sobre el estado cinematográfico actual. Películas sobre la conquista de pueblos, a través de la sangre y la Biblia, de la imposición del rifle y la cultura.
Iniciamos este nuevo especial con una de las mejores películas de la historia del cine (para IMFREAKALOT), “Aguirre, la ira de Dios”. Luego, se vendrán nueve más.

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