EL CINE DEL HOMBRE (Introducción a "La Rosa Púrpura del Cairo")

Existe un lugar, un pequeño lugar en la galaxia, donde habitan almas solitarias. Donde existen pequeñas oportunidades, donde se vive bajo un régimen rutinario y alienador. Ese lugar pequeño, está habitado por seres extraños, por ánimas que se despiertan cada mañana con la engañosa novedad del cambio. Todos esos seres vivos se rigen bajo un sistema de cambios, de empréstitos, de ganancias, de poder. Rondan postulando al oportuno exitoso y destierran a la nada al perdedor, al no apto, al que pasea sin rumbo.
Existe un lugar así. Donde esos perdedores mastican el deseo reprimido de libertad, sostenido por la gracia de un tirano que bajo su puño decide sobre su destino y su condición. Viven hacinados en pequeñas casas, con sus pequeños televisores, junto a sus pequeños matrimonios y vistiendo sus pequeños vestidos de ocasión. Deambulan con la rutina de seguir creyendo que algún día, sin aviso previo, ese mundo caótico, cambiante y azaroso, finalmente optara por una circunstancia que bifurque el camino hacia lo común. Esa circunstancia se ve atada, únicamente, a factores extraordinarios, ilógicos, fantásticos. Esa circunstancia vive impregnada en la cabeza, en la memoria de aquellos que sueñan, que intentan doblegar su cotidiana situación, pero se ven ceñidos a su contexto, a las ataduras impuestas.
Los comportamientos de esos seres, irracionales y agudos, son ambiguos, procáces, excelsos e ignominiosos en la misma medida. Son capaces de crear murallas y monumentos. Avanzados instrumentos de calcular que superan, incluso, su propia habilidad. Son capaces de crear cuarteles de guerra y campos de concentración. Bombas atómicas y trincheras. Son, los ideólogos de movimientos pacifistas y belicosos. Crearon la música, perfecta, armónica, pasional. Pintaron cuadros, esculpieron la piedra, hicieron casas cada vez más grandes. E inventaron el cine.
El cine.
Esos seres, los humanos, son tan ambivalentes e inesperados que crearon un soporte capaz de ridiculizarse a ellos mismos. Crearon un espejo, un resplandor de sus propias conductas. Una herramienta que proporciona el estudio más exacto (e inexacto, a la vez) de sus propios deseos, pasiones, venganzas y anhelos. El cine es el aparato, que, usado en su calidad justa, nos entrega el acabado final de su obra apoteótica: el mundo.
Con el correr del tiempo, ya el cine se ha convertido no sólo en el espejo de sus conductas, sobretodo, en el objeto de deseo superfluo y siempre lejano que se contrapone con la realidad, con la rutina cada vez más viciada de los seres humanos.

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