3. "Almendra". ALMENDRA (1969)

“Hubo un tiempo que fue hermoso, y fui libre de verdad. Guardaba todos mis sueños, en castillos de cristal” – decían, en interposición, Charly García y Nito Mestre, de Sui Generis. Aquel eco nostálgico, celebrando la paz de una sociedad idealizada, bien podría haber sido el logo preñado al arte del disco homónimo de Almendra. Aquel arlequín (gnomo, diría) huraño y melancólico, lloraba en el caos (de vaya saber que cosa). Quizás, por el engranaje del rock recogido, donde los héroes de las guitarras (Hendrix) caían en las penumbras, donde en una terraza de Liverpool se lloraba la disolución de la banda más grande de todos los tiempos. Esa lágrima, que permanece estanca, vacilante en la mejilla del gnomo rosado, parece ser, el sello preciso de una época, de aquella época. Entre las flores marchitas que perdían su poder en revoluciones intelectuales sosegadas por la crudeza de las armas y el poder omnipotente del dinero.
Bajo ese telón, las argucias de la genialidad se mantenían intactas para tratar de captar, con la más solemne oscuridad, el sentimiento y la furia hecha canción, la geografía fotográfica de esa época. Al mando, el capitán Luis Alberto Spinetta, un nuevo héroe de las guitarras, ¿un poeta? Ya se sabrá. Lo cierto, es que este disco, que nace junto con el prematuro rock argentino, es, la carta de presentación de uno de sus próceres.
Melodías discordantes, reminiscencias de la lisérgia, del ánimo elevado, de los vuelos freudianos a través del inconsciente. Melodías, melodías, tintineantes, flautas nutren las formas (como armonías de Ian Anderson y su Jethro Tull), canciones brumosas, llenas de espíritu lacónico, en mezcla de Lennon y arrebatos de Dylan. Proceden, cautelosamente, con el júbilo de la experimentación, con las entrañas puestas en su arte. Como un fogón, en el centro de un grupo de afiliados juveniles, que no se extingue, que muta sus formas, sus colores: de un amarillo cirroso y fluorescente, a un violáceo exánime, mutando a un rojo nacarado en naranja tormentoso. Esas expresiones, esos colores que resaltan la música, los ánimos, son la paleta que conforma un arco iris universal de matices, de verdades a punto de revelarse.
Para abrir el fuego (el espectáculo de colores), la guitarra empieza a entonar y es allí, cuando sospechamos que el camino nos dirige a un lugar definido. Es allí, por tanto, que nos damos cuenta que lo que escucharemos permanecerá tatuado en las emociones. Esos primeros segundos de “Almendra”, son el avance inicial a la historia del rock en Argentina. “Muchacha ojos de papel, ¿adonde vas?, quédate hasta el alba” – respira Luis Alberto sobre una guitarra de colores. La historia se nos presenta y nos da una bofetada de conmoción. Si no nos recuperamos, luego viene “Figuración” y su exótica y encantadora flauta. Luego, “Ana no duerme”. Imposible levantarse de la contusión. “Fermín”, “Plegaria (para un niño dormido)”, “A estos hombres tristes”, “Laura va”, “Color humano”, “Que el viento borró tus manos”. Uff. Respiración. Agitación. Respiración.
Ahora comprendemos la lágrima del viejo gnomo que no sonríe, ni calla, ni nada. Que se mantiene al borde del abismo, con su sopapa en la cabeza, con su ojo penetrante. Lo entendemos, sabemos que esa lágrima impertérrita es la de todos al recordar, finalmente, los tiempos aquellos en las odiseas del Almendra querido.


PARA ESCUCHAR Y VER "ALMENDRA", DE 1969.

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