CLASE V. DAVID BOWIE (1ra parte)

Caminando vienen los marcianos. Abriéndose paso en la era de la tecnología. Ellos, incipientes aprendices del mundo, conocedores de una nada existencial transgénica, acomodados bajo un sistema de normas invisibles y tácitas; regidos exclusivamente, por su percepción, por su aura, por su sentimiento. Solos, en un mundo de magnetos, eslabones y engranajes, se mueven inquietos, fulgorosos, expectantes, entre las sombras.
Marcianos de todo tipo y color: verdes, amarillos, ultravioletas, invisibles, frágiles, dorados; envueltos en terciopelos y nácar, en brillantina y rouge, los marcianos no tienen sexo: un agujero los retroalimenta de expectativas e información. Un hada los hechiza y los consume, los tienta con lujurias, con la divinidad o los estimulantes que no reniegan, que no les basta para concentrar el todo del mundo nuevo en el que habitan. Son marcianos no de Marte ni de la Tierra ni Urano. Son marcianos de una existencia superior (o inferior), son extraños que han tomado materialización en el presente: no son de ayer, ni hoy, ni mañana. En principio, no son, sienten.
Caminando vienen los marcianos y se van, en busca de una eternidad que los obligue a revivir cada día, todos los días, si esos días existieran. Porque para ellos no existe la temporalidad, y por eso buscan la fuerza en la reinvención para vivir por siempre o, mejor dicho, para eternizarse en esa nada a través del tiempo de los otros.

"Life On Mars?", por Ziggy Stardust and The Spiders From Mars


Aquel marciano que se apresura entre la fila, dejando una estela de meteoritos a su paso, chiquilín, inquieto, es David Robert Jones (o David Bowie), mi marciano preferido. Esa inquietud lo destaca del resto de su tropa, está expectante – no hay dudas –, por conocer el nuevo mundo: ¿habrá esperanzas de posteridad? ¿Será mi último lugar? Y a través de su paso por la Tierra, Bowie se reinventó miles de veces para lograrlo. Avanzó, se transmutó, ideó nuevos estratagemas, convenció y sepultó su huella en el lodo para que todos aprendan del espíritu agitado que lo movía.
Su odisea espacial comenzó allá, en la lejanía de los tiempos, cuando reinaba un sentimiento de promiscuidad, alboroto y superficialidad en las calles londinenses. Con zapatos de tacón alto y el pelo bien batido, propició un espacio para que aquellos jóvenes, presos de un vacío existencial que los movía a actuar de raras maneras, se sintieran representados, sosteniendo la pancarta flameante y esbelta del ícono pop, que regurgitaba su desprecio a ese rudimentario mecanismo de desafueros. Inventándose trajes, personificando a los copilotos que lo paseaban a través de la galaxia, recorriendo los caminos de nuevas odiseas espaciales.
Cuando el estigma del dios de la cruz con brillantina caía sobre él, sobre esas luces que se apagaban lentamente a sus espaldas; el marcianito corrió desesperadamente en busca de otros brazos que lo refugien del dolor, con los párpados secos de lágrimas, la pupila dilatada y el olor a cloroformo que se adueñaba de las masas. Bowie encontró nuevamente el rumbo, montado en su nave espacial, recorrió otros valles de la vía láctea hasta aparcar en los viejos senderos de la música, sobre los estamentos constitucionales del rock que perdía vigencia y prestación sobre sus discípulos. Se metamorfoseó para ampliar sus horizontes, dándole vida al Duque Blanco, el elegante maestro de las artes musicales. Pero ese horizonte era blanco, constituido en la invisibilidad, en la pérdida de consciencia, en una nueva nada que lo cegaba y lo comprimía en sus capacidades y sensibilidades. Ni siquiera sus nuevos rumbos (las artes dramáticas y plásticas) lo sacaban del infierno blanco que lo cautivaba y lo redireccionaba erróneamente hasta el choque estrepitoso con un muro.
En el encierro, el ostracismo lo ayudaron a revivir. El viajero interestelar comenzaba a cero su marcha; investigando, llegó a las oscuras calles berlinesas donde sonaba de fondo, el ahuecado y sombrío sonido del krautrock, donde el experimento, el minimalismo y la libertad de acción eran el plato principal. Así, Bowie se asentó por un tiempo en esos lugares, despejándose de la tormenta nívea que lo atestaba, completando su trilogía berlinesa.
Por fin, el marciano, aquel Duque Blanco, antes Ziggy Stardust, antes Aladdin Sane, se adelantaba al mundo, que incomprendiendo su ira artística o aprovechándola para sembrar el futuro, lo miraba con urgencia y devoción.

"Aladdin Sane", por Aladdin Sane


"Can You Hear Me", por The Thin White Duke (El Duque Blanco)


"Warszawa", por David Bowie (versión Berlín)

0 crónicas póstumas: