CLASE V. ATAHUALPA YUPANQUI


Entre la infinita llanura de las pampas, con el sol del alba desbocando lamentos. El silencio estival de paso abría sus fauces a un sonido eterno, que serán el filo de la espada de un payador por siempre perseguido, por siempre voz de las sociedades minusválidas, por siempre, erigido en la explanada solitaria, fértil, húmeda, el lamento estatua del poeta más importante de todos los tiempos. En el amanecer de un siglo oscuro, entre las sombras de los aconteceres inmediatos, nacía Atahualpa Yupanqui: el que viene de tierras lejanas a contarnos algo.
La guitarra, el alma de sus narraciones, como un viento subrepticio que atrapa las emociones que sobrevuelan los aconteceres gauchescos, él, en la soledad de las tardes, bajo la sombra perpetua de los robles y algarrobos, atrapaba en líneas movedizas y desparejas, con la voz rasgada tanto como su espíritu y le relataba al tiempo su canto brujo, su hechicería telúrica.

TIERRA QUERIDA, DON ATAHUALPA YUPANQUI


Forjado en las cenizas de un pasado masacrado, en la sangre brotada de las civilizaciones primitivas, estoicas ante las adversidades, el lamento de su guitarra desparramada en el céfiro se hace fuerte, chocando contra la imposición, contra el dominio arrasador del poder, de los intereses, de la estupidez humana. La poesía dibuja estelas, abrigando a los desprotegidos como el manto que cubre toda su indefensa soledad, y allí, Atahualpa profetiza, dándonos lecciones del humanismo más primitivo, una sensibilidad inconmensurable.
Su canto de esperanza es rebelión y pan para el pobre, alerta ante los embates de su domador: aquel que quita y da a su antojo, para llenar sus bolsillos con el sudor ajeno y se entretiene con las heridas abiertas de su domado, entre las risas burlonas de quien está en su posición. Es el escudo que atenaza los golpes, que prepara a fuego lento la venganza mejor servida: en filosofía y palabra, en canto y profusión.
Aquella filosofía que no aboga por una teoría basada en supuestos. La maldita filosofía que se arremanga los pantalones para cruzar la calle, que da vuelta el rostro ante la realidad – la verdadera realidad – y luego, con su más incontinente lasciva, nos intenta probar tales cosas, auspiciando como un farmacéutico, dándonos recetas contra un supuesto mal. No, aquí está vertida la filosofía del empirismo en su etapa más concreta. En estos rincones aflora la dignidad, la verdadera necesidad de supervivencia del ser, ante todas las agresiones de la realidad. Esta es la filosofía verdadera, la que no trata de demostrar nada, solo la vive, la comprueba, la utiliza y la relata para cambiarla, para hacerla natural ante los ojos de los que viven en la lejanía, con sentimientos de compasión, de extraña empatía con aquellos que sufren y que, sin levantar su mano delatora, se consuelan a sí mismos, volteando el rostro. Atahualpa es de esos filósofos, si es que todavía no es denunciante el término. Es aquel que se estría las manos luchando contra el barro, que pasea sus penas por los cultivos y ve en el rostro de sus hermanos el sufrimiento mezclado con resignación.

EL PAYADOR PERSEGUIDO (PARTE 1), DON ATAHUALPA YUPANQUI


Con ese sonar pausado, sereno, que desollaba la oscuridad de la noche con su canto profuso y entretejía un colchón de emociones en el sinfín de las horas. Allí, el poeta se quedaba, crepitando junto al amanecer, para relatar los acontecimientos del paisanaje, arraigado en las inocencias de sus pensares, en la latitud de sus emociones, con el alma abierta a flor de piel. Así perenne, como un amanecer que nunca ocurrirá, quedará sellado a fuego su copla, en los refugios de nuestra decencia, de nuestro sentir por el otro, en nuestro comunismo más humanizado.
En la mezcla – en fin, nuestra mezcla – de indio y gaucho, en ese montaje se forja nuestra idiosincrasia, nuestra cultura ineludible, nuestra cuenta pendiente: don Atahualpa Yupanqui se abre camino, aquí y en el mundo, develando los secretos escondidos, abriendo aún más heridas que nunca cerraron y que a la bastarda memoria se le escapa en el tiempo, en el tictac del reloj.

LOS HERMANOS, DON ATAHUALPA YUPANQUI


NADA MÁS (HOMENAJE A ERNESTO GUEVARA), DON ATAHUALPA YUPANQUI

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