4. "Lobo suelto/Cordero atado". PATRICIO REY Y SUS REDONDITOS DE RICOTA (1993)


¿Cómo se hace para esconder una masa considerable de gente? Imposible. Entonces, ¿por qué ocultar en la historia a Los Redondos? ¿Qué arguyo del destino los olvida? Por estar enfrentados con un sistema de tomaydaca, porque se refugian, porque no dan la cara. Pero ellos son sólo, y nada más que su música, resplandeciendo a una parte de la sociedad: como banda de sonido a las acciones cotidianas. Al mercader que se sube al tren para vender chucherías a dos pesos. Al carnicero, ante la sanguinolenta rutina del deshuesado. A la maestra de pueblo, atravesando pastizales y lagunas. Etcéteras. La voz del Indio Carlos Solari, retumba más allá, como fondo musical de las vidas de los argentinos que pelean en el asfalto o el campo, en la comuna o la ciudad, dándole vida a la rudimentaria máquina de supervivencia. Por eso son grandes los redondos, por eso no hay que hacer demasiado esfuerzo para apreciarlos, para motivarse con su lectura inclusiva, universal.
Pelean a los vientos con la fuerza de remolinos, entre sus canciones de histeria, de contemporánea razón, en el diapasón de Skay y las penurias de un agotado Solari, hinchado frente al micrófono.
Años de fiesta ricotera. Años de banderas y bengalas, pancartas y corridas. El grito parecía inmortal, petrificado en el aire de cualquier estadio, ante las llamas bermellones del pogo y la arenga, del canto unísono. Allá lejos el recuerdo, en el tiempo de la fiesta.
Pero luego, los lugares se hacían pequeños, insignificantes. Interminables parabellum de la policía contra las multitudes que no entraban, ni cabían en los conciertos. Irracionalidad, muertes, furia… y censura. Cada vez menos (por no decir nunca), los redondos encontraban el lugar preciso de reunión, de fiesta. La llama lentamente se consumía entre las polémicas, entre la desidia y la politización. Hasta la gran despedida, el shock final, ese abrazo eterno que colmó a miles y miles de almas en River, para decir adiós a una historia de desencuentros, pero sobretodo, a una historia de amor entre la música y el pueblo. Adiós Redondos.
Pero, volviendo atrás, en aquellos años de irradiación, mientras se cuidaban las formas de no traicionarse. Se refugiaban en los bares, en cavernas acuosas de sopor alcohólico y allí nomás, frente a decenas de personas, labraban el rito – buñuelitos de ricota incluido -. Payasos, magia, fiesta, carnaval, acompañaban al panfleto musical del Indio y Skay; por entonces, acompañados por el inseparable Semilla Bucciarelli, Piojo Abalos, Willy Crook, Tito Fargo y las esporádicas apariciones de Lito Vitale en piano. “Gulp!” discreción y después. “La bestia pop” colmó las radios, y el ascenso se hizo notorio. Llegaron los demás, y a medida que los himnos ricoteros quedaban inmortalizados en el canto uniforme de las masas, los bares se hacían microestadios, los microestadios, campos, los campos, estadios, y luego, esos estadios se multiplicaban por tres o cuatro o cinco.
En esas épocas, de paulatino aunque ya manifiesto ascenso, presentaban lo que para mí, es la obra cumbre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota: el extenso, abultado, filosófico, enérgico, platónico, manifiesto, revolucionario, “Lobo suelto / Cordero atado”. Dos discos, que componen en 25 canciones la bilogía ricotera, en su más extrema diástole. En su más profunda consciencia del caos, de los atenuantes, de la polémica, del amor recíproco con el público. Himnos inmortalizados a través del agudo Indio, del clásico empuje de Beilinson y de la mística inescrutable de los redondos: “Un rock para el Negro Atila”, “La hija del fletero”, “¿Lobo estás?”, “Caña seca y un membrillo”, “Ladrón de mi cerebro”, en fin, poesías, ritmos que describen la geografía más exacta del universo ricotero.


PARA ESCUCHAR Y VER "CAÑA SECA Y UN MEMBRILLO", DE LOS REDONDOS

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