"LA BATALLA DE ARGEL" (1965) Gillo Pontecorvo

TITULO ORIGINAL: La battaglia di Algeri
DIRECCIÓN: Gillo Pontecorvo
GUIÓN: Franco Solinas, Gillo Pontecorvo.
REPARTO: Jean Martin, Yacef Saadi, Brahim Haggiag, Fusia El Kader.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1965
PAÍS: Italia, Argelia.
DURACIÓN: 120 minutos.


La batalla de Argel es una película filmada en blanco y negro que retrata los orígenes, el desarrollo y el fin del enfrentamiento entre el Frente de Liberación Nacional (FLN) de Argelia y las autoridades coloniales francesas en la ciudad de Argel entre 1954 y 1957, con un rápido salto final que conduce hasta el momento de la independencia de Argelia en 1962. Para ello, sigue los pasos de uno de los más destacados activistas de la casbah de Argel, Omar Alí La Pointe, desde sus años de juventud en los que se gana la vida como trilero y macarra hasta su muerte en septiembre de 1957, acorralado por las tropas paracaidistas francesas. (cinearabe.es)

Libertad es una palabra que conocemos y saboreamos casi inconscientemente. No nos basta descubrir la fuerza de su significado, se esconde allí, subcutáneamente o en la sangre de nuestras sociedades. Tampoco nos importa entenderla, sabemos que esto es así, que la libertad fue dada gracias a un previo pacto social y que somos demasiado ancianos (la sociedad) para que nos la quiten. No sufrimos ni imploramos ni luchamos por ella; nosotros, la sabemos ahí, inalterable, rígida y sostenida gracias a un sistema natural de idas y vueltas monetarias, poder o sumisión, status quo.
Nosotros, la clase media muda, que solo despierta cuando esa eterna permanencia en la nada se altera o es nutrida de nuevos accidentes sociopolíticos, alza la voz, se suma a la fuerza y ve desestabilizar su libertad.
Hablábamos de libertad. ¿Qué sabe la clase media occidental de libertades? Nunca luchó por ella, nunca se sintió amenazada, sino más bien, tentada en afán de progreso económico y poder. Allí es cuando la libertad se compra en la bolsa de valores.
Tenemos una palabra: LIBERTAD. Tenemos un significado etimológico: volver a la madre, a la sensación de nacer, de sentirse nuevamente parte de una armonía; ya no social, coyuntural, ni mucho menos, política. Una impresión individual del hombre de estar en estado natural. El hombre nace libre. Por eso, el concepto de libertad no se adquiere, es inherente al ser humano.
La libertad se vuelve ambigua, presa de los significados estructurales en los que se basa el poder para ejercer su dominio (si sabrán de esto yanquis, británicos, franceses, españoles, alemanes, italianos, portugueses, japoneses, chinos, israelíes). Se vuelve maleable, medio para implantar un nuevo régimen coercitivo. Saqueos, distorsión y postergación del pueblo colonizado. Ese sistema que quita y otorga según las necesidades de poder; ese pueblo que se lamenta y se encierra, se castiga con una violencia más poderosa que la física: la económica (si sabrán de esto latinoamericanos, sudafricanos, argelinos, armenios, hindúes, congoleños, vietnamitas, etcétera). ¿Qué libertad? La burocrática, religiosa, belicosa, xenófoba, militar. Solo la locura de enfrentarse al fusil con la otra mejilla (Mahatma inmortal), será capaz de sanar la otra (la verdadera) locura colonialista. Pero, es verdad que esa violencia opresora que se escurre por la calle, que vacía las ollas y golpea las puertas, catea las casas e impone su inmoralidad, recrudece aún más y se vuelve lentamente en rebelión, en la búsqueda de la tan ansiada libertad: ese reencuentro carnal con el vientre materno-con el país de los sueños y la igualdad.
En Argelia nunca se escuchó tan fuerte la palabra ¡Libertad! (con signos de admiración), entre los polvos levantados en la calle, ni a través de los velos harapientos de sus mujeres cansadas, ni en las verrugas y arrugas de sus ancianos en las calles, ni en los juegos galos de sus niños. Ya fuera por los otomanos, ya fuera por los británicos, ya fuera por los franceses. Era necesaria ejercer una violencia tan inclemente, tan prolongada e inteligente para que se alce un pueblo entero en armas, para que una Revolución tenga tanta expansión y poder. Una fuerza de coacción capaz de erradicar violentamente ciento treinta y dos años de colonialismo. Era necesario entender que existía una posibilidad de reeducación de las creencias musulmanas, de la cultura argelina que lentamente se fue eliminando con la sutileza del fusil. Habría que adaptar nuevamente un sistema de reimaginación de pueblo, de patria, de grandeza nacionalista. A través de la Revolución (no existe Revolución sin fusil ni atentados ni palabras ni panfletos) el pueblo argelino obtendrá su dignidad, se unificará, volverá al vientre materno.
Tomemos significativamente la escena inicial de “La battaglia di algeri”. Un hombre de la resistencia argelina es sometido a un cuidado intensivo, inteligente, sutil y elaborado por parte de los militares franceses. El hombre se encuentra rodeado de una decena de soldados que lo abrazan y juegan con él un juego que no entiende, que no reconstruye; sólo está ahí ----> víctima de un juego inalterable que el poder ejerce sintiéndose vulnerable. Lo obligan a colaborar: el hombre pone en juego su pasado, tradición, idea y religión. Lo obligan a vestirse a su semejanza: el hombre esgrime una lágrima en su rostro (la última gota de tristeza derramada de un pueblo que dijo – hace tiempo –¡basta!). El hombre no tiene más remedio; se agazapa ante la opresión, se lamenta y finalmente, delata a sus camaradas de lucha. Ese poder de subrepticio dominio recrudece en cada fotograma de la película de (l gran) Gillo Pontecorvo.
Una historia carne a carne con la HISTORIA. Un documento non-ficticio de la resistencia de un pueblo reducido a la nada (cultural, política, económica y religiosamente). Obligado a delatar, a levantar el velo de la transigencia, a no sufrir por el otro y trascender, como se pueda, en ese ambiente hostil, okupado por el Imperio Francés.
Cuando ya no se es nada, un vacío espiritual condena: ¿la libertad? ¿Qué era eso? ¿Un manuscrito filosófico de cómo los hombres debían vivir en pleno ejercicio de su vida al natural? Nada. En esos rostros se ve el vacío (la Nada) que Francia eliminó; robadas las cicatrices, las huellas del pasado, los golpes naturales del crecimiento de toda sociedad. No existe nada más que la idea de una sociedad que crece (como puede) en el fondo.
Allí se halla la verdadera importancia del film de Gillo – quizás, para la historia del cine universal –. Acá hay una historia (¡y vaya que la hay!). Una historia grande de un mundo que se regula así, entre poderosos y sumisos, entre dueños y esclavos, entre ocupantes y ocupados. Y hay otra historia. La de un pueblo que calzó el rifle al hombro, colmó las calles, se precipitó y re-educó al resto, en un reencuentro con su antigua sabiduría, creencia e idiosincrasia y se lanzó a la lucha.
Gillo utiliza este film como un modo de traducir las herramientas más poderosas del cine. El cine en directo. Sin tamices ni efectos secundarios que determinen una desviación o pretexto a lo narrado. Un golpe de lleno a la historia que segrega, inexorablemente, a unos y otros, a bandos opuestos. Pero lo más importante, es que con esa reacción subversiva de un cine “en directo” logra algo más que el efecto primario en el espectador. También, una historia que está relatada a carne viva, adecuada a las formas naturales de la “historia real”, documentada-retratada, sin barroquismos ni excentricidades lingüísticas. Potenciando las historias individuales como parte de un todo sublevado, como la explicación de porqué esas historias individuales se encuentran, indefectiblemente, ante la situación de lucha.
“La battaglia di algeri” procura un cine, luego de los estudios clásicos, modernos, vanguardistas, un cine sin ataduras comerciales ni salvajismos estéticos, que se convirtió en más realista que el neorrealismo italiano mismo. El cine se muestra como es, medio de transporte entre realidad y ficción, ¿panfletario quizás? Puede ser. Pero excelso, maniático, voraz, crudo y sutil (a la vez).

TRAILER DE "LA BATTAGLIA DI ALGERI"

COLONIALISMO Y CINE

“No se puede confiar en el imperialismo
pero ni tantito así... nada”
Ernesto Guevara

¿De qué hablamos cuando hablamos de colonialismo? Imperialismo, conquista, campaña, modificación; quitar, robar, profanar una cultura e introducir por medios eficaces, implícitos o explícitos, una nueva cultura; así, una nueva sociedad irreal, espasmódica, atada, ciega, servil. Sociedades yermas, presas a los designios poderosos del capital, la industria, el feudo y el catolicismo.
Ese espíritu de campaña, conquista y expropiación marcó el fin de los tiempos del hombre en plena acción espiritual con lo que lo rodea, ejercicio divino y natural como un todo uniforme entre naturaleza-materia-espíritu. La libertad, a estas alturas, se convertía en utopía, en sueño bañado de sangre, decapitaciones y persecuciones. Después de todo, ¿qué puede pedir el hombre hoy? ¿Qué deseos, grandezas o estiramientos del alma? Nada. La suerte de la humanidad fue echada al vacío, rota. Ya no se encuentran rastros de aquella humanidad (o, la verdadera humanidad). Fueron extirpadas meticulosamente todas las raíces que conectan la tradición, la costumbre, la vida al natural por el mismo hombre, e introducidas unas nuevas. La “idea” de raíz, más filosa y rudimentaria, racional, dinámica, más individual y solitaria, transformadora del caos, la prevención y el exhumo (desigualdad, guerras, hambre, las palabras cotidianas de la vergüenza). Y así el imperio fue creciendo en contra de su propia condición vital: el hombre pisoteado, dueño o mendigo de un sistema; ya no como causante azaroso de su destino.
Entonces, las sociedades son difusas, inertes, amarradas a los atavíos del imperio que todo lo regula. La idea de unidad fue mutando, variando, colonizándose; desde que este nuevo mundo desvaino sus vísceras y las dispersó por aquí y un tanto por allá, concediendo fatalidades esquivas, traficando con el pensamiento del hombre, subyugando la acción y la palabra. Esa unidad es una fuerza débil y caprichosa que se mueve loca por los intersticios de la historia como si fuera la única capaz de socorrer el espíritu humano: revolución, frenesí, antimperialismo. En cambio, se devolvió más oposición, más violencia, más alienación. Otra vez ir en contra del hombre, sentir que la libertad ya fue vendida y es irrecuperable.
Me pregunto: ¿Cómo volver hacia atrás? ¿Cómo recuperar nuestro verdadero espíritu o sentido de vida? ¿Cómo luchar contra un imperio que todo lo alucina y lo desparrama por las sociedades descalzas? Quizás la lucha sea el pretexto, la unidad de los pueblos, el pasaje entre salvajismo y rebelión. Escupir, gritar, follarse a la gran ballena del imperio. “Los pueblos de la América española se mueven en una misma dirección. La solidaridad de sus destinos no es una ilusión de la literatura americanista. Estos pueblos, realmente, no sólo son hermanos en la retórica sino también en la historia. Proceden de una matriz única. La conquista española, destruyendo las culturas y las agrupaciones autóctonas, uniformó la fisonomía étnica, política y moral de la América hispana1.
Aquella rebelión, que hoy santificamos y honoramos en el nombre de la creación de nuestra identidad, se produjo más o menos a una escala real, siempre aceptando normas y contradicciones. Apretando el puño ante la avanzada industrial que predominaba en el continente madre y así, la libertad, la verdadera fuerza emancipadora quedó reducida a un esquema administrativo. Cuando la suerte de sus colonias se vio sumergida en esta fuente de vitalidad nueva y resplandeciente, nunca dejaron de ser colonias, meros espejos de una tecnocracia audaz y mercantilista ahora ya no sólo de España o Portugal, sino Inglaterra, Francia, Alemania; la América convulsionaba en su ocaso de libertad.
Entonces, ¿dónde quedaron los ideales de los pueblos libres y actores de su propio destino? Y hablo desde aquí, como voces que se hacen eco en la orilla de en frente (África) o en el pálido rumbo del oriente lejano. Encerradas en un chaleco de fuerza, vociferando utopías, sueños vencidos por el vaciamiento paulatino del capitalismo, cultural, económico, social. Lo que nos queda es la nueva unión, un nuevo sentido de rebeldía, cualquier excusa hacia el JUICIO UNIVERSAL CONTRA EL IMPERIO.
Pero al fin y al cabo este es un blog de cine (y música), que se nutre por las expresiones mayoritarias de países de industria avanzada e ideas (siempre artísticamente hablando) vanguardistas. Quizás ahí se desdoble un poco este sistema maléfico. El cine, tanto como otras ramas artísticas, es el único medio de supervivencia y de pacto retórico con el imperio. Pequeñas voces que dicen y cuentan una situación. Este blog gusta por aquellas pequeñas voces de pequeños grandes hombres que gritaron a través de la historia del cine y rompieron con los sistemas impuestos. Los hay de los otros, los que concientes de pertenecer a un determinado sentido comunicacional, se aferran fuertemente a su fuente de trabajo para prevalecer, y de esa manera, ser parte de ese todo imperante.
Hoy por hoy, el imperio ha ganado la batalla de la industria cinematográfica. Salvo algunas raras excepciones que navegan en un mar inmenso y agitado, ambulantes, remando con palitos de madera (hablo de Jarmusch, Wenders, Kusturica, Godard y por ahí sigue la escasa lista). Los monstruos-productoras con su indeliberado sistema de distribución comercial, desembarcan sus productos cinematográficos en un país (y ahora hablo específicamente de Argentina) con una sociedad que consume mucho cine. Pero, ¿qué opciones se les da a esa población? Ninguna. El gran público ya no tiene acceso (salvo por la bendita Internet y la facilidad pirata) de llegar a otras cintas, a otras voces, que sienten y palpitan lo mismo; que nos abren puentes artificiales que nos conectan con otras culturas, otros modos de sentir la vida. Si no fuera por Kim Ki Duk, no conoceríamos el cine coreano, si no fuera por Aki Kaurismäki nos perderíamos una parte de Finlandia. La resplandeciente China seudo-comunista de Zhang Yimou, los restos después de la eterna guerra retratada por Amos Gitai (Israel) o Danis Tanovic (Bosnia). Las fotografías de un pueblo entre las cenizas (el filipino) de Raya Martin, y el excéntrico, culto y emocionante nuevo cine rumano (Mungiu, Porumboiu, Nemescu, etcétera).
El imperio ha hecho del cine un gran espectáculo artificioso; lo vació de contenido, lo volvió un ritual frívolo y consumista, lo subestimó haciendo de él un mero entretenimiento y negocio de la imagen. Eso es colonialismo, profanar una cultura (una visión del cine como elemento de reproducción de mensaje) e introducir por medios eficaces, implícitos (la paulatina tentación de grandes directores a Hollywood) o explícitos (el espectáculo, el 3D, los pochoclos, el cine Premium, el cine a gran escala, etcétera), una nueva cultura (cine-ritual del capitalismo).

1 “La unidad de la América indoespañola” José Carlos Mariátegui, “Esquema de una explicación de Chaplin y otros escritos”, Recopilación, 2010.

IMFREAKALOT inaugura un espacio de reflexión sobre el Colonialismo y el cine, trazando un paralelo sobre el estado cinematográfico actual. Películas sobre la conquista de pueblos, a través de la sangre y la Biblia, de la imposición del rifle y la cultura.
Iniciamos este nuevo especial con una de las mejores películas de la historia del cine (para IMFREAKALOT), “Aguirre, la ira de Dios”. Luego, se vendrán nueve más.

"AGUIRRE, LA IRA DE DIOS" (1972) Werner Herzog


TITULO ORIGINAL: Aguirre, der Zorn Gottes
DIRECCIÓN: Werner Herzog
GUIÓN: Werner Herzog
REPARTO: Klaus Kinski, Ruy Guerra, Helena Rojo, Del Negro.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1972
PAÍS: República Federal de Alemania
DURACIÓN: 94 minutos.

En 1560, poco después de la destrucción del imperio inca, una expedición española parte de las montañas de Perú rumbo a las selvas del Amazonas, en busca de la legendaria tierra de El Dorado. A través del diario del fraile Diego Gaspar de Carvajal iremos conociendo aquella peligrosa aventura. (FILMAFFINITY)

Redescubrir el mundo, encontrar en él nuevas formulaciones, imágenes, pasadizos que nos develen una nueva verdad, un nuevo imaginario para poder pensar que todo esto (lo que nos rodea, realidad, visión, percepción) es una cortina de humo, mutable, variable, alucinógena. Dos aventureros, autócratas y viciosos: Lope de Aguirre/Werner Herzog. Capaces de rehacer un mundo que siempre estuvo ahí palpitante. Extinguiéndose en las cenizas del olvido, borrándose inexpugnables. Los dos, antorchas en la oscuridad, guías de un lugar prefigurado para una nueva existencia: la del caos, la muerte, la locura y el terror (LdA), la del arte y la vida (WH).
Introduzcámonos en el tema de las imágenes en el cine. Una parte que se oculta, otra que se representa como un todo del mundo. Un juego metonímico donde se aporta la consecutiva visión sobre ese universo imaginado; el director, el dios creador, demiurgo incansable, robustece a ese mundo (la estética); la cámara es ese ardid entre tratado activo (el de la imagen) y realidad óptica. Lo que allí ocurre y luego, en el 16:9, pasa por delante de nuestros ojos como una consecuencia de un mundo alterado, conducido por ese “dios creador”; a veces, reconocido como parte de un todo costumbrista, a veces, descubierto como una nueva realidad. Werner Herzog ha luchado contra esos demonios de la imagen real, del mundo aparente y ha plasmado en su arte de filmar una nueva realidad, nunca vista, imágenes inéditas de un mundo que ya estaba ahí, descubierto, al acecho de cualquier óptico, crítico o transformador. Lo que WH ha logrado (y de ahí su importancia en la universalidad del cine) es introducir un nuevo código de imágenes, donde, lo que ya estaba dado de por sí (el mundo real y estático) se encuentra reformulado como una nueva visión, donde el espectador evidencia al mundo como una realidad inédita. Entonces, colocará al espectador en otro lugar, de reconocimiento de esa nueva imagen y por ende, establecerá nuevos códigos de relación con él. “Aguirre der zorn Gottes” es la muestra magnífica de ese arte de captar impresiones auténticas sobre una realidad aparente. La selva no sólo es el escenario donde los personajes desarrollan el conflicto del film; se trata de un inclusión dramática, una puesta en escena para darle vida a la historia.
Lentamente, sombrío, fatal, caótico, nos introduce dentro de las fauces de la demoníaca selva Amazónica; todo lo captado ha partir de allí será una consecuencia de ese camino que lentamente irá conduciendo a Lope de Aguirre hacia su locura de poder, de ambición, a su trance psicopático.
La primera secuencia resultará evidente, todo parece signado por la hostilidad, la fealdad y el destino trunco de la empresa (una ilusión ya no óptica sino de deseo, espejismos). En ese universo de imágenes parece imposible romper con los códigos del lenguaje herzogiano, todo se establece sobre la idea de reforzar la historia. La maravilla del cine se despierta, se mueve agazapada en una selva que parece predecir el futuro de los intrusos, de los conquistadores, de los locos, de los terroristas; ese mundo descalzo, esa jungla tupida e intensa será el último bastión que separa la cordura del infierno. Y tragados en la vorágine de poder, Lope de Aguirre y su séquito devorarán toda esa maldad como un espejo que se devuelve lapidario hacia sus sienes. Ese laberinto (ir)real logrará conmover el último resquicio de libertad de ese pueblo abarrotado tras su extensión.
Herzog deposita allí a su único intérprete. Un personaje desvariado, envuelto en una locura que paulatinamente comenzará a comerse sus nervios; un personaje (el de Kinski) que va en contra del resto, haciéndolos cómplices o víctimas de su monomanía desenfrenada. Como WH, va reventando las ideas y envuelto (también) en su afán de conquista del imperio cinematográfico, sin importar las voces que van en la dirección contraria, se lanza a la odisea de la imagen, el mensaje y la posteridad.
“Aguirre...” no sólo es una pequeña historia del gran genocidio, ni los artilugios utilizados para hacerse con la “idea” del oro. Es, en profundidad, la historia de un loco (hablo de Herzog) que marcó el quiebre definitivo de la historia del cine, utilizando la cámara como el arma más poderosa de conquista.

TRAILER DE "AGUIRRE, DER ZORN GOTTES" (en inglés)

5 CANCIONES DE COTILLÓN VERSIONADAS

La RAE dice (y si ella o ellos lo dicen...) que la palabra cotillón tiene dos acepciones. La primera: fiesta y baile que se celebra en un determinado día. La segunda: Danza con figuras, y generalmente en compás de vals, que solía ejecutarse al final de los bailes de la alta sociedad.
Baile, fin de fiesta, romances, mucho exceso, mucha extravasación, mucho sudor. Los tíos con corbatas en la cabeza pintan un cuadro general, un aspecto preciso de ese determinado malgustismo donde se exacerba y se complota lo surreal con lo frívolo. Las abuelas agarrándose las enaguas mojadas por la bomba que expulsa espuma por el aire, los padres traspasando cualquier límite de decoro y entrando al terreno nebuloso del ridículo, las mujeres descalzas danzan sempiternas en un ritual ya vacío, ya rutinario, ya triste y enfermizo. Aquellos rechazados, al costado del salón, postergados por la repentización de otros en temas del amor, elucubran ideas macabras de venganza.
Aquel relajo, vergel mundano, elíseo desnudo y recreo en el espacio y tiempo son las fiestas de quince, casamiento, compromiso, bar mitzvah o comúnmente llamado: ¡los eventos!
Todo un cocoliche: mucho plástico, mucho material descartable, objetos fútiles de coexistencia con la vida diaria. Luces que refractan colores en el aire y tiñen todo de un optimismo inusitado, mientras, en el fondo de la mesa, dos tías se miran mal. La puesta en escena más compleja, un rasgo esencial para entender al ser humano. Aquel que vive preso de una rutina que lo conlleva a los más insufribles y detestables quehaceres, mecanizándolo, volviéndolo alterno a una corriente que no para de fluir (como la danza que ejecutan las mujeres descalzas) sempiterna; y los eventos son el recreo. Donde se disipa cualquier diferencia filial, donde se despojan las ataduras a ese mundo mecánico, donde los abogados se ponen gorros con flores y las tías se arremangan los vestidos para colocarse cintas, ligas, etiquetas. En ese mundo parece reinar una suerte de democracia de la felicidad (y lo ridículo). Y luego, cuando las horas comienzan a indicarnos el final, cuando todo el sudor parece haber quedado derramado en la pista de baile y los platos se apilan sucios, llega el cotillón.
El cotillón es la exacerbación por lo extravagante que ostentan dichas fiestas: un mundo paralelo donde conviven risas y bananas de plástico, gorros de piratas, cowboys y doncellas con la borrachera de último momento; es, justamente, la exacerbación de toda esa horizontalidad festiva, donde, finalmente, se termina de cruzar cualquier barrera y no existen ni el sentido del ridículo ni la seriedad. Todo, papel picado, confeti, nadería.
Cinco canciones de cotillón versionadas.

Vení Raquel – Ambulancia (versionando a Los Auténticos Decadentes)
Ambulancia es un experimento de cinco actores (entre ellos, Mike Amigorena y Muriel Santa Ana) que combina música con teatro. Hacen canciones versionadas donde combinan el sutil arte de las máscaras, comedia y drama, con canción popular. “Vení Raquel” es el primer éxito bailantero de los Decadentes. Ellos dicen: “sonido prêt-à-porter”; yo digo: sonido popular en un envase bonito.



Travestis Tarot Superconstituamor (Yo me enamoré) – The Peronist (versionando a Amar Azul)
La cumbia (o música tropical), ese amigo infaltable de las noches ásperas, del baile descolocado, del momento energético, del ritual mundano. The Peronist lo ha conjugado en clave electrónica; quizás como el movimiento peronista, un colorido bricolage de ramificaciones diversas, un recuadro general que converge lo plural, lo popular con el más acérrimo conservadurismo; donde las nuevas tendencias se empaquetan en residuos viejos. Donde todo es tan amplio, tan genérico e indecible que pierde esa dotación de movimiento, de partido o de ideología.
Cumbia electrónica, música nacional y popular.



Usted Abuso – Miguel Bossé (versionando a Vinicius de Moraes)
Y llega el popurrí brasilero, ¡el Carnaval Carioca!: “Brasil, laralalala la la láaa...” “Ay ay caramba...” “Pepé pepe pepé...” y por supuesto, “Voçe abusou”; en ese momento, comprendimos todo, es una orgía del mal gusto, un culto a la decadencia humana. No sólo se hace usufructo de una alegría que no se sabe muy bien de donde proviene, sino, también, se exporta esa alegría, se la trasviste de nuestra cultura. Como un hombre en joggins y chancletas, como un cuadro de la feria menemista, como una postal de Miami: lo grotesco y lo superficial se dan la mano.
Acá, Miguelito Bossé (otro que está más allá de todo) la versionó en español, ustedes juzguen.



Violeta – Asspera (versionando a Alcides)
¿Áspera? Yo diría, surreal. Es la versión del (¿único?) hitazo de Alcides hecha por Asspera, una banda de black metal donde también convive esa perdida de la decencia, la extravagancia o, como ellos dicen: un sentimiento bizarro popular argentino. Bizarrismo y metal pueden convivir, y prueba de ello es Asspera. – Ah, también tienen otros hitazos como “El hijo de Cuca” de Pocho La Pantera y “Me gustas mucho” de Viejas Locas, infaltables en cualquier cotillón eventero –.



Te quiero tanto – Massacre (versionando a Sergio Denis)
Oída en canchas, trapo al viento, grito pelado. Oída en finales de telenovelas, mientras la pareja protagónica corre a orillas de un mar en pleno atardecer. Encriptada en mensajes de amor electrónicos, en postales vía mail. La sonrisa franca de su intérprete, el Barry Manilow local, Sergio Denis, gritando a viva voz: “hagamos el amor con alegría...” y la ochentosidad nos congela; tenemos ganas de abrazarlo o, en el mejor de los casos, darle una palmadita en la espalda y decirle: “Gracias Sersh, hiciste una gran canción”.
Massacre la versionó para la banda de sonido de “Cara de queso” de Ariel Winograd.

"BUENOS DÍAS, VIETNAM" (1987) Barry Levinson

TITULO ORIGINAL: Good Morning, Vietnam
DIRECCIÓN: Barry Levinson
GUIÓN: Mitch Markowitz
REPARTO: Robin Williams, Forest Whitaker, Bruno Kirby, Robert Wuhl.
GÉNERO: Comedia
AÑO: 1987
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 120 minutos.

Vietnam. 1965. Un pinchadiscos de la radio, Adrian Cronauer, es enviado a Saigón para trabajar en la emisora del ejército norteamericano. En contraste con sus aburridos antecesores, Cronauer es pura dinamita, sus comentarios irreverentes, sus tacos e improperios y sus críticas al vicepresidente, le hacen ganarse el aprecio de las tropas. Sin embargo su superior el teniente Hauk no es de la misma opinión. (FILMAFFINITY)

¡Gooooooood Morning, Vietnam! – suena en la frecuencia díscola de los altoparlantes mientras algunos recargan su fusil. Otros, se encaminan hacia un tanque de guerra, y los demás, tratan de reír frente a la selva y lo incógnito de su destino. Y aquella voz, hilarante, presumida, agotadora, les dará el recreo que necesitan. Pero, ¿qué recreo hay en la guerra? Solo un respiro sobre el hombro, un arrodillarse en el barro, un fruncir el ceño, apretar los dientes y mirar hacia el cielo buscando respuestas de algo que no se entiende y que se-es parte. Y entonces, ¿ellos qué saben? Sólo saben que existen, que tienen familiares esperándolos en algún punto de su “Tierra Prometida”, que están peleando una guerra absurda, que comulgan con un ideal que no saben muy bien que significa y que, cómo todos, sólo comentan sobre lo que escuchan. Tratan de robustecer su espíritu con las vibraciones informativas de la radio, con la manipulación insólita de las noticias del frío reporte diario, el nexo entre (lo que queda de) ellos y la realidad parcial absoluta. Finalmente, ¿qué hacen ahí? Un espíritu retributivo los lleva a alistarse en el ejército. Una suerte de trueque con su destino: “aquel, mi país fastuoso, tierra de oportunidades, me cobijará por siempre bajo su bandera de libertad; y si algún día falto, estará protegiendo a mis seres queridos, dándole auxilio y sobre todo, capital”; un vender el alma al diablo para posibilitar un futuro mejor. Nada de eso aparece en la letra chica. Los escuadrones de pequeñas minorías en el frente de batalla salen a escudar las balas, mientras los dromedarios avanzan y se repliegan, se esconden y huyen, ¿para qué? Para expandirse en el horizonte imperial, para luchar contra fuerzas que ni Washington conoce, más bien, desconoce. Pero la derrota no es algo que esperaban, ni Washington ni los dromedarios y mucho menos, las pequeñas minorías. Entonces, hay más reportes falsos para cubrir el día a día pero no habrá más oídos sobre el parlante, y las voces se restarán y acallarán por los estruendos de las bombas.
Adrian Conauer es un simpático personaje, enviado a Vietnam como reportero matutino en la radio que se expande por Saigón. Radio militarizada, radio con prejuicios y estrategias. Acá no se trata de esbozar falsas hipótesis, la radio cae en control del Ejército y se utiliza como un medio de información seccionada, rubricada para enmendar los errores del campo de batalla, para disimular las caídas y vociferar las enmiendas de la Constitución de los Estados Unidos de América. Una suerte de adoctrinamiento al pueblo vietnamita, el lejano, el inapetente, el que quedó “en-medio” de una gesta ridícula y expansiva, el que (como los soldados misioneros de su bandera) tampoco saben muy bien de todo ese caos a su alrededor. Y aquella radio, en medio de la tempestad (o más bien, del calor saigonés) escurre su información en las calles levantando el pulgar, cubriendo con su manto todo lo que ese pueblo (el vietnamita) y todos esos intrusos (los yanquis) no alcanzan a ver, ni siquiera con binoculares.
Adrian será un reportero de esa mitad-realidad, de esa mutación entre mentira y binoculares. Porque caerá súbitamente en la impotencia de la manipulación, verá sus manos anudarse y solo podrá gritar: Goooooooood Morning, Vietnam!, y luego imitará caricaturas presidenciales, estrellas televisivas y seguirá su rutina, bajando la cabeza; entendiendo que el único remedio a esa locura militar intrusiva es el recreo para aquellas almas en vilo. Pan y circo, impiedad y soledad. Un poco inocente se hará amigo de un joven vietnamita y caerá preso en la trampa de las estrategias militares, ese será su final, sin saberlo, sin conocer demasiado (otro más) de que se trata todo eso.
“Good Morning, Vietnam!” es algo más que el ejercicio radiofónico y su lugar de comunicación ante los velos de la censura. Será un transporte que delimite la impotencia de un Estado (el estadounidense) que hará cualquier cosa por salir adelante, cuando, se pensaba luchar contra un humilde ejército para establecer su imperio en esas ignotas tierras y se sufre una inesperada derrota. Será el microreporte gráfico (a través de la comunicación) de cómo ese Estado sacude sus brazos, la última brazada, ante la derrota, ante el ahogamiento.

TRAILER DE "GOOD MORNING, VIETNAM"

"PESCADOR DE ILUSIONES" (1991) Terry Gilliam

TITULO ORIGINAL: The Fisher King
DIRECCIÓN: Terry Gilliam
GUIÓN: Richard LaGravenese
REPARTO: Jeff Bridges, Robin Williams, Amanda Plummer, Mercedes Ruehl.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1991
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 137 minutos.

En la imponente Nueva York actual, Jack, un locutor de radio caído en desgracia tras una tragedia que le persigue, y Parry, un enajenado profesor de historia, emprenden la búsqueda del Santo Grial. (FILMAFFINITY)

El rey pecador, Terry Gilliam. Acusado de una falsa pretensión, inventario incoherente, subversiva refrescante. Terry no es más que un pecador de las causas nobles del cine moderno, porque no intenta reivindicar al cine como tal, como elemento de mesura, coordinación y comunicación efervescente. Se reduce al solo contrato implícito y visual entre lente, celuloide, luz y ojos expectantes. Demasiado estético para el cine, demasiado intermitente, brusco, filoso o abyecto de las causas visuales. Es el zoom intrusivo, la longitud de sus ojos de pez, la caricatura de un mundo abominable, retorcido y siempre apocalíptico el resultado de su filosofía maquiavélica. Filosofía de manipular las imágenes en detrimento de la historia, que se apaga lentamente como un fuego fútil en la tempestad, que lo convierten en un esteta desvelado, un profesional (y algo maníaco) para romper contratos con lo convencional. He ahí su pecado, ocultar y manipular el heterodoxo espacio lineal del cine, esa imagen siempre propicia para violar, ese agujero negro de la coexistencia (cine-narrador) donde se pasa con total disimulo, poca presteza y mayor audacia. Pues, Gilliam no entiende nada de habilidades sino, más bien, de aventuras, de arte (necesario para romper cánones preexistentes) y de sueños. En el universo Gilliam sólo es necesaria la imaginación y el agujero negro, para no entender demasiado el significado de la imagen, para no esperar tampoco demasiado de la historia (es decir, conflicto, desarrollo, clímax, drama, etcétera) y, sobretodo, para dejar pasar vertiginosamente el aluvión visual y no repensar demasiado lo que quedó atrás.
Entonces, ¿de qué peca TG? Peca de ambición, de desmesura estética, de introspección, de imaginario unipersonal. Allí se diferencia de Tim Burton. Los dos universos imaginados: en Burton, se ve una traducción de ese mundo en una historia. Gilliam lo utiliza como interfase entre su cabeza y el film. Por eso, Burton no pretende, imagina y transporta. TG se vuelve cápsula y cubo de Rubik.
El rey pescador de Terry Gilliam es, en síntesis, un mapa de estrategias que el espectador toma para encontrar el camino más corto para vencer el cubo Rubik, para violar la cápsula y enterrarse de lleno en el mundo imaginario del ex Monty Python. ¿Por qué? Porque aquí hay una historia, hay una total sencillez narrativa y ese pasaje entre el oscurantismo imaginario, el clima apoteótico e infeliz de sus cuadros se adaptan al sistema lingüístico del film. La narración está expresa, sin reticencias, sin grandes alteraciones que produzcan la confusión. TG ha comprendido que el universo alucinógeno-onírico-apocalíptico que propone (o propuso en “Brazil” o “Las aventuras del barón Münchaussen”) está aislado, siendo sitiado por una historia que es más poderosa y en un buen sentido, más elemental.
Jack (Jeff Bridges, sobrio como siempre) es un DJ radial, arrogante, malherido, estúpido; protagonista y motor de la película. Un radioyente se suicida por un mal consejo o una desatención, no importa. A partir de allí, una serie de eventos desafortunados se presentarán en su vida. En plena caída libre, Jack intentará suicidarse, conocerá a Parry (Robin Williams, no tan histriónico como siempre, por eso, sólido), un vagabundo, viudo, desesperado, loco (perfecta empatía con la locura gilliamiana). Esa serie de hechos desafortunados, para Jack, volverá como un boomerang directamente hacia su cabeza, que rodará por el aire y se perderá en la locura transigente de Parry en la búsqueda de un Santo Grial, en la épica batalla contra la vida y la muerte.
TG entendió que tenía una historia (también la tuvo en la orwelliana “Brazil”, la tendrá en la adaptación de Marker en “12 Monkeys” y seguirá adelante, entrecruzando batallas entre el poder hipnótico de la imagen y la presencia auténtica de la historia), que no había que resumirla a la anécdota ni barnizarla con falsas puestas; y allí encontró el Santo Grial (la clave, la matriz), insertándose en ese universo caótico sin que el arte lo introduzca implícitamente, sin que la puesta en escena se robe una palabra o una acción o un guiño de los protagonistas. “The Fisher King” es una historia, también una imagen y un universo definido, pero sobretodo, presentación del conflicto/desarrollo del conflicto/solución del conflicto. Fin.

TRAILER DE "THE FISHER KING"

"CABEZAS HUECAS" (1994) Michael Lehmann

TITULO ORIGINAL: Airheads
DIRECCIÓN: Michael Lehmann
GUIÓN: Richard Wilks
REPARTO: Brendan Fraser, Adam Sandler, Steve Buscemi, Joe Mantegna.
GÉNERO: Comedia
AÑO: 1994
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 115 minutos.

Los Lone Rangers son una banda de Rock de Los Ángeles que lucha por abrirse camino y que lo tiene todo: el sonido, el look y la actitud. Seguros de su talento, lo único que necesitan es alguien que les escuche y por eso secuestran una emisora de radio. (FILMAFFINITY)

Kiss es una de las bandas más importantes de la historia de la música. Esta afirmación no tiene sustento en lo que el cuarteto produjo musicalmente. Es decir, si a las bandas de rock se les debería atribuir algo al engrandecimiento de la cultura universal sería la forma de introducir su lenguaje (sobretodo, si se trata de un mensaje que haya roto los cánones de un determinado contexto social o artístico) y de llegar a las masas por medio de la representación artística o tal vez, de un movimiento cultural o un quiebre establecido. Pero, ¿por qué hago tal afirmación? Es que Kiss ha fusionado dos idiomas, dos formas anacrónicas de vivir el arte: una, haciendo su música; dos, vendiéndola prostibulariamente sin vergüenza. La música, o mejor dicho, el rock, todavía se encontraba ingenuo a las posibilidades de crecimiento a través de un mercado, de una industria. Andaba vendiéndose con falsos panfletos, con utópicas estampitas de salvación generacional. Todavía se sentía parte de un movimiento artístico-cultural capaz de conmover y enriquecer a las masas con tan solo el sonido (y en muchos casos, las líricas), de acallar los estruendos de bombas con una flor, de morir por una causa que parecía perdida por la burocracia y el establishment. Pero el rock ha optado finalmente, como las cosas que maduran y se vuelven funcionales al sistema, a la alienación, al dinero y la comodidad, establecerse como un puente de supuesta representatividad juvenil disfrazado de ejecutivo, de hombre de negocios. Y Kiss ha hecho esto posible: se ha transformado en marca, en imagen, en slogan y en propaganda sin ponerse colorados, sin mentir ni bacilar; a partir de ellos (o quizás, un poco antes), el rock ha decidido convertirse en un producto de venta fácil.
“Airheads” no es más que una película donde se cuenta éste paso. O, mejor dicho, donde las cosas ya están dadas de esta manera. Un grupo de rock (“Los Llaneros Solitarios”, un trío de estúpidos airheads – cabezas huecas –, o una crítica al estado del roquero actual) sabe que para lograr cierto ascenso en el mundo musical es necesario romper cualquier barrera impuesta. Regla uno del capitalismo/darwinismo: quien no se adapte al sistema terminará muriendo. ¿Y qué pasa cuando alguien no se adapta al sistema, cuando es excluido por fuerzas ajenas, por un poder mandante? Se ingresa por la fuerza, se violan los códigos, se arrincona a ese poder.
El ejercicio es fácil, a base de comedia mundana y cliché, se introduce todo por la fuerza: los gags, los pasos en falso, los errores narrativos, el conflicto edulcorado, la redención de sus protagonistas. Porque, lo bueno de las comedias, es que hasta los peores perdedores siempre salen airosos. Esta banda que se introduce en la radio y toma como prisioneros a los empleados para que pasen su demo, entienden finalmente que el poder es aún más fuerte que cualquier intento suicida por la gloria. Aunque se animen a retarlo, a jugar con él, ponerle pistolas (de juguete) en la sien o se rasquen los genitales o eleven su plegaria de dedo mediano al cielo, estarán tentados de por vida. Firmarán el contrato y venderán millones de copias. Al final, el poder que trafica con el rock no era tan malo – parecen decir.

TRAILER DE "AIRHEADS"

"TALK RADIO" (1988) Oliver Stone

TITULO ORIGINAL: Talk Radio
DIRECCIÓN: Oliver Stone
GUIÓN: Eric Bogosian y Oliver Stone.
REPARTO: Eric Bogosian, Ellen Greene, John C. McGinley, Leslie Hope.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1988
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 110 minutos.

Barry Champlain es un cínico y cruel animador de un programa de radio nocturno de gran audiencia en Dallas. Es una persona voluble, muchas veces simpático, pero también punzante y odioso en ocasiones, que incluso recibe amenazas por sus afirmaciones y opiniones claras y contundentes. (FILMAFFINITY)


Emulando viejos sistemas de comunicación, Oliver Stone, el incansable destructor de mitos, dirigió y escribió (junto con el protagonista de la película, Eric Bogosian) en 1988, “Talk Radio”. Una radio hablada, un cine que dice.

Radio hablada, radio espejo, radio explícita, radio abierta. Como un receptáculo donde se deposita la bestialidad y lo subrepticio de un mundo siempre en llamas, la radio (cultura) hoy es el objeto que mejor mira al mundo, que mejor lo describe y lo trasviste, quien mejor lo delinea con trazos bruscos, con pulso nervioso, ya no como sucesión de puntos ni líneas que se entrecruzan. En la radio no hay disfraces ni demasiada puesta en escena. En la radio se cae fácilmente el sutil velo que recubre las vanidades, las mentiras, los prejuicios y la diplomacia; porque es voz, y en el sonido se descubren los rasgos más inherentes de las personas, en la vibración y los tonos se desnudan.
Cuando ese receptáculo hierve, se exponen las habladurías de voces que (ya) casi ni piensan y sienten desprecio, todos son unos: unicelulares, uniculturales, “uni-receptáculos” de experiencias, manifestaciones y prejuicios. Entonces, la radio explota, el cine calla porque no necesita sus fórmulas, sus discursos, para contar historias. El cine también es un receptáculo, un escenario de luces donde desfilan todos estos personajes embrollados y borders, ignorantes, problemáticos e infelices; donde se los expone y no se los cuida enfrentándose impetuosamente con quien debería agruparlos, respetarlos y ahogarse en sus penas más hediondas, en sus pensamientos más profundos y detestables: EL SEÑOR LOCUTOR o, el cliente ¿siempre tiene la razón? (apelando al viejo enigma de los medios; ¿televidentes/oyentes/lectores/espectadores o clientes?).
“Talk Radio” no es más que eso. Un espejo de la conciencia pluricultural de la sociedad expuesta ante un micrófono abierto y ante un cínico representante de algo (que no sabemos bien) que golpea su martillo ante uno o ante todos. Entonces, las voces que se multiplican, el odio que se siembra, la distancia o la atracción se va extendiendo a través de las horas radiales, del rojo fuego del “ON AIR” y Barry Champlain (el locutor) extirpa uno a uno, los somete a la más ardua batalla dialéctica, los perturba y los acaba a su merced. Más allá de la retórica o de un tratamiento intelectual sofisticado, O. Stone se detiene allí, no ajusta más las tuercas de esa rudimentaria maquina de voces con megáfonos que aturden de tanta virulencia; las deja descalibrarse, fluir en un andar maniqueo y exiguo hasta perderse en el ejercicio de la futilidad. Porque es un cine que dice y no acciona, representa (o no) pero no se somete a arduos juicios de valores, porque expone pero no mutila ese decir. Oliver ha hecho una buena película.

TRAILER DE "TALK RADIO"

"NOCHES MÁGICAS DE RADIO" (2006) Robert Altman

TITULO ORIGINAL: A Prairie Home Companion
DIRECCIÓN: Robert Altman
GUIÓN: Garrison Keillor
REPARTO: Meryl Streep, Tommy Lee Jones, Woody Harrelson, Lily Tomlin.
GÉNERO: Comedia musical.
AÑO: 2006
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 103 minutos.

Desde 1974 se lleva emitiendo en las radios americanas la serie "A prairie home companion", un show de variedades para toda la familia que incluye música en directo, anuncios ficticios, una serie protagonizada por el detective Guy Noir y mucho más. Todo esto presentado por el moderador del show, Garrison Keiller. La película se centra en los acontecimientos que ocurren durante un particular episodio en el que Keillor y sus invitados descubren que es el último show de la serie. (FILMAFFINITY)

Una dama con sobretodo blanco deambula por los pasillos del anfiteatro donde se emite “A Prairie Home Companion”, algo espectral, algo mortuoria, algo angelical. En ese teatro musical, algo que se acaba, una ultima función. Algo que no se dice pero se vislumbra en el gesto melancólico de los artistas que actúan unos tras otros, que se apaga lentamente como un pequeño fueguito conservado en la timidez y se va fundiendo con la oscuridad, con el retrato de un hombre que ha divulgado el cine como un manifiesto intelectual, como la parte de un todo poético y sarcástico. Esa mujer (Virgina Madsen) es un ángel que viene a arrebatar el momento: porque sí, porque ya es hora, porque el frenesí de una nueva ola viene a devorarlo todo, porque el mundo ya no es un lugar donde habitan los pequeños detalles, ni las caricias ni los sueños ni los sentimentalismos. Esa mujer viene a llevarse de la mano a toda la compañía y con ellos, deja apagar la luz al hacedor de toda esa magia (ésta y, sobretodo, las que pasaron), Robert Altman.
Es que se puede filmar la muerte (o hablar sobre ella) con alegría, con emoción y nostalgia; como el sello de un camino recorrido (¡y vaya que Altman ha transitado un tortuoso camino cinematográfico!) con un dejo de añoranza por un tiempo imperdurable (paralelo directo con “Radio Days” de Woody Allen), donde la amenazadora vorágine de la televisión todavía no aparecía en el horizonte ni trataba de ensuciarlo todo con su inconsciencia maldita. Altman retrata esos momentos con una lágrima inquieta en sus mejillas, donde las canciones rancheras y las publicidades apócrifas resonaban con un eco de inocencia, donde los locutores monumentos y los radioteatros paralizaban a la audiencia. Y de esta forma, se entremezcla aquel tiempo de la radio omnipresente con su cine: un cine colmado de detalles y sutilezas, de reformulaciones e ironías, sensible y sin golpes bajos. Porque la muerte es un ángel hermoso que viene a llevarse todo a otro lugar porque aquí no tiene más espacio, porque este mundo ya es demasiado para tanta belleza y porque los sueños son demasiado cuerdos para esta realidad de borrachera.
Finalmente, Altman firma su obra mientras se le cae una lágrima que mancha el palimpsesto. Toma de la mano a ese ángel rubio y magnífico, mientras la música se va fundiendo lentamente, en degradé hacia el infinito de la memoria colectiva. Chau maestro, chau Robert Altman.

TRAILER DE "A PRAIRIE HOME COMPANION"

5 CANCIONES CON TRECHOS EN OTRO IDIOMA

Dirán, burlonamente, los más conspicuos conocedores del vasto universo musical que cada obra, para que ésta sea digna de sus oídos, del regocijo espiritual; deberá ser completa, inabarcable, llena de impulsos creativos, de suntuosos arreglos, de parafernalias varias, de una letra apasionante. Dirán, que para conocer ese espacio (el de unos pocos), jugarán apuestas, moldearán sus gustos, pero nunca abandonarán ese espacio de seudo-poder en el que se acomodan.
Ellos nada saben; sólo desprecian lo que es ajeno, lo que no pueden entender, lo que sus oídos (ya amasijados por las frecuencias, volúmenes y ondas que emiten sus auriculares – o cómo dicen los modernos, headphones –) captan con un cierto ruido angustioso. Todo lo que es ajeno se rechaza; como los conservadores, chupacirios, milicos, taxistas, rechazan un pensamiento antitético, como una milanesa fría repele al dulce de leche o un pie desnudo al sorete. Así son, conservadores de su espíritu religioso de deliberación musical: carentes de todo aprendizaje nuevo, de toda aventura no testeada.
No entienden de sumatorias rítmicas ni burlas sonoras. De confecciones, rupturas y desacuerdos. No conciben el morbo de la mezcla ni la experimentación.
Es un arduo aprendizaje, un camino de educación auricular. Dejar el tamiz de lado, borrar toda evidencia de una experiencia previa, romper las normas de formación artística. Y de esa forma, convivir (en algunos casos, resignarse a convivir), pelearse, buscar alternativas.
¿En qué manual se escriben las normas de la música? Oídos sordos escuchen como se mezclan los idiomas, como se fusionan los estilos, como vibra el desagrado y la creatividad.


Discoteca – Pet Shop Boys
En 1995, los londinenses Pet Shop Boys emprendieron la gira “Discovery Tour”. Durante esta gira visitaron Latinoamérica y allí se produjo el verdadero descubrimiento. Encontraron a su paso, nuevos ritmos, nuevas formas de sentir la música. Un año después, lanzan “Bilingual” en el que fusionan el particular estilo synth pop con ritmos tropicales de ésta zona del Continente. Pero la exploración no sólo se basó en la mera fórmula de fusión de estilos, en “Discoteca” (como en “Single”), amplían el horizonte idiomático y prueban con el español, un tanto retorcido, un tanto chic, un tanto precario.



Caralho Voador – Faith No More
¿Cómo definir a Faith No More? Una banda que rompe con todos los paradigmas de la música contemporánea, porque no se acomoda en ningún estilo, prueba, busca, se recompensa de nuevos aires. Todos los ritmos se sostienen gracias a la amplitud vocal de Mike Patton, definitivamente, pueden jugar con todas las variantes musicales, pueden animarse a versionar a los Bee Gees (“I Started a Joke”) y a los Commodores (“Easy like Sunday Morning”). Pueden, romper el esquema del hip-hop y volar alto con guitarras enfurecidas (“Epic”). Mike se la banca como pocos. Y aquí, ensaya unas frases en portugués, como si hiciera falta una prueba más.



La isla bonita – Madonna
Existe una figura inimputable dentro de la escena actual: Madonna Louise Veronica Ciccone. O Madonna, a secas.
¿Quién sabrá lo que se cuece en esa cocina del terror? ¿Qué títeres, payasos y bailarines de caño corren peligrosamente tras escena? Vaya a saber uno que pactos con el diablo firmó esta mujer, ¿cómo llegó hasta acá? Evidentemente, se debe a un solo factor, la relación (casi) metafísica entre figura y público. ¿Carisma? ¿Entelequia? ¿Fuerza de voluntad? ¿Catarsis? Ellos (el público) todo perdonan, se dejan atravesar por esa mística popera inigualable, omiten las manchas del repertorio, juegan el juego de la diva y el ratón sin chistar.
“La isla bonita” es uno de esos experimentos inimputables del catálogo madonniano. Madonna, estás perdonada.



El baile y el salón – Café Tacuba
Gente solitaria bailando en la pista. Se buscan con miradas lascivas, se desentienden con guiños furiosos. Todos bailan. Mientras tanto, dos se reconocen. Aprietan sus cuerpos, se agitan instintivos al calor de su danza. Oscuridad. Cuatro ojos que rebotan y dibujan un universo abstracto. Café Tacuba susurra algo en francés, el idioma del amor, dibujando cosas sobre un lienzo negro. Se separan, se desentienden. Todo vuelve a comenzar.



Lazy Lover – Brazilian Girls
Estos neoyorquinos usan de todo; una suerte de clímax festivo, mezclas compuestas de bossa nova y electrodos, fugacidad y poesía. Todo un bello arte de combinar empresas, de sumarse al espectáculo glam con una alta gama de composiciones narrativas. De esta manera, se animan a interpretar idiomas corrientes sin espanto, revitalizando la prosa y generando variados tintes a su música: castellano, francés, portugués y por supuesto, su inglés nativo. Acá, un amante perezoso, un casanova errabundo. Y Sabina Sciubba se confiesa en italiano echándole culpas, animándolo, despertándolo de su siesta emocional.

Días de radio

No existe un soporte de comunicación más fabuloso que la radio. Es, un capturador de imágenes, un soporte capaz de montar (y desmontar) figuras, crear conciencia, dar un real significado a la palabra. (Me lo susurró un profesor) la radio es el vehículo por el cual se oyen el canto de las sirenas, un pasaje entre realidad y ficción obligando al oyente a repensar los conceptos, a ubicarlo en un lugar (único) de poder.
El problema sistemático es como utilizarlo, con los debidos procedimientos, con una real convicción por las cosas que acontecen en el día a día, la radio se nutre de las vivencias de uno y son retransmitidas in vivo al receptor, quien transforma la idea y la devuelve, como en un partido de tenis infinito.
Hoy en día (y aún más que el cine, pero sobretodo, más que la televisión), la radio es el lugar donde conviven las imágenes. Porque éstas no se nos muestran con el real erotismo que debieran tener, se trata de una explicitud casi pornográfica, invariable y sobornable. En la radio, las imágenes se transmiten a través de la palabra, del canto, de los efectos y, sobretodo, del silencio. Allí permanecen impregnadas en la conciencia de sus oyentes, millones de gráficos, tantas variables como posibles receptores. Entonces, no existe ninguna imagen preconcebida, prevalece la idea de la imagen con su fuerza acometedora. Esa idea persiste cualquier embate porque es imaginada.

A partir de ahora, IMFREAKALOT hará un repaso por diez películas sobre la radio. Ese monstruoso aparato que permanece prendido en cada rincón, solitario, tenaz, acompañando el devenir de todos como un cómplice inalterable de la vida. A continuación, días de radio.

"DÍAS DE RADIO" (1987) Woody Allen

TITULO ORIGINAL: Radio Days
DIRECCIÓN: Woody Allen
GUIÓN: Woody Allen
REPARTO: Mia Farrow, Diane Wiest, Danny Aiello, Seth Green.
GÉNERO: Comedia
AÑO: 1987
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 85 minutos.



Son los años 40, la era dorada de la radio, y los peculiares miembros de una familia trabajadora de Nueva York viven con el receptor permanentemente encendido. La música, los seriales lacrimógenos, las historias de superhéroes, los concursos, las crónicas de la alta sociedad y las leyendas sobre estrellas deportivas les sirven para ser un poco menos infelices y engarzan un anecdotario nostálgico de una época irrepetible. (FILMAFFINITY)

Aquí hay un gran teatro de máscaras que cubren ilusiones, ruidos que sobrevienen de los parlantes pincelando la atmósfera, pequeños retazos de una era que ya no volverán, que se han perdido por el estúpido vórtice de la información passim. Quizás también se encuentre, aunque en un pequeño recuadro, la razón de esa relación metódica entre ser y aparato, tan vigilada por las normas de hoy, filosofada, escrita y dibujada. Pero también, aquí hay agilidad narrativa, una nostalgia plácida donde nuestro neoyorquino favorito vuelve a creer en algo: el simple dispositivo de ondas radioeléctricas que emana voces y sensaciones, como un juego, activando sonrisas, congelando el momento (el aire), salpicándolo de olor a humedad (por el pasado) y trayendo revisión.
Intentemos disimular, al menos por un rato, lo que ocurre cuando un medio de comunicación (anteayer, los diarios; ayer, la radio; hoy, la televisión) se aloja (física e intelectualmente) en el centro de la sala de una familia clase media. – Esta bien, disimulémoslo un rato – dicen los espectadores devotos de Woody Allen.
La radio es un eternizador de pequeños momentos. Un lugar ya devastado por la imagen, primero del cine, luego de la televisión. Casi paralelamente con lo que ocurre con un libro cualquiera (desde ficción a un recetario), la radio sirve para explotar la imaginación, traducir con sus formas (la voz, el silencio, la música y los efectos) el momento único, irrepetible de nuestro día a día. La radio está ahí, siempre ahí, prendida, expectante, lúcida. Es un Aleph echando raíces directas sobre nuestras neuronas: miles de imágenes, universales, traslúcidas, se aglutinan, confluyen y se dispersan en el acto mismo de narrar-radio/escuchar-radio; el éter es el espacio con más iconografía del mundo. No se rompen los sueños, casi siempre forjados de imágenes de deseo, o ilusorias, inasibles, permanecen vivos (el Vengador Invisible y su anillo, el hombre que le quita el sueño a Woody niño). Las figuras se esconden tras su voz: todo es una hermosa y gran mentira creada para que el hombre conciba a sus monstruos, a sus maquetas, a sus héroes y villanos.
Ya no volverán esos tiempos, se dice el narrador, se dice Woody Allen, nos decimos nosotros (espectadores) con las pequeñas, frágiles y temporales cosas de nuestra niñez que nos robaban horas en empresas inútiles. Por eso la imagen teñida de ese ocre humedecido, de esas canciones perdurables ad finem en nuestros oídos. Por eso ese sentimentalismo didáctico de la cinta alleniana que no se perturba y transcurre congelada en el tiempo, sin dificultades ni giros dramáticos. Todo es un pequeño retrato familiar, social, general, que constituye el tiempo, que no se percude y se mantiene sobre la repisa de la sala (ahí, donde antes estaba la radio). Y quizás lo entendamos. ¿Con qué herramienta? sino es con el arte que se abrazan los mejores (y peores) momentos de nuestra vida, para eternizarlos, para no soltarlos más.

TRAILER DE "RADIO DAYS"

"PARTES PRIVADAS" (1997) Betty Thomas

TITULO ORIGINAL: Private Parts
DIRECCIÓN: Betty Thomas
GUIÓN: Michael Kalesniko, Len Blum (Libro: Howard Stern)
REPARTO: Howard Stern, Paul Giamatti, Mary McCormack, Robin Quivers.
GÉNERO: Comedia
AÑO: 1997
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 109 minutos.



El locutor más célebre de la radio norteamericana se interpreta a sí mismo en este filme en el que relata su propia historia de ascenso a la fama. Obsesionado con el sexo, Howard Stern hace una radio viva, dinámica, irreverente, divertida y trepidante que transmite a través de su programa de entrevistas. (FILMAFFINITY)

Un personaje estadounidense: un poco soez, un poco egocéntrico, un poco irreverente; con la energía de la creencia en su empresa arrasadora, magnética, a veces infundada. De un día para el otro (por no decir, gracias elipsis, en cinco o seis años), se convierte en el locutor más escuchado de los Estados Unidos. ¿Cómo se explica un fenómeno de tamaña naturaleza? ¿Cómo llegar a obtener la atención de al menos un porcentaje considerable de la Gran Manzana, algo así como el 10% (lo cual es mucho)? Reinterpretando el mensaje que al yanqui medio le gusta oír (ya abordaremos este punto). Con esa irreverencia, un tanto estructurada, un tanto caprichosa y un poco aceptando jugar el juego de los demás; porque no se puede llegar al fondo de las consecuencias sostenido desde las sombras por el monstruo NBC; ¿irreverencia? Orson (Welles) llora desde las alturas del mito.
Se trata de la autobiografía de Howard Stern, protagonizada por Howard Stern, producida por Howard Stern, guionada por Howard Stern y dirigida por H... Betty tHomaS (¿?). El resultado es más de lo mismo: lo que el yanqui promedio quiere ver-escuchar-callar. Comedia de ágil ritmo, surcada a través de grandes elipsis de tiempo que posibilitan el crecimiento dramático, un par de buenos gags (ya la masa indomable, escuálida y torpe de HS es un gag en sí) y un buen collage de personajes, los necesarios para adornar la comedia (y retomo las palabras: “típica” norteamericana).
Entendamos la comedia “típica” norteamericana como una sucesión de hechos desafortunados para su protagonista. Hechos casuales, inevitables, externos. Aquí lo tenemos: Howard ha decidido pese a su voz chillona, a su físico imposible y a su deslumbrante torpeza ser locutor de radio; a partir de acá, las consecuencias (algo fortuitas y es por esto que la comedia queda resumida al mero gag) de sus decisiones correrán solamente por su cuenta. Pero, juzgando a la distancia, más allá de idas y venidas, no le ha ido tan mal al bueno de HS. En un par de años, logra su sueño con un somero esfuerzo (¡Oh, United States of America, Land of Dreams!), se casa con una mujer hermosa, se posiciona como el locutor más escuchado de Nueva York y hace que AC/DC toque para él en la Quinta Avenida. Irreverencia total, uff.
¿Pero cómo llegó a esto? (decíamos). Fácil (respondía), haciendo, diciendo y actuando como al yanqui promedio le gusta. Un poco de extroversión (auténtica, hay que decirlo), transgresión (todavía cuesta creer que haya convencido tan fácil a los bulldogs de la NBC) y sobretodo, mucho sexo: promoción, marketing y venta del producto sexual. No hay mejor pornografía que la venta radiofónica: no lo podemos ver ni tocar ni sentir ni oler, sólo retenemos el producto en nuestro conciente, se impregna de imágenes de deseo, lo estimamos, lo queremos hacer realidad; pero la radio sólo es el transporte, el oyente ahora está preso de una necesidad de más.
Como en una ecuación ambulante tenemos una igualdad de caracteres: Howard Stern = el pueblo de Estados Unidos; el gag es el pasaje, las sumas, restas, divisiones, potencias y raíces cuadradas, el transporte algebraico de dos partes iguales. El pueblo yanqui (no) quiere escuchar y Stern con su procacidad algo solapada se los puede ofrecer (como Stephen Colbert, Conan O´Brien, David Letterman, Jay Leno, etcétera). Un pequeño arlequín que entiende el juego, que da vueltas sobre una situación (el ser-estadounidense), la rodea, la mira con cierta atención y dedicación, pero finalmente la abraza, nunca reniega, corre tras el rebaño aforado.

TRAILER DE "PRIVATE PARTS"

"SOLOS EN LA MADRUGADA" (1978) José Luis Garci

TITULO ORIGINAL: Solos en la madrugada
DIRECCIÓN: José Luis Garci
GUIÓN: José Luis Garci, José María González Sinde.
REPARTO: José Sacristán, Fiorella Faltoyano, Emma Cohen, Germán Cobos.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1978
PAÍS: España
DURACIÓN: 102 minutos.



Un locutor de radio, del programa nocturno "Solos en la madrugada", atraviesa una crisis sentimental que, unida a su obsesión por los problemas de su generación, le hace realizar crónicas satíricas y derrotistas de la sociedad española durante los años de transición democrática española de finales de los años setenta. (FILMAFFINITY)

Cae la noche. La oscuridad se apodera de las calles y lo tiñe todo con su negro azulado. No hay ningún reflejo, todo espejismo, todo sonido que hace eco en la profundidad de los huecos, de lugares vacíos. Los edificios se enrollan, duermen la siesta oscura de la noche, se apagan las últimas luces tintineantes de sus entrañas. Ahora sí, en el interior de un cuarto también la opacidad; nada se distingue, siluetas, sombras, cuerpo humano, todo es lo mismo, transformados en invisible negritud. Un pequeño haz de luz parpadea, rojizo, llameante. Un destello que marca que todavía hay alguien despierto; y después, la voz aparece viajando kilómetros por el aire, en ondas, en frecuencias. Esa voz única y esos oídos, únicos, estarán solos en la madrugada. Retroalimentación.
La radio es el único soporte que individualiza a sus oyentes y, a su vez, los hace parte de un todo necesario; un conjunto de ideas que se mueven oscilantes. El locutor le habla a uno y ese uno le responde al locutor. Uno y otro están solos en la madrugada, vigilando el paso de las horas, robándose la existencia, un plexo hecho de arterias, nervios y ondas radioeléctricas. Uno (el locutor), el pequeño juglar, abre su voz, juega con sus discos, rompe el silencio infinito de la noche. El otro (el oyente), abre sus sentidos, se entretiene con el juego de la música, deja romper el silencio para no sentirse más solo.
La soledad del día, la compañía de la noche.
Se establece un diálogo en el silencio, una suerte de psicoanálisis preconcebido. El locutor, en su cubículo, en su pecera, navega a través de las ondas y, para no sentirse solo, abre su voz, su cabeza, su corazón. Se deja abrir ahí, en el seno de esa nada, en el inhóspito éter. El oyente incorpora esto, lo libera de prejuicios y allí, comienza la danza de confesiones. La medianoche es el escenario propicio para este tipo de intercambio de cartas. Ese código implícito, ese pacto marcado a fuego a través de la frecuencia será, definitivamente, el estanque donde se ahoguen las penas y se entremezclen las sensaciones de una generación (ésta, la inquieta generación post-franquismo).
José Luís Garci, un heterodoxo cineasta español, encabezó la nueva ola artística de la España post-franquista. Se necesita una revisión introspectiva, un mirar-hacia-dentro (como en la radio, como en la vida), para entablar una definición precisa del “donde me paro”. Como si no hubiera historias tras el derramamiento de sangre, tras la violencia (aplaudida con entusiasmo por un pueblo que apoyó durante cuarenta años la autarquía fascista), las voces acalladas, la cultura sometida, el emplazamiento de valores ecuménicos sobre la existencia y el ser-español. El literal conflicto del personaje de Garci, en “Solos en la madrugada”, es la separación matrimonial. Un paso en falso para explotar la cinta.
Sin embargo, en esas horas despiertas de calor radial, en el momento del pacto implícito, etcétera; ese reencuentro con la libertad de expresión (¿qué significa eso? se decían el uno al otro sus oyentes), con la necesidad de filosofar sobre el reencuentro con lo humano, con las sencillas cosas que nos enchufan a la materia de la vida. La maquinaria franquista les había robado el alma, transformada en objeto de feria, todo un montaje inhumano de corderos de Dios y régimen, derechitos por la senda de la vida. Trabajo, familia y Estado, todo un vómito antirebelde.

ESCENA DE "SOLOS EN LA MADRUGADA"

"RADIO ENCUBIERTA" (2009) Richard Curtis

TITULO ORIGINAL: The Boat That Rocked
DIRECCIÓN: Richard Curtis
GUIÓN: Richard Curtis
REPARTO: Philip Seymour Hoffman, Bill Nighy, Tom Sturridge, Rhys Ifans.
GÉNERO: Comedia
AÑO: 2009
PAÍS: Inglaterra
DURACIÓN: 129 minutos.


Inspirada en la revolución de la radio pirata que tuvo lugar en la Inglaterra de los años 60, la cinta nos sube a bordo de un barco pesquero anclado en medio del Mar del Norte, donde tiene su base una emisora ilegal que contagia el boom de la música rock y pop entre millones de oyentes. Alrededor de este escenario se desarrollan una serie de peripecias, conflictos y romances que están protagonizados por el propietario de Radio Rock, por sus distintos locutores y disc-jockeys y por un ministro británico. (LA BUTACA)

En fin. El barco se hunde, todos sus radioyentes salen a su rescate, gran happy end (esto es algo que no debería hacer, contar los finales, sin embargo, tómenlo como un gran favor por parte de un servidor).
Una era de designios, de nuevos vientos, el sur, el oeste, el este, el norte, todos confluyen en un solo puerto. Melodías de guitarra, de gritos descorazonados (y a la vez, esperanzados), tambores, mucha fricción sexual, mucha experimentación, alucinocracia, plegarias en batidas de palma. Ese puerto está abarrotado de trajes militares que impiden la difusión de este nuevo y extravagante ritual. El puerto, Londres. El año, 1966. El enemigo, el Estado educador/BBC. El contexto, más de 25 millones de personas cómplices de ésta locura. El protagonista, el rock. La articulación, la radio. El conflicto, la censura. Mucha producción, muchos mecenas, buen elenco (Philip Seymour Hoffman, Bill Nighy, Kenneth Branagh, Emma Thompson, Rhys Ifans, Nick Frost, Chris O´Dowd – el gran payaso de “The IT Crowd” –), un director más o menos respetable (Richard Curtis, mejor guionista que director, “Love Actually”, por ejemplo), y un tema por demás melancólico, explotable y sentimental.
El barco del rock zarpa hacia alta mar, un poco de presagio sobre su devenir caótico, las bases sólidas de las convicciones artísticas, mucha parafernalia, personajes diversos. El rock como brazo contemplativo que los abarca, los sostiene en sus proezas, los re-junta. Y ellos, primeros devotos de la utopía, lo mantienen vigilado, lo usan como instrumento de comunicación de masas, lo adaptan a sus formas, a sus simplezas, a sus dificultades, como hacen todos, como hacemos todos.
Vemos el recorrido misceláneo de sus componentes (el potpurrí exótico de personajes) que nos ubica dentro del contexto: finalmente, se trata de una comedia de caracteres donde prevalece la explotación de las características de los personajes por sobre una historia (totalmente desaprovechada). Y allí se descompone la máquina (y el barco también, casi sobre el final). En el agrupamiento taxativo de situaciones que transcurren día a día, o mes a mes, como un diario de bitácora, y la historia entre rufianes (el Estado reencarnado por una figura caricaturesca de un ministro goebbelsiano, el títere BBC) queda reducido a la mera anécdota, a un artilugio narrativo que sirve únicamente como sostén de una historia que, vuelvo a repetir, está desaprovechada.
Por alguna hendija de la cinta se escurren los restos de aquella época, una suerte librada al azar de militancia roquera (pose y situación), con el estandarte “sexo, drogas y rock and roll” como hemisferio que lo regula todo. Por otras, aparecen los lazos fraternales que unen a sus personajes, las disputas de poder, el cuadro de honor de la emisora, la protección paternalista de Quentin (el personaje del experimentado Bill Nighy). Sin embargo, todo confluye en lo mismo, el derroche incesante de situaciones vacuas, el desfile por las galerías variopintas de sus personajes.
Quiero contradecir a Neil Young. Alguna vez, éste mito de la prosa dijo: “hey hey, my my, rock´n roll never die”. Claro, cuando todo era experimentación y rito pagano. Cuando parecía que la fuerza juvenil iba a prevalecer ante el poder, esta utopía parecía posible. Pero las canas, el cansancio y el mal humor siempre llega; el rock ha envejecido y lo han puesto ha prueba. Tentado, ha sido servido en bandeja ante los sabuesos cinematográficos que han hecho del rock una melancólica y simpática postal de una época.

TRAILER DE "THE BOAT THAT ROCKED"

"SÚBAN EL VOLÚMEN" (1990) Allan Moyle

TITULO ORIGINAL: Pump up the Volume
DIRECCIÓN: Allan Moyle
GUIÓN: Allan Moyle
REPARTO: Christian Slater, Samantha Mathis, Scott Paulin, Ellen Greene.
GÉNERO: Drama
AÑO: 1990
PAÍS: Estados Unidos
DURACIÓN: 102 minutos.


Mark es un joven y tímido joven neoyorquino que, al trasladarse su familia de su ciudad natal a Arizona, no logra adaptarse a las conservadoras reglas del colegio local, y decide montar sin el conocimiento de nadie una radio nocturna pirata. Con el micrófono como arma, el joven comienza a ejercer una influencia en los estudiantes, a los que incita a la rebeldía. (FILMAFFINITY)

Todo el mundo sabe lo que se cuece en las aulas. Todos saben que al final, siempre ganan los malos. Todos saben que todo esto estaba arreglado y que nada podrá ser solucionado. Se escucha a Leonard Cohen atravesar los parlantes con su voz sepulcral, reptar como un lagarto en celo para comerse los gusanos biselados sobre la mesa. Una postal mundana, sucia, podrida del contexto adolescente. Confusión, equivocación, autopraxia, calamidad. Una voz rompe el silencio de la noche: son las 10 PM en punto y un joven recita el manifiesto de la generación X. Cuando todo está acabado, cuando ya no hay santos ni villanos por quien luchar; los jóvenes viven alienados, internados en su cápsula de cromo, presos de las decisiones paternalistas, auto-enjuiciados por su situación existencial. Se refugian en sus cuartos, la barraca perfecta para combatir el sonambulismo intelectual, y escuchan a Hard Harry (y se escuchan a sí mismo), en una nueva alianza: arrojan sus desechos al pozo de la vergüenza, se lamentan de no haberlo hecho antes y juran venganza contra el poder.
Y así, como un virus que se extiende rápidamente, esa voz que una vez fue tímida y luego, procaz, se convierte en el representante de la juventud. Quizás, tan sólo, ellos necesitaban una excusa, un despertar de sus neuronas para ver las injusticias. Quizás, necesitaban abanicarse con algo más que buenas intenciones y salir a combatir, a armarse con uñas, dientes y cerebro.
La tremenda magnitud de los medios de comunicación es puesta en relieve en esta cinta, el insobornable espacio de crear conciencia (o desmontarla como fichas de un tablero). Un lugar perverso donde se miden las pijas de la hipocresía, donde se subastan las ideas y se enajena. Lo cierto es que, al girar los dados, al volverlo reversible, las cosas parecen más plácidas, más humanas. Ese grito primal acallado por el poder (la escuela, los padres, el Estado) se altera invariablemente, se vuelve todo una bola de euforia, se hace justicia por mano propia, se resume a una anécdota combativa y significante.
Pero, ¿qué decir de todo esto? Sabiendo que es ficción, que las cosas no se pueden rebatir, que en verdad, es el poder el dueño de la comunicación, del mensaje y por tanto, de las acciones de sus espectadores/oyentes/televidentes/lectores. Yo digo, actuar de la misma forma. Saber que todo eso es una gran mentira, un mensaje simulado por el cual algunos pocos acceden al sobreentendimiento de las cosas. Salir a combatir todo ese espeluznante teatro de marionetas que juega día a día, noche a noche, infierno tras infierno, con el tiempo ocioso de la gente.
En resumen, “Pump up the Volume” es una buena película: un instrumento de lectura que no tiene fecha de vencimiento, que se puede revisar miles de veces y su mensaje no va a variar, porque, siempre habrá voces reprimidas, jóvenes sufriendo por su condición minimizada, hijos de cualquiera castigados, violencia escolar, suburbios deprimentes y voces que renacen de las alcantarillas para mostrarnos el camino. Como dice Leonard Cohen, todos saben que el capitán miente.

TRAILER DE "PUMP UP THE VOLUME"

5 (nueva sección)

5 momentos no son tantos para enmarcar una determinada fotografía sacada en un preciso momento. Pueden parecer pocos cuando se ilustra un determinado movimiento, pueden saber a nada cuando, impredeciblemente, se busque radiografiar el comportamiento interior de una maquinaria puesta a disposición de la historia para su posterior análisis. ¿Por qué cinco y no más? ¿Por qué cinco y no menos? Sólo cinco canciones que grafican la idea. Cinco es un buen número, la mitad del diez categórico, un poco más de amplitud de margen al podio triunfalista. Cinco es un buen número, generoso. Y esta sección, a partir de ahora, 5, es el receptáculo gráfico de un ejercicio constante que IMFREAKALOT realiza para agilizar sus neuronas y que no se adormilen en el vacío de la rutina.
Este ejercicio (ya vicio) empezó cuando transitaba los pasillos con cuatro compañeros de la facultad. Matando las horas, durmiendo las siestas de cigarrillos, cafeína, cine y música. Las horas largas de esperas, el aburrimiento metafísico de-entre la urgencia y el rechazo al estudio; saciábamos el hambre de esos prolongados recreos con el ejercicio de repetir canciones (también lo hacíamos con películas), agruparlas, clasificarlas, ubicarlas dentro de un contexto general de ideas. Nada tenía explicación, se unían por concordancia, por aliteración de mensajes. Lo descubrimos más tarde: ese ejercicio era universal (sino, miren “Alta Fidelidad” de Stephen Frears). Quizás una manía dialéctica de pequeños-realizadores inquietos de imágenes y audio: a cada imagen del universo le corresponde su específica banda de sonido.
Por eso, esta nueva sección tiene como objetivo primario esbozar una idea, cualquiera, y a partir de allí, colocarle sus determinadas bandas de sonido y su posterior imagen-imaginada.

5 CANCIONES SOBRE EL CIGARRILLO

Una llama rojiza en la punta, iridiscente, ilumina las dos octavas partes de una habitación a oscuras. Luego, la danza articulada, zigzagueante, azulina de su humo, el olor a madera y náusea. Se consumen sus brazas, chilla el tabaco. Se asesina un cigarrillo aplastándolo terminantemente contra el cenicero, todo se oscurece. Aquel compañero de la noche vigía, que alimenta la espera y la retuerce, que acompaña los pensamientos, las ideas y las broncas del trabajo a medio hacer. Aquel que colma con sus olores los rincones de una habitación (ya) en llamas por el correr meridiano de las horas.
En cada pitada, el corazón bombea tremolo su agitada marcha, se comprime el cerebro, la respiración se apaga lentamente. Uno lo detesta pero lo acaricia entre sus dedos cada vez que necesita el recreo, el quiebre. El cigarrillo es asco y pasión, muerte y melancolía, toxicidad y deseo. Miles de colillas achicharradas en los ceniceros de Cortázar o Wilde, de Morrison, Barret o Morrissey. Testigos de la locura, el espanto y el frenesí creativo; acompañantes de la noche en vela, del ungimiento de obras, de manifiestos, de canciones con olor a nicotina.

Cigarette Smoker Fiona – Arctic Monkeys
Y luego la explosión. Jóvenes rebeldes, un cigarrillo entre el índice y el mediano, se consume, condensa el aire y no se puede ocultar su olor. Un retrato, como tantos otros de los Arctic Monkeys, de la juventud británica, mezcla de confusión y asco, de progreso y comodidad (¡gracias padre de la industria!) y escape del aburrimiento a la nada (existencialismo de café... y cigarrillos). Jóvenes que van y vienen en un cuadro de la decadencia juvenil por perseguir ideales.



Have a Cigar – Foo Fighters (versionando a Pink Floyd)
Observad el mundo de la industria discográfica, pervertido, ilusorio y, posiblemente, asesino. Tomad un cigarro y vedlo hacer de nuestras obras de arte un despilfarro de luces de colores, de espectaculares vistas panorámicas, de estruendosos sonidos pirotécnicos. Pink Floyd en la voz afónica de Grohl.



Smelling Cigarettes – The Fiery Furnaces
Un caótico retrato posmoderno a través de una melodía agradable que se hace eco en el piano de los Fiery Furnaces. Aromático (o ¿apestoso?) humo de cigarrillo se escapa por la ventana de una habitación, el refugio de un hombre cualquiera (quizás vos, pero seguramente yo). Sin empleo, sin mujer, la vida apesta. Sólo el convite de un cigarrillo frente a la ventana, momento solaz.



Smokers Outside the Hospital Doors – Editors
¿No hay imágenes más tristes que fumadores en la puerta de los hospitales? Reza el estribillo y lo pienso, lo retengo tanto como puedo establecer esa imagen en mi cabeza. La espera, el consuelo, la esperanza, mantenerse ocupado el breve tiempo entre pitada y pitada, esperando una respuesta. Puedo introducir mis pensamientos en las cabezas de aquellos, todo blanco o, imágenes que pasan aceleradamente, revisando como en un videoclip los momentos de alegría.




Cigarettes and Chocolate Milk – Rufus Wainwright

Algo que nos daña, pero que estamos tentados de hacerlo todas las veces posibles. Concientes del daño nos disponemos a realizarlo, porque allí está la base del ser humano: somos autodestructivos. Inocentemente, el pálido Rufus nos cuenta las cosas que le gustan y que sabe, le hacen mal, un poquito (a little bit).