EL SEXO EN EL ARTE: ¿un artificio mercantilista?

La belleza más pura, cristalina, deforme, mutilada, multiplicada, retorcida de la historia del mundo fue y es siempre vista a través de la reproducción del cuerpo: materia tangible de la verdad de las cosas, de lo aparente-real; carne, hueso, piel, cosa viva de un mundo cada vez más diáfano, irreproductible, donde las certezas de un todo verídico se entremezclan con la intangibilidad, la apariencia, la materia transformada en otra cosa. En la fusión de esa reproducción verídica del mundo vivo se encuentra el mensaje que le da sentido, funcionalidad, alma y acción a ese agujero negro de la vida. El sexo (como coito, copulación, unión sexual), la preposición anamnésica de la existencia, el refugio, el catalizador, la esperanza que revaloriza o le da significado al cuerpo: le otorga una memoria, un alma, un medio, un fin; lo hace pertenecer a las cosas vívidas de la naturaleza.
El arte, manipulador de universos, paso previo entre realidad, imagen y transfiguración, se ha valido de esta experiencia para revalorizarlo, para tomarlo como parte instrumental de su lenguaje. El coito, entonces, adquiere una nueva reinterpretación, no sólo una acción concreta del cuerpo, sino como la representación fiel de los estímulos del alma: del creador, del creado, del acto mismo.
Pero aquí se dispara la ambigüedad del hecho; una vez reproducida en un formato artístico, se vuelve imagen, o sea, se pierde lo real, lo palpable. Esa imagen adquiere tantas dimensiones como reproducciones; se pierde lo privativo del acto sexual (el coito como acción privada del ser humano, puertas adentro) y se resignifica para el consumo: retrato publicitario, mercantilista. Se desprende la funcionalidad del deseo, de la necesidad, arma tiránica de los publicistas. Desde la polisemia de esa imagen, ese acto inocente, pueril, vago de la naturaleza humana, entonces, esconde algo más eficaz: jugar con el inconsciente del espectador, hacerlo voluble a lo fraguado desde una proyector de cine, un televisor, lienzo, fotografía; es, un medio de consumo, redituable económicamente. El sexo ya no adquiere formas de oneirismo, ni siquiera es reproducción de un mundo real: el arte lo ha transformado en cosa de explotación, ni desde los dogmas del naturalismo – que se expide de mostrar una aparente realidad, sino, reflejar la percepción del mundo “tal cual es” – se rescata la frescura del acto in situ. Entonces el coito pierde su naturaleza espiritual, dentro y fuera del hecho artístico. La saturación de la imagen, las enésimas reproducciones lo vuelven algo pagano, ridículo, y lo convierten en una posesión, un elemento más de acumulación de riquezas. El que no lo tiene, se refugia en la imagen, en el paroxismo de ese ritual comercial, víctima del sistema de reproducción y ganancia.

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