COVER YOU IN OIL. Dos discos de covers.

Cuando se llega a un límite o, cuando las musas no acuden a sus vidas celestiales, a sus hojas impolutas, a sus neuronas refritas. Todos, indefectiblemente, acuden a una resolución pronta y definitiva: ¡Hacer un disco de covers! Como forma inmediata, cercana, variable y peculiar de no afrontar el deterioro o el inconformismo, o la cinegética depredación de sus neuronas, de su arte, de su inviolable concepción de la música como aparato reproductor de universos, de emociones, de respuestas, de movimiento. Entonces, como producto de una necesidad imperiosa por el mercado, por la formación del engranaje en esta cadena de producción salvaje y acometedora; llega desde las siniestras tinieblas, entre humos de pantanos caldosos, el terrible villano de traje y corbatita, abriendo el maletín, desprendiendo el perfume féretro del verde ámbar que tienta a los ya inconsolables poetas de la duda, los del hemisferio izquierdo asfixiado por las implosiones neuronales, por la expulsión del palacio cerebral a aquellas musas acalladas por, justamente, el dólar verdoso, el olor, etcétera.

Sin embargo – siempre me gusta la esperanza –, en los azules mares de la incontinencia y la magistral audacia musical, existen algunos caprichos irreprochables, algunas manías de algunos (x) que prefieren estimar aquello para volverlo nuevos, para hacer otra obra de arte sobre lo ya fundado, tiempo atrás, ahora, más allá.
Por un lado, el genio arrollador de Peter Gabriel. Caracterizado por su pie siempre en la delantera, pisando, hachando, quemando ruinas artísticas para volverlas a fundir. Desde aquella primera aventura, cuando decidió darle un marco colorido, escenográfico, teatral, lisérgico, demencial, a las eternas impresiones de Genesis; hasta su avanzada pop en los ochentas, con sus videos tecnológicos y sus canciones oscilantes. Siempre, enarbolando la primer bandera con la que fundó los paradigmas elocuentes de su música. Hoy, más de cuarenta años después, es, además de multiinstrumentista, poeta, filósofo, Golem. Se anima a desafíos que nadie le impone, pero, que por su auténtica capacidad renovadora se decide a armar nuevos mecanismos audibles, violentos y sutiles, como su pluma y palabra. Esta odisea encarna su sentimentalismo envuelto en caos, en mareas, en vientos, en sutiles plumas volátiles que ruedan al compás de otras canciones (renovadas canciones, vueltas a hacer).
Y muy cerca de allí, en esas costas imperiales y de piratas, en la desunión de Supergrass (recuerden “Alright”, “Pumping On Your Stereo” y “Moving”), dos de sus integrantes, Gaz Coombes – guitarra y voz – y Danny Goffey – baterista – unidos en la locura de un proyecto paralelo que, en medidas razonables, consuma una especie de homenaje que se funda en sus orígenes, en sus respuestas y en sus porqués. La impresión de que, más allá de tuercas oxidadas y ajustes faltantes, el disco encarna lo visceral del dúo, que, histriónicamente rinde tributo a aquellos que instalaron la genética roquera en sus ADN, en sus cerebros y en sus genitales. Desfalcado, incongruente a veces, sin embargo, es una prueba de autenticidad y sobriedad inglesa.

"Flume" versión de Peter Gabriel sobre la canción de Bon Iver.


"The Lovecats", versión de The HotRats sobre la canción de The Cure (en vivo)


TRACK A TRACK

“Scratch My Back”, Peter Gabriel (2010)

En tenues y gráciles movimientos de violines, levanta vuelo la primera reversión de Gabriel. Se trata de “Heroes” de Bowie. Nada más alejado de aquellas tachas, esplendor, brillos y purpurina, donde ahora, se transforma en viento y voz penetrante de Pedro. Ya no es violencia contenida en clave pop, es precisión y cálculo, breves lineas de sonido que adornan, acalladamente, el vuelo ligero de la canción. Para que ustedes comprendan, el disco todo, reproduce con suave intensidad el volumen de su repertorio, encargado solamente por la soltura vocal de Gabriel y un acompañamiento orquestal de 12 cuerdas diferentes y un piano que aúlla cuando la voz reprime. Y así, el viento empuja a las demás canciones, le siguen “The Boy in a Bubble” de Paul Simon, el éxito de la banda británica Elbow, “Mirrorball”, y la pausada, breve y solemne “Flume” de los recientes Bon Iver. A esta altura, ya no es necesario precisar nada, porque el clima que envuelve al disco parece repetirse hasta el final: la calma, la pausa, la voz de Gabriel coloreando la atmosfera.
En la misma tónica continúa “Listening Winds” de los Talking Heads. El contrapunto a ese movimiento eterno de los de Byrne se mezcla en la confusión de los violines envolventes, del sonido percutor ahuecado del estudio. Y en el viaje lento, un piano marca la melodía ya siniestra en la versión de “The Power Of The Heart” de Lou Reed, una conexión instantánea con sus clásicos de principio de los noventa, fines de los ochenta. Luego prosigue, “My Body is a Cage” de los vanguardistas canadienses Arcade Fire, “The Book of Love” de The Magnetic Fields y “I Think It´s Gonna Rain Today” de Randy Newman, clave y vibración: piano, voz, lentitud, calma, emoción, en mismas dosis.
Luego nos sumerge al clima caótico, al fin, las expectativas comienzan a diluirse en la apoteosis del disco: las oscilaciones marcadas por los violines, como banda de sonido de una tragedia realista cinematográfica, “Après moi” de Regina Spektor, vierte todo el drama. Nuevamente la calma, el suspenso final: “Philadelphia” de Neil Young y el estupendo cierre, como grito de clemencia, en la versión de Radiohead “Street Spirit (Fade Out)”.
Ya no quedan dudas, Peter Gabriel se ha movido con total independencia de las versiones originales, creando y marcando un nuevo rumbo a esos viejos catálogos perdidos en el tiempo, impresos en discos de otros, ahora, con nuevos vientos.

"Après moi" versión de Peter Gabriel sobre la canción de Regina Spektor


“Turn Ons”, The HotRats (2010)

Con un arpegio de guitarra, como aquellos que dan inicio y suspenso a algo prometedor, arranca el disco debut de The HotRats. El tema, una versión violenta de “I Can´t Stand It” de Lou Reed; finita, con aires punkroquers, dándonos a entender cuales son sus intenciones. Nada de pausas ni frenos, será, sin dudas, el homenaje a aquellos viejos profetas que devoraron su atención en los inicios y que los involucraron a hacer determinada música. Ya con el segundo tema, “Big Sky” de The Kinks, lo entendemos por completo: aquel desenfreno de una época que enmarca su música, fusionando con las melodías características de la península británica: la mística Brit Pop que le da cierto tinte romántico y lo hace aprehensible a todo público.
Luego siguen las no muy distinguidas versiones de “The Crystal Ship” de los Doors y “Damaged Goods” de Gang of Four, que intentan igualar el sonido original con mucho tino pero con poca creatividad. El quiebre vuelve a producirse con “(You Gotta) Fight For Your Rights (To Party)” de los neoyorquinos Beastie Boys, donde convierten aquellos gritos desenfrenados del rap en una bella canción pop con reminiscencias de Electric Light Orchestra en su andar, en su canto y en su melodía. Buen logro para el comienzo del banquete.
Siguiendo con la línea de las versiones a los Doors y Gang of Four, prosigue “Love is the Drug” de Roxy Music, bonita concepción y arreglos instrumentales de vientos, que acaban por parecer a la versión original, pero que dista en la pronunciación y clima: de aquellos oscuros años a las brillantes luces de hoy. Y el juego comienza a hacerse confuso, el carácter refinado de “Bike” en la era de Syd Barret a cargo de Pink Floyd, se vuelve canción benévola, armada para la reproducción continua y cansadora (por su duración, por su concepción).
Luego, ya parecen atreverse a cruzar cualquier tipo de barreras, con aciertos y debilidades, y entre esos márgenes extremos logran dos excelentes versiones de “Pump It Up” de Elvis Costello y “The Lovecats” de The Cure. Buena mixtura de rock y pop, envuelto en climas delirantes, con continuos achaques de guitarra y coros presuntuosos.
El desprendimiento de las versiones originales, en principio no logrado, comienza a hacer efecto ya en el final con la versión maníaca de “Queen Bitch” de Bowie y la burla punkroquer de “E.M.I.” de los Sex Pistols, más pausada, equilibrada y rectangular. Dándole un cierre sutil y conmovedor con la versión de “Up the Junction” de Squeeze, determinando un veredicto positivo a un disco hecho por capricho (seguramente) y a modo de revisión a todas sus influencias.

"(You Gotta) Fight For Your Rights (To Party)" versión de The HotRats sobre la canción de los Beastie Boys

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