EXTRAÑA CALABAZA: AMOR, AMOR, AMOR, AMOR, AMOR

(INTRODUCCIÓN DE LO QUE VENDRÁ)

La vida está trazada por los recónditos y oscuros vericuetos del amor. La funcionalidad del mismo, como una trampa para las almas en pena, se refleja en el idealismo, el lírico e inconsciente subrepticio momento de la compatibilidad, del abrigo, la compañía, la carcajada y el festín, luego, ante aquellos actos de prematura irracionalidad, el placer que se desprende casi invisiblemente como una hoja de árbol otoñal. Una vez trazados los encantos, los espejismos, las luces de colores entre dos seres o tres o más, el corazón inicia la batalla contra la razón, lo encandila, lo merma en sus posibilidades de análisis cognitivo de la situación. El amor encuentra allí su lecho de residencia, cobijado por el esplendor de lo desconocido, del idealismo magnético y luego, ata a las personas a una consecuencia inevitable, la tragedia, el desencanto, la tristeza, el dolor.
El amor es la infinita esencia del ser, lo que construye su percepción del mundo y la vida, lo que lo ata a las decisiones o la libertad, a su deseo anárquico de soledad y por esto, nada puede hacer, lo necesita para hacerse valer en el sinuoso camino de la vida; quizás, porque lo enaltece para poder soportar los arrebatos o quizás, lo haga permanecer abstracto en un mundo que, aunque parezca simplemente una sumatoria de experiencias, se le presenta inabarcable y por tanto, lo haga retroceder en sus intenciones. El amor está para cobijarnos del dolor de la existencia.
La vida no es más que eso, un repertorio finito de experiencias con la ciencia, el arte y el amor; quien no goce de estos privilegios, está destinado a la muerte segura, no física, sino espiritual.
El arte, sobretodo, se ha basado en los preceptos del amor para poder sobrevivir a través del tiempo, sin esa poción mágica que le proveyó un sustento retrospectivo, anacrónico y filial, hubiera desaparecido en el alma de sus creadores, en la consciencia del pueblo, perdido hasta inhumarse en las guerras, en las revoluciones, en los partidos políticos, en la propaganda o el destierro; pero prevaleció, porque fue rodeado del amor necesario, ya no como una experiencia de sentimientos afines, sino, como el arma más poética y sutil para vencer cualquier barrera, cualquier bomba atómica o dictador.
Todo el cine está basado en el amor. En cualquier película a través de la historia, el amor se presenta, a veces tácitamente, otras, como la búsqueda por encontrarlo para posibilitar que la historia siga su curso. Pero vayamos a los ejemplos más concretos. El cine industrial se ha apropiado del concepto básico del amor, haciendo sus prototipos filisteístas sobre el sentimiento, sobre la compatibilidad de seres y sobretodo, sobre la práctica heterosexual. Aquí existe algo más para hacer creer que el amor es solamente una construcción sensorial, emocional o sentimental entre seres humanos. El amor es perverso, estrecho, marginal, incomprendido, trágico, enfermizo, incondicional, melancólico, material seguramente y algo más; pero nada tiene que ver con los parámetros con que los mide el cine comercial, aquel celestial, inasible, perfecto, de canciones que encajan a la perfección, de barrocas palabras descriptivas, de composiciones armoniosas, de parejas perfectamente compatibles y ridículamente bellas. Nada tiene que ver con los finales felices, las sonrisas cómplices y el beso bajo la explosión de fuegos de artificio, más bien, es todo lo contrario: atrapado en el oscuro e inevitable cielo de la cotidianeidad, de los bostezos y de los esfuerzos por escaparse fatalmente a una nueva realidad amatoria.
Esto es solo la introducción de lo que vendrá. El amor y el cine en todas sus facetas: el erotismo, las mujeres, los hombres, la música. Todo es amor y el cine es el instrumento totalizador de esas pequeñas cosas que ha traducido en imágenes a lo largo de las décadas.

* Dedicado a la única persona que rodea mi calabaza de amor

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