"AMAPOLA DEL 66" - Divididos

Yo que soy de oídos tuertos para la objetividad. Que desayuno con la contratapa del diario para no sentir el filo de la realidad dar contra mi jeta: algo de astucia, pero, antes que nada; disimulo, temor, quietud.
Una vara que mide y se coloca por encima de unas expectativas intangibles – tornémosla sólida para este caso –; algo voluble, caprichosa y totalmente subjetiva, cuando se trata de una banda que ha alimentado mi gusto por la música, que ha hecho crecer en mi, la flama roquera que hoy contengo en mis entrañas. Esas expectativas, acrecentadas luego de ocho años de esperas, de incertidumbres y de pruebas, se colocan subrepticiamente sobre esa vara, haciéndola fútil en su naturaleza, prescindiendo de ella. Entonces, ya no hay ni disimulo, ni temor, ni quietud, ni nada. Sólo mis oídos prestados a la audición más que emocionante, atenta y entregada a los ritmos: o, al rito salvaje que propone la aplanadora del rock.
Y en esta vuelta, en esta entrega carnal entre banda y fanático, entre creador y niño expectante, una nueva cachetada. Un nuevo fin hacia lo desconocido, una reinvención: el pasado transformado en presente, en confirmación o, como reza Mollo en su temazo – especialmente elegido – de promoción, que bautiza al disco “Amapola del 66”: “no es reedición, es redención”. Un ir y venir a las fuentes, aquellas que fundaron la naturaleza de Divididos y las volvieron barro, unción, grito primal, haciéndolas parte de un repertorio que ya no es puramente el salvajismo del rock (o, el aplanamiento), sino, que viene en cataratas de sutilezas, de trabajo forzoso en el detalle, en la experimentación y el recreo, pisando en cada nota sus reminiscencias fundacionales, su gen primitivo.
Y luego, en las continuas pasadas del disco se desprenden las aristas para redescubrir nuevamente a Divididos y para decir, sin temor a equivocaciones, que “Amapola del 66” fija un antes y un después en su música e itinerario. Primero, en la clara solidez de Divididos como un dúo, ya con un baterista aditivo (el cuarto en la historia del grupo: Collado, Gil Solá, Araujo y ahora, Ciavarella); en la fusión orgánica e inconsciente de Mollo-Arnedo para distribuirse a lo largo de las canciones, marcando los ritmos de su despertar y ocaso, explotando y quitando información. Allí, en el polvoroso ruido de acordes, se nota el ajuste de ambos para poder salir sin fisuras: el dúo consolidado.
En segundo término, el sobrecogedor ambiente que rodea al disco. Un clima despojado y cálido, con sonido rural, lejos del asfalto, la polución y el ruido. En esa lentitud campestre, en ese aire de frescura y no alienación, se recrea la atmósfera de “Amapola…”; porque no suena al metal, sino, a la sensatez y tranquilidad.
Y por último, el engranaje final: asumir ser parte de un pasado que no los aterra. Divididos, lo reivindica, pero no para copiarlo y tomarlo nuevamente para su repertorio. De hecho, ninguna canción se oye como otras en su historia; todas están preñadas de un aire nuevo, con fragancias de un pasado setentoso y el afincamiento de espíritu y materia en la tierra, en las raíces y en la historia que por siempre marcó el repertorio de Divididos.
“Amapola del 66” es un disco para redescubrir a Divididos. Acaso, si usted se encontraba perdido en el mar de un rock argentino sin ideas, ni horizontes, ni poesía. O, esperaba un nuevo narigonazo; acá, usted entrará en un cosmos diferente que nos conecta con el gen escondido de Mollo-Arnedo: la experimentación de la mejor época del rock y las raíces de nuestra música siempre desoída, siempre última al paso.

DIVIDIDOS, "AMAPOLA DEL 66"


TRACK A TRACK
No se deje llevar por la primera impresión: si, el slap del bajo de Arnedo le da paso al vivoreante y siempre bienvenido riff de Mollo, dándole vida a Hombre en U, la canción que más se asemeja al Divididos añejo. Sin embargo, el tema se dispersa en unos arreglos frenéticos, propios de una guitarra con fuertes ascendencias hendrixianas y de esa forma se disemina para abrir una copla en el aire y luego, volver todo a la normalidad.
Y el cambio radical comienza a tomar forma con la canción anti-alienación Buscando un ángel, un reggae le da vida al furioso grito de Mollo en una canción con futuro de himno recitalero, alcanzado la fluida variación de ritmos que se hace más notoria en Mantecoso: un ritmo funk desenfrenado que se corta subrepticiamente por un solo casi aquietado, otra vez, vuelven a la cabeza, al oído y los sentidos, las destrezas musicales de Hendrix, de Clapton, Townshend o Page en plena experimentación alucinógena y creativa. La alteración de ritmos, la búsqueda imperceptible por la perfección, por una sinfonicidad inaudible choca en todos los extremos en la bella Muerto al laburar: donde la crítica al sistema de mitos post-morten del músico (en clara alusión a Luca) aparece como excusa para reivindicar al mentor, al ídolo de ojotas. Y en ese sentido, entre la experimentación con los sonidos de una vieja era transformados y la mística música del telurio, se agazapan en la extensa e inolvidable Amapola del 66. Un tema que explora todos los estados de la música de Divididos, en extensión, profusión y violencia, recordando (caprichosamente) a una llama aún encendida recogida de la música de Yes, en la mejor etapa de Ian Anderson. Emocionante y eficaz.
Amapola… también suena a híbrido, entonces, es el perfecto portal hacia la segunda parte del disco, donde inaugura la chacarera La Flor Azul (con acompañamiento de Peteco Carabajal en violín), de la autoría y pertenencia del padre de Diego, Mario Arnedo Gallo. Para que no queden dudas que Divididos es aplanadora en todos los estados y a través de todos los ritmos que se proponen edificar. Y si hablamos de Arnedo, tiene su protagonismo en Avanzando retroceden, una mística canción a puro pulmón y guitarra criolla, oscura a lo Velvet Underground, que se presenta como una incógnita en el disco en claro homenaje a los héroes fundacionales del rock argentino.
Pero el terruño vuelve y alimenta las fauces creativas de Mollo, quien encontró un lugar en el mundo, de inmersión creativa, de oasis espiritual en Tilcara, provincia de Jujuy. Y su forma de homenajearla, sin preámbulos ni tratativas, es con dos canciones atravesadas por un poema ignoto del artista local Churqui Choquevilca, Senderos y Jujuy. La primera, la mezcla de aquel Divididos de antes (en concordancia con Hombres en U) y los ritmos dispares, eléctricos y expansivos que marcan todo la canción y que tienen su punto de encuentro con The Who o Cream. Y la segunda creación es una copla que traen y diseminan los vientos del altiplano con la fortaleza de la banda: las guitarras desparejas en pleno aire de alucinación, con la inclusión de sonidos extravagantes que refuerzan al tema y le dan un vuelo poético excepcional. De esa manera, le sigue Caminando, una buena mezcla entre el Glam Pop de Bowie y las guitarras virtuosas de Spinetta, donde Mollo – como en todo el disco – da una muestra de su capacidad vocal sin frenos y lo adereza con un solo monstruoso. Pero el punto más alto del disco – dentro de una obra más que excelente – es la épica Boyar Nocturno. Si se acuerdan (aquellos fanáticos de Divididos) de “Indio dejá el mezcal / Cristóforo Cacarnú”, Boyar… es la expresión in extremis de los sonidos primitivos, del rito aborigen con guitarra de Hendrix, con enfermiza hipnotización, le da fundamentos a Mollo para eternizar su guitarra en un solo que está a la altura de aquellas odiseas guitarrísticas como en “El arriero” o “Voodoo Chile”.
Y finalmente, una confusa sintonía radial en la que se conjugan una cumbia maltrecha y una opereta antiquísima le da inicio a una patada instrumental en el superfunk El perro funk, donde aparecen nuevamente aquel Divididos infaltable, infalible y aplanador del “Nene de antes”, “Que tal” o “Cabeza de maceta”, pero ahora, con nuevos aires y nuevas perspectivas, mezclando en la coctelera a los Peppers, un Rottweiler y la dispersión de un bajo muy Joy Division.
Y ansí nomá y ansí se van… dejando un aire reconfortante en nuestros pulmones de rock argentino, siempre deseosos de creatividad – tan poca en estas eras –, y que felizmente, nosotros público obtuso, podemos vanagloriarnos que los Divididos son de acá. Para finalizar, el homenaje emocionante y necesario en Todos, en honor a los chicos de la escuela Ecos que murieron trágicamente en una ruta santafesina, un blues desgarrador sustentado en la voz y guitarra de un excepcional Mollo, y el lema que se repite para no olvidar, para salpicar nuestra memoria: “todos fuimos, todos somos, todos podemos ser…”

DIVIDIDOS, "BOYAR NOCTURNO"


DIVIDIDOS, "MUERTO A LABURAR"

2 crónicas póstumas:

Lorena dijo...

Feliz Cumple Blog!!!!
Qué sean muchos más!

Imfreakalot dijo...

Gracias Lolita!!!