"LAS EDADES DE LULÚ" (1990) Bigas Luna


TITULO ORIGINAL: Las edades de Lulú
DIRECCIÓN: Bigas Luna
GUIÓN: Almudena Grandes y Bigas Luna (Novela: Almudena Grandes)
REPARTO: Francesca Neri, Óscar Ladoire, Javier Bardem, Fernando Guillén Cuervo
GÉNERO: Drama
AÑO: 1990
PAÍS: España
DURACIÓN: 101 minutos.

Lulú es una niña de quince años que sucumbe a los atractivos de Pablo, un amigo de la familia. Después de esta experiencia, Lulú alimenta durante años el deseo por ese hombre que volverá a entrar en su vida un tiempo más tarde, prolongando así el juego amoroso de la niñez. Pablo crea para ella un mundo aparte, un universo privado donde el tiempo carece de valor. Pero pronto este mundo idealizado se va a quebrar, cuando una Lulú de treinta años penetre en el infierno de los deseos prohibidos. (FILMAFFINITY)

Al fin y al cabo, la existencia de una persona es un espejismo. Un pacto metafísico entre realidad, percepción y sueños. A lo largo de una vida se desata una guerra entre estas subexistencias para llegar a un cajón de madera sin certezas, sin saber que es lo que fue realidad de sueño, percepción de verdad, ¿carne o rollo fotográfico?, ¿sentimiento o amor platónico?, ¿vida o actuación?: todo ese espejismo rebota en el inconsciente. El ser humano no es más que un títere llevado hacia adelante por un impulso caótico de tristeza y soledad. El amor, el antídoto para curarlo.
Bigas Luna adapta la novela de Almudena Grandes, “Las edades de Lulú” en un intento fallido por demostrar y refutar la vieja fórmula existencial que entiende al amor como una sostén de vida; la vida atada a ese sentimiento de pasión, deseo y desengaño.
Una incógnita rodea la atmósfera del film, una suerte de frágil felicidad, instantánea, rebatible, incierta. Este amor tiene algo de burgués: esa especie de comodidad, de fugaz felicidad que alarma y atrapa, que exige y no espera, que se sienta a verlo florecer sin regarlo, sin que un sol salga, sin precipitaciones ni buenos vientos. Se conmueve con la idea, con la imagen: un hombre mayor que viene a rescatarla del hospicio de una vida de lacayo. Énfasis. Al cabo de un tiempo ese amor marchita, desflorece, permeable al tiempo, a las bajas precipitaciones, etcétera. Es allí cuando revive el espíritu burgués (el de los amantes también), cuando se encuentran al borde de un abismo irremontable, sintiéndose enjuiciados por la vida, el tiempo y sus avatares. Entonces, se busca desesperadamente volver a florecer a ese jardín que algún día fue verde, fértil, próspero. Demasiado tarde: el idealismo no entiende de parches, menos las imágenes.
Lulú se pierde en nuevos jardines floridos, en tentaciones obtusas, en nuevos espectáculos florísticos, en colores, en espacios públicos. Pero pronto entenderá, que no es más que otro nuevo espejismo, parches a su existencia, llenarse de deseo, vaciar su alma. Y así transcurre una vida, circular, sempiterna, librada a los caprichos sexuales que descomponen el resto de sus necesidades espirituales; finalmente, vuelta a la vida burguesa, comodidad, amor filial, etcétera.
“Las edades de Lulú” naufraga por esos mares tormentosos, explorando ese vacío existencial de la protagonista; sin embargo, Bigas Luna parece no entender la premisa de la novela, cayendo ridículamente en la saturación del sexo como arma de imposición narrativa, como fuerza posible para albergar una historia. Sólo, máquinas de tener sexo, elipsis de por medio. Deja al espectador en la cornisa del aburrimiento. Las primeras escenas excitan (o no). Las consecutivas aburren, saturan, mutilan al pensamiento. No existe el espacio para reflexionar, para conocer el mundo interno de Lulú, para entender su sufrimiento o su objetivo, nunca lo sabremos. Luna explota la imagen del sexo con fin filisteísta, entonces, ¿qué queda de un film? El espectáculo de la imagen.

FRAGMENTO DE "LAS EDADES DE LULÚ"

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