"EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS" (1972) Bernardo Bertolucci

TITULO ORIGINAL: Ultimo tango a Parigi
DIRECCIÓN: Bernardo Bertolucci
GUIÓN: Bernardo Bertolucci, Franco Arcalli.
REPARTO: Marlon Brando, Maria Schneider, Jean-Pierre Léaud, Massimo Girotti.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1972
PAÍS: Italia y Francia
DURACIÓN: 129 minutos.


Una mañana de invierno un hombre y una muchacha se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París. La pasión se apodera de ellos y hacen el amor violentamente en el piso vacío. Cuando abandonan el edificio establecen el pacto de volver a encontrarse allí, en soledad, sin preguntarse sus nombres. (FILMAFFINITY)

Una cortina de niebla blancuzca cubre el gris paisaje parisino. Un viento fatigoso y arremolinado mueve los restos de melena sobre la frente de un hombre acabado, (como el paisaje) gris, final. Una huella del progreso: el ruido insoportable del tren ultraveloz viaja sobre su cabeza. El hombre (glorioso Marlon) ha sido testigo de sus valores profanados, de su vergüenza desnuda. El mundo ya es un hervidero de soledades, de muertos que deambulan sin párpados viendo transmutar sus sombras, entonces, el hombre (Paul) sólo es testigo y portador de un pasado vuelto ruinas; el peso de su sobretodo, el humor desteñido, todo un panorama de posmodernidad que le es ajeno y del que nada puede hacer para cambiarlo. Aquí los sueños rotos, aquí, los restos metonímicos de la utopía. Hoy, todo gris, todo malhumor, todo enfermedad capitalista.
Secuencia uno: el hombre y su universo. Alienación, desencanto etílico, sobredosis de presente. Una joven mujer (Jeanne) transeúnta las calles, lo sobrepasa con sus estelas de nueva vida (¡Ah, la esperanza de – nosotros – los jóvenes en este mundo acabado!). Secuencia uno: ya entendemos el conflicto.
Era necesario que dos contrastes colapsaran en un mundo abismal, al borde del cambio o el congelamiento eterno. Era necesario que un aprendiz de brujo (de pociones nuevas) se conecte con la añejada alquimia, con las fórmulas erráticas, con el cadáver, con el cero, para entender que el mundo es una anáfora, una repetición sin sentido y vacilante de las viejas normas.
Imaginemos el mundo. Una oscura habitación céntrica de París. Un lugar que nada les dice y que sepulta entre los terrosos ladrillos de sus habitaciones el silencio. Funcionalmente, una isla, un holograma de nueva realidad alejado del gris y la materia, de la jungla de cemento que resopla su quejido errabundo a través de la ventana. Joven y viejo se unen en un pacto de silencio; en la acción (de la ventana hacia adentro), inventan una escapada de ese mundo que late ahí fuera. Paul experimenta, Jeanne se deja experimentar. En esa unión desatendida, casual, pequeña, se halla la transpolación de una ideología sobre el universo: ahora es la (in)experimentada-cobayo quien mantiene una conciencia sobre sí, sobre el otro (el experimentador), sobre lo que la rodea. Un asco, una nada, un desarraigo de las costumbres paternalistas sobre el amor.
El amor (que no existe, sino, más bien, sexo: animal, desenfrenado, patético, paterno, oscuro) es el lenguaje de señas, de silencios en el cual dos cuerpos, arrugados y rejuvenecidos, hablan sobre la derrota del hombre individual sobre el mundo.
Bertolucci (pese a sus grandilocuencias) entabla aquí una lucha cuerpo a cuerpo con el pasado. Quizás, despojándose definitivamente de los fantasmas que abrumaron la libre creación de sus bestias-obras (cómo muchos de su generación); esa herencia resquebrajada por el paso de los años. Es necesario entonces, poner un hiato definitivo, repensar su obra en el tiempo, y sobre todo, en el futuro. Ya no queda nada por hacer sino cazar esos fantasmas, perseguirlos hasta el rincón desde donde todo provino: el mundo, una solitaria habitación, una ciudad gris, el cemento; y matarlos, destruir toda evidencia del pasado. Así como Paul, así como la herencia cinematográfica.

ESCENA DE "ULTIMO TANGO A PARIGI"

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