La Muerte de Peter Pan



El dueño del baile eléctrico, el que flotaba entre los humos y las luces desafiando a la gravedad: nos ha dejado. Michael Jackson ha muerto. Víctima de un paro cardíaco que estalló por una serie de problemas e insuficiencias fisiológicas que estallaron luego de una vida de excesos. Sobretodo, en el final de su carrera, con su obsesión esteticohológica que lo llevó a retocar su nariz hasta la inminente amputación de su rostro. Dueño de un sector privilegiado dentro de las páginas amarillas de todos los tabloides, de las cadenas de noticias por un dudoso y todavía incomprobable perfil paidofílico (sabemos que la justicia se equivoca, y mucho). Ha muerto ese Michael Jackson, el hombre.

Pero ha permanecido el genio, el innovador. Su música, su pasión y su canto, bailes incluidos. El hombre detrás de un suceso marketinero incomparable, el mismo que todavía ostenta: ser el único músico en vender la mayor cantidad de discos en la historia de la música comercial. Máquina de éxitos, de innovaciones musicales, primero, audiovisuales después. Sus videos son pequeñas piezas de un rompecabezas que reconstruyen un mito, fragmentos de un largometraje apoteótico. Te
ndencias que recorrieron el mundo escoltando su fortaleza musical, indiscutible; más allá que para los melómanos y/o estudiosos de la materia la rebajen a un estado pueril de discoteca, de cadena de FM o divertimento sabatino.

Lo cierto es que Michael Jackson reinventó la música primitiva de su país, la resignificó y la dotó de nuevos instrumentos, tecnologías y variaciones rítmicas. El eslabón perdido del soul que se moría en los discos de vinilo tras gigantes artistas como Nelson Pickett, Ottis Redding o Marvin Gaye. Es, trazando un paralelismo caprichoso, una suerte de Soledad Pastorutti del capitalismo
(Coca Cola y Nike de por medio, claro). Reavivó las llamas de su cultura, de su raza negra. Más allá de la discusión post operación para cambiar de color de piel, seguramente aburrido de tener tanto dinero o de alguna droga psicotrópica que le pegó mal.

Queda el símbolo, sus discos, su voz tenue y su caminata lunar.


MICHAEL JACKSON (29 de Agosto de 1958 – 25 de Junio de 2
009)

Su música para la posteridad:




Dossier Stanley Kubrick

Magnético, ambicioso, desafiante, horripilante, sucio, pervertido, genio, en cuantiosas sumas que resultan fulgurantes, explosivas, animosas. Se puede uno sentir realizado al explora el mundo de Kubrick. Verse indefenso ante tan inmenso imperio construido con ideas mágicas, con mundos que se desvisten exhortando a quien se atreva a explorarse, a ungir en sus vísceras lo que representa en este cosmos. Analíticamente es quien hace y deshace ideas, quien propone una charla didáctica con los espectadores (ya fanáticos) de su cine. Expresadas de manera ambivalente, con retazos de un lugar en plena construcción. La narrativa, intrincada, inconsciente, la lleva por caminos que son difíciles de llegar si se toma la vía fácil. Uno queda con la impresión visual, con todo lo que aporta su estética única. No. Kubick ha indagado, a lo largo de su carrera cinematográfica, desandando caminos trazados por las leyes naturales, otorgándole otra capacidad de significación. Otra materia para estudiar y replantearse que detrás del universo que vivimos se esconde otro: oscuro, triste, salvaje, primitivo, reverso.
Stanley Kubrick, con tal fe en si mismo, pudo ser sutilmente violento, pudo también, desmitificar el proceso de análisis filosófico para la casta intelectual; sirviéndole en bandeja a quienes gusten de pasar a encontrarse consigo mismo, a ese pueblo que permanece vulnerable entre el pensamiento roto de una atmosfera que lo engulle por la superficialidad. Replanteó los problemas de una sociedad posmoderna en plena agonía, trazando nuevos límites morales entre lo supuesto bien y lo supuesto mal. Les besó la boca a las niñas, violó a las cuarentonas, mató niños, buceó por los mares incorrectos del imperio; ¿para qué? Para decirnos: “Esto somos, esto es lo que hacemos”.
Stanley Kubrick es un luchador. Es la analogía de su primer película como realizador: “Day of the Fight”. Esa lucha interna por dejar un legado, una marca indeleble en la conciencia popular: Su reflexión sobre el hombre moderno en la pelea constante con su entorno, ya sea físico, psicológico, social o metafísico.

Obsesivo, metódico, pasional, introvertido. Stanley Kubrick nació en el Bronx, Nueva York, el 26 de junio de 1928, en el seno de una familia de clase media-alta de orígenes judíos. Su principal atracción, en tiempos movidos para la raza humana era la fotografía. Motivación y detonador de su futuro. De esta manera, a muy corta edad fue contratado por la revista Look, donde hizo reportajes fotográficos a varias estrellas del momento y le otorgó gran reputación profesional. Tiempo después, empezó a interesarse por el cine. Es así que un conocido productor se le acercó y le propuso rodar lo que sería su primer film, “Day of the fight”. Un cortometraje de 13 minutos, en base a sus fotografías en el que retrata la vida del boxeador Walter Cartier.
Esta primera película le daría un pequeño respaldo económico para darle vida a su segundo cortometraje: “Flying Padre”. En el que cuenta las andanzas de un cura que viajaba en avioneta a través del estado de Nuevo México.
Luego de renunciar a su trabajo en Look, Kubrick abocado de lleno a la industria cinematográfica rodaría su último cortometraje en 1953: “The Seaferers”. El primer trabajo en color del director en el que abarcaría, con pequeños trazos lo que sería su pensamiento intelectual sobre la condición humana en el siglo XX. La vida de los trabajadores a bordo de los barcos de comercio.
Gracias a préstamos familiares, logró recaudar 13 mil dólares y con esto, puso en marcha su carrera como director de largometrajes. Su primera expedición fue: “Fear and Desire”, la historia de un pelotón que lucha en una tierra sin nombre.
Antes de dar a conocer su nombre entre los más aclamados de la industria cinematográfica, Stanley Kubrick, siempre reacio al contacto con la prensa, concedía una entrevista en la que expresaba su gran admiración al cine de Max Ophüls y Sergei Eisenstein. El primero por su gran tratamiento de cámara, y el segundo, por su extensiva técnica de montaje.
Obsesivo melómano, algo que denotaría a lo largo de su carrera por la inclusión de piezas musicales como parte fundamental de montaje cinematográfico, tocó la batería en una banda de jazz. Además, ferviente jugador de ajedrez.

AQUÍ LOS DEJAMOS CON LA 2DA PARTE DE ESTE DOSSIER.

DR. STRANGELOVE OR: HOW I LEARNED TO STOP WORRYING AND LOVE THE BOMB (1964)

Género: Comedia
Reparto: Peter Sellers, George C. Scott, Sterling Hayden, Keenan Wynn.
Guión: Stanley Kubrick y Terry Southern (Novela: “Red Alert” de Peter George)
Producción: Ken Adam
Música: Laurie Johnson
Fotografía: Gilbert Taylor

Un escuadrón de B-52 es enviado a realizar un ataque nuclear sobre Rusia. El responsable es el General Jack Ripper, que se ha vuelto loco y sospecha que los comunistas han comenzado silenciosamente una invasión, comenzando por contaminar los "fluidos vitales". El Capitán de la Fuerza Aérea Británica, Lionel Mandrake, que se encuentra en pasantía en la base, comienza a espantarse de los razonamientos del General, e intenta por todos los medios obtener el código para anular el ataque. Pero la base es prontamente sitiada y, ante la inminencia de la rendición, Ripper se suicida. Mientras, en Washington, el presidente de EEUU Mirkin Muffley advierte a los rusos sobre el ataque imparable, mientras lidia con sus generales, que ven en el incidente la oportunidad para lanzar un ataque demoledor sobre la Unión Soviética.

El recurrente caso del poder por poder. La simulación histriónica de una cuestión fálica que se debate en la cabeza de los enajenados, de los hombres que amplían sus límites (geográficos) por un capricho obsesivo. El tema central de “Dr. Strangelove” no es más que la suma de todas las partes de una sociedad que se redime entre el miedo, la inoperancia, la insatisfacción, el hastío. Otra vez, Kubrick imprime en el palimpsesto fílmico su idea sobre la guerra, sobre el poder y sobre quien lo controla. La irracionalidad como método de supervivencia, de proyección hacia las consecuencias terribles, sin importar los resultados, las víctimas, los pueblos en llamas, el cáncer, las malformaciones, el olor putrefacto del muerto desenterrado.
Recurriendo a un genial Peter Sellers quien encarna a tres personajes a la vez, pone al descubierto la ineficacia humana y las consecuencias reinantes que se relegan a quienes sin tener demasiado que ver, pagan por ellos. Llena de simbolismos típicos de la comedia negra, Kubrick muestra al degenerado fascista que impone órdenes en beneficio de sus propios intereses, desnudando su inutilidad. Como ya nos había mostrado en “Paths of Glory”, el ser humano que impone poder y política de miedo, es el que más se equivoca. Preso de su propio discurso se vuelve suicida o, mejor dicho, vuelve suicida a su pueblo, saliendo ileso.
Esta vez, Stanley Kubrick desenmascara las políticas exteriores (y de expansión, imperialistas) norteamericanas en plena guerra fría, traduciendo en obsesión lo que su pueblo teme y se avecina como el terror: el comunismo. Él redobla la apuesta y atomiza, con sutil simbolismo, a los líderes en quienes ese mismo pueblo otorga confianza.
Otra vez, el tema de la moral intelectual recurrente en el realizador. Nuevamente pone en el tapete la invisible división entre el bien y el mal, actuando esta vez, como un medio de desmitificación del supuesto enemigo. Y es excusa para hacer una crítica concienzuda de lo que representa el concepto (ya no el objeto): Bomba atómica. El medio para pensar, la prueba tangible de un terror latente, de una bomba de tiempo con que se mantiene sosegada (y así callada) a la nación.

ANECDOTARIO
En un principio la película iba a terminar con una pelea de tartas entre todos los que estaban en la sala de guerra, y finalmente con el presidente (Peter Sellers) y el embajador de Rusia (Peter Bull) jugando a dar palmas. Este final se eliminó por estimarse poco necesario.


2001: A SPACE ODYSSEY (1968)

Género: Ciencia Ficción
Reparto: Keir Dullea, Gary Lockwood, William Sylvester, Daniel Ritcher.
Guión: Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke (Novela: Arthur C. Clarke “El Centinela”).
Producción: Stanley Kubrick
Música: Gyorgy Ligeti, Richard Strauss, Johann Strauss Jr.
Fotografía: Geoffrey Unsworth, John Alcott.

La historia de la humanidad, en diversos estadios del pasado y del futuro, es narrada en la película de ciencia-ficción de culto por excelencia de la historia del cine. Hace millones de años, en los albores del nacimiento del homo sapiens, unos simios descubren un monolito que les lleva a un estadio de inteligencia superior. Otro monolito vuelve a aparecer, millones de años después, enterrado en la luna, lo que provoca el interés de los científicos humanos. Por último, HAL 9000, una máquina de inteligencia artificial, es la encargada de todos los sistemas de una nave espacial tripulada durante una misión de la NASA.

Representar la historia del mundo en imágenes puede resultar un hecho, que de por sí, resulta arriesgado, disciplinante y ostensiblemente ambicioso. Caer en la cuenta de que se llega a un resultado inconcluso e incluso asfixiante, puede promover al despliegue inusitado de mentiras transmitidas en la pantalla. Si lo transportamos a través de la visión filosófica y creadora de Stanley Kubrick puede llegar a ser un experimento para nada desdeñable. Probablemente la traducción en imágenes que parten de una premisa existencial, con demarcada obsesión por la perfección, la arbitrariedad de las mismas resulta acertada. Donde la preponderancia de planos rayanos con la espectacularidad adopta una concordancia con lo que narrativamente se está contando.
2001: Una Odisea en el Espacio, es quizás el más ambicioso proyecto de Kubrick que, partiendo de la teoría expresada por Nietzsche en “Así Hablo Zaratustra”, donde pone en manifiesto la explicación evolutiva del ser humano en un tercer estadio: el superhombre, ejemplificada en la evolución vital del hombre en donde se ve a sí mismo morir y renacer. En plena concordancia con el tema, las imágenes van propiciando una visión lejana, objetiva, que se pone de manifiesto con la espectacularidad de extensos y prolongados planos que, de manera sistemática, se van suscitando para brindarnos una revisión de esta teoría. Los ejes principales: la mecanización, el cíclico movimiento de la raza humana. Es, en verdad, una exposición del hombre en su instinto más visceral, se muestra indeciso, en un universo que hasta ese momento le es ajeno. La creación de la máquina HAL9000, pone en manifiesto esa superación del hombre donde es capaz de crear un sofisticado mecanismo que es incluso, más inteligente que él. Pero a su vez, es una extensa y realista crítica hacia el descubrimiento del ser, que sin haberlo pensado creo un aparato de autoflagelo.
En esa obstinada noción de Kubrick por brindarnos una historia de filosófica trama, de verdadero reconocimiento introspectivo, queda para el debate lo acertado de su proyección. ¿Es, en verdad, inherente a la historia las formas que el director eligió para contarla? Cabe aclarar, que no es precisamente, una típica producción del cine industrial, donde cada escena cuenta una pequeña historia y el resultado de esa concatenación es el film. No. Stanley Kubrick opta por pergeñar una manera distinta de abordar el tema. Introduciéndonos en ese lejano hospicio, haciéndonos parte de las costumbres, los hábitos y las manías de los dos astronautas durante el largo periplo. Es, la forma más primitiva de mostrarnos una idea, y es, en donde juega un papel preponderante hacia donde nos quiere conducir. Hacia la ya citada cíclica vida humana, la rutina, el hastío, el infinito circulo. Es por esto, que opta por ofrecernos planos extensos donde sólo se puede apreciar el ir y venir de un personaje, encerrado en una máquina. Y es también, porque prefiere que la nave espacial sea de forma circular.
Volviendo a la idea, primitiva por cierto, de poder contar la historia de la humanidad en algo más de 140 minutos. Kubrick pone de manifiesto su capacidad creadora en una escena significativa para la historia del cine. Utilizando una elipsis narrativa, pone de manifiesto una historia entera de humanidad: un antropoide lanza un hueso al aire que se convierte en una nave espacial que viaja a través del espacio. Enmarcada a través de la música de Gyorgy Ligeti.
Y, en este punto me quiero detener. Esta inclusión no es para nada azarosa. Es la concordancia de la idea que prevalece, incluso sobre el film mismo. Utilizando el tema de Strauss “Thus Spoke Zaratustra”, interpretada por Ligeti, es paralelamente la idea plasmada sonoramente hablando.

ANECDOTARIO
Se dice, se sabe, se comenta que “2001…” es la película de Ciencia Ficción que más respeta las leyes científicas de la física. Kubrick, obsesivo, no quiso dejar al margen ningún detalle, es por esto que puso un cuidado intensivo en las escenas que requerían una teoría racional. Igualmente, como siempre, salieron los defensores más acérrimos de la física nuclear a destacar varios errores en la película.

Dato IMFREAKALOT

Es inminente tener consciencia de lo que se está viendo, la lectura pasiva de la película puede llevar al aburrimiento, al no entendimiento o al repudio. Este es un tratado científico, postulado por un director de cine (con todos los errores que eso conlleva) sobre la naturaleza humana. Requiere atención, doble perspectiva e intromisión, curiosidad, sensatez y, sobretodo, paciencia.


A CLOCKWORK ORANGE (1971)

Género: ¿Cómo catalogarla? Imdb dice: Crime-Thriller.
Reparto: Malcolm McDowell, Patrick Magee, Miriam Karlin, James Marcus.
Guión: Stanley Kubrick (Novela: Anthony Burgess)
Producción: Stanley Kubrick.
Música: Ludwig van Beethoven (Wendy Carlos, supervisión)
Fotografía: John Alcott

Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex (Malcolm McDowell) es un joven hiperagresivo con dos pasiones: la ultraviolencia y Beethoven. Al frente de su banda, los drugos, los jóvenes descargan sus instintos más violentos pegando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el crimen, Alex es detenido y, en prisión, se someterá voluntariamente a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.


Se puede ser violento reprimiendo ese instinto. Mostrándolo con sutiles líneas. Encuadres lentos que rozan la verosimilitud y la aproximación a ese mundo, donde una vez inmersos nos provoca en todos los sentidos, diferentes visiones de una sofocante pronunciación.
Está claro que la violencia engendra violencia, que es un acto de repudiable manifestación. Pero la vida se expone ante un agravante sistema que lucha por sacar a la luz lo mejor de él, pugnando por las personas que acatan esos parámetros, que no se esfuerzan por una superación más instintiva. Es allí, cuando aparecen en todo su esplendor los marginados, marginales por un sistema que corrompe al apto y castiga al no merecedor. En estas circunstancias, el hombre que reprime sus actos más primitivos, animales, se vuelve preso de un sistema que lo conduce al fracaso emocional, corrompiéndolo y haciendo de él, un explosivo cóctel de furia. Y, vaya paradoja, el hombre no atenta contra el propio sistema sino que se vuelve arma visible, adoptándolo para ajusticiar al inocente crápula que fagocita el diario, el café, la rutina, con la misma cara de desavisado.
Si 2001: Una Odisea en el Espacio era el fundamento filosófico por el cual el hombre es creador y destructor de su propia especie. Arma de doble filo. En La Naranja Mecánica, Kubrick ensaya con obstinada persistencia su visión acerca de las sociedades modernas. Adaptando el best-seller de Anthony Burgess, demuestra que el producto fílmico puede escaparse de parámetros establecidos, incluso cuando se adapta otra obra de resonada expresión. Y no se encarama con mostrar la violencia con el fin de provocar, de enunciar un final estrepitoso; sino, lo imprime con una sutil demostración, haciendo valer los contrastes, la expresión marcada por lo inherente de lo representado. Se aleja de manera tal, que no muestra un parecer, se escuda en imágenes que hablan por si solas.
Una violación, puede ser la expresión y el signo más crudo de violencia. Se puede ser un realista a raja tabla como lo ha mostrado Gaspar Noé en Irreversible, esperando que las imágenes proyectadas ya de por sí logren desagrado, aversión, sofocación, repudio. En esa escena, se muestra crudamente los siete minutos del acto entre violador y víctima, con una cámara testigo, en plano entero. Kubrick, sin embargo, promueve otra visión estética. Poniendo sobre el tapete todos los elementos del film, e incluso, los externos, que cobran vida en una escena que parece sumirse a una idea de aceptación por lo registrado. A la violación, la tiñe de matices que despiertan en el espectador otro nivel de significancia: más reflexivo, más comprometedor. Y gracias a esta mirada más analítica de la violencia. No como aparato irracional sino como una consecuencia, le imprime a todas las escenas donde Alex (Malcom MacDowell) y sus drugos (amigos/secuaces/etc.) ejercen violencia como aparato subversivo.
Dotada de elementos funcionales, Kubrick opta por llevar a las escenas de La Naranja Mecánica hacia un nivel estético excelso. Los ejemplos abundan y remiten a ese juego de contrastes en donde nos inserta el realizador. La puesta estética en la cual, Alex y sus drugos pelean con una pandilla rival en un viejo teatro londinense, propio de la estética victoriana, aquí, Kubrick decide encuadrar a todos los actuantes en una gran plano general, cargándolo de un extraño dramatismo. Optando por situar a los espectadores en personajes testigos que podrían estar viendo eso desde la pantalla de un noticioso o apostados tras bambalinas. Esa lejanía promueve reflexión. Y vuelvo a comparar este ejemplo con Irreversible de Gaspar Noé. En esta película, se suscita una escena de extrema crudeza, donde un hombre golpea con un matafuego la cabeza de otro. Allí, el director opta por un plano cerrado, cercano a la víctima, donde se puede apreciar como se va desmembrando su cráneo. En contrapunto, Kubrick exime al espectador de cualquier contusión emocional y lo coloca lejano, omnisciente, participe analítico.
En esta película, se suscita una escena de extrema crudeza, donde un hombre golpea con un matafuego la cabeza de otro. Allí, el director opta por un plano cerrado, cercano a la víctima, donde se puede apreciar como se va desmembrando su cráneo. En contrapunto, Kubrick exime al espectador de cualquier contusión emocional y lo coloca lejano, omnisciente, participe analítico.
Otro de los ejemplos para nada caprichoso que explican el mundo de Kubrick es, la escena donde Alex ajusticia a uno de sus secuaces, que, tras los vaivenes emocionales de este, quiere tomar el control de la banda. Alex, reafirma su liderazgo apuñalándolo y tirándolo al Támesis, con “ralentí” o cámara lenta, bajo la estentórea música de Beethoven. No es simplemente una manera de “mostrar” un hecho en particular, sino, la voracidad con que se lleva a cabo se logra de manera contrastante como si fuera un ballet, una sutil expresión donde dos cuerpos danzan una música asesina y bajo este lema, fútil o no, el realizador propone una mirada sarcástica de los hechos consumados. Y es una escena paradigmática, que no recae simplemente en “mostrar” un hecho de violencia embellecido. Sino, que para el carácter de la película y sobre todo, del devenir de la narración, en un hecho paradigmático. Porque a partir de ese momento, el personaje principal de Alex entra en un estado de paranoia y como consecuencia, su mundo comienza a derrumbarse. Por eso, Kubrick opta por acentuar esta escena, extendiéndola y apoyada en una cortina musical que resulta ser banda sonora al mismo tiempo, de la vida de Alex.
Los ejemplos abundan, los contrastes, las metáforas y metonimias son participes en un film que excluye cualquier profusión visceral. La danza mortal que Alex ejerce previo a la sodomización de la señora Gato en su habitación, donde se puede ver con denotada clarividencia un falo gigante y dos bustos de Beethoven por cada lado, en clara alusión a su virilidad, ufanándose de ser alguien poderoso, manipulador e inmortal. Paradójicamente, esta acción, deviene en su posterior caída física y emocional.
Por último, otro de los ejemplos es la clara alusión a los pasajes bíblicos. Alex, un ser escéptico, se muestra perecedero, voluble a los mandamientos religiosos y a la pompa eclesiástica. Es por eso, que todo accionar lleva a un arrepentimiento subconsciente en el que desfilan por su cabeza oníricas imágenes de momentos bíblicos. Esta decisión de Kubrick, también agnóstico, de construir su relato en donde Alex imagina inocentemente y casi burlón, un ajusticiamiento final, divino. Es allí, en donde sus valores se ponen en juego, haciendo derrotar su conciencia, temiendo por su destino.
Cabe subrayar, el papel preponderante que adopta la música en toda la obra de Kubrick y en La Naranja Mecánica no hace una excepción. Amante de la música clásica y el jazz, el realizador pone de manifiesto esta cultura casi mitológica de Beethoven como un promotor de los actos injuriosos y violentos del protagonista. De Beethoven se alimenta para profanar a los débiles. Quizás por que la música es la parte adoptiva y el único elemento, al margen de la violencia, que conmueve a Alex: personaje chato, vacío de sentimientos. Y es también, por el romanticismo exacerbado que denota su obra. Las estridentes y sonoras notas del músico son elementos constitutivos, que originan en Alex, una suerte de recarga de poder. Kubrick lo pone en escena, como una música de extrema violencia, como el germen de algo declaradamente subversivo, violento, reaccionario.
Enmarcado bajo un mundo distópico, futurista. Esta obra magna de Stanley Kubrick refleja la sociedad en la cual vivimos. Nosotros somos los violentos, quienes despojamos a la marginalidad al no apto, somos ley y justicia del victimario. En palabras del mismo director: "El hombre debe poder decidir sobre el bien y el mal, incluso si opta por el mal. Negarle esa elección es convertirlo en algo que no llega a ser humano... en una naranja mecánica"1.

1 Entrevista realizada por la revista de la AFI (American Film Institute) en 1973.

ANECDOTARIO
Nadsat:
Anthony Burgess, inspirado en la obra de James Joyce, tomó de éste la solución de inventar un nuevo lenguaje insertando palabras de otros idiomas.
El autor utilizó este recurso -la creación de una jerga adolescente- para hacer atemporal la obra, ya que de otro modo el paso del tiempo hubiera revelado en la sintaxis y vocabulario un libro no actual. De este modo, al crear una forma artificial para narrar el argumento, éste lenguaje actuaría con un efecto antienvejecimiento que permitiría su lectura fluida pese al paso del tiempo. Stanley utilizó un 40 por ciento del Nadsat en su película.

Dato IMFREAKALOT

Se comenta, que Kubrick, para la escena de la orgía acelerada en el cuarto de Alex, intentó contratar a Pink Floyd para que versionen su canción “Atom Heart Mother”. Pero el pacto no se concretó. Uh.


BARRY LYNDON (1975)

Género: Drama
Reparto: Ryan O´Neal, Marisa Berenson, Patrick Magee, Hardy Krüger.
Guión: Stanley Kubrick (Novela: William Makepeace Thackeray)
Producción: Jan Harlan, Stanley Kubrick, Bernard Williams.
Música: Leonard Rosenman, The Chieftains (música popular irlandesa)
Fotografía: John Alcott

Redmond Barry es un joven irlandés, decidido a convertirse en un hombre rico e importante. Se alista en el ejército británico y participa en la Guerra de los Siete Años en el continente europeo. Pronto deserta y se pasa al ejército prusiano, donde le convierten en espía. Después conoce a un caballero que se dedica al juego, y que le enseña el arte de las cartas. Barry usa todas las estratagemas y mentiras para subir en la escala social y se casa con Lady Lyndon, una rica condesa. Adopta ese nombre y como Barry Lyndon se establece en Inglaterra, siendo un hombre rico e influyente. Sin embargo, con el tiempo su fortuna cambiará, por el intentar poseer un título de nobleza, que su esposa tiene.

La caótica vida llevada a extremos de placer, de redundancia, de suntuosidad. Es tiempo de hacer una revisión más antropológica de nuestro problema como sociedad y Kubrick no elige situarla en el corazón de nuestros tiempos, no. Nos lleva a un mundo ajeno, perdido en el letargo de las horas. Una civilización que consume sus días en lo aparente, en la capa superficial de su conciencia. Es, paralelamente, una constante analogía con los tiempos que corren (desde ese lejano 1975 hasta hoy). “Barry Lyndon” se centra en la historia de un personaje, de homónimo nombre, que desde un lugar humilde, relegado, se inserta en la capa social más pudiente de la sociedad del Siglo XVIII. A partir de allí, Kubrick lo utiliza como pretexto para mostrar lo inocuo de los sentimientos, el vacío intelectual que produce el entretenimiento no como método de esparcimiento sino, como tortura, como único procedimiento de vida, de desequilibrio emocional. El no pensar lleva a no actuar, o a actuar desprotegido de la única capacidad que el ser humano tiene y de la cual se retroalimenta.
Nuevamente, Kubrick vuelve a plantear el sistema de poder y la guerra. Esta vez, como instrumento de escala social, ejecutada por un hombre que no tiene poder sino que lo busca. Al lograr este cometido, nuevamente, se presenta el estatuto kubrickiano a rajatabla. El enceguecimiento, la ambición, el cambio de roles puestos en un estrato social que se basa en las apariencias, en lo superficial y anacrónico.
Se trata de la obra más extensa y por cierto, más aburrida de Stanley Kubrick. Su tratamiento con escenas de profundo e incansable dialogo, planos que buscan la perfección pero que en ese devenir se muestra obligado a ceder y prolongar el tiempo, innecesariamente. También muestra la excelente interpretación de Ryan O´Neal en el papel de Barry Lyndon, donde se muestra impoluto, frío, manipulador ante todas las cosas que suceden frente a sus ojos.
Rascando la aparente capa que cubre la película se puede encontrar los puntos altos. Es ahí donde Kubrick lo hace siempre con la misma firmeza: el atractivo emocional de su obra, la visión renovadora, la amplitud de situaciones y caracteres, lo intelectual que se desprende.

ANECDOTARIO
Rodada enteramente en decorados de época y sobre luz natural (con velas en las escenas nocturnas o de interior), mediante objetivos de cámara muy luminosos y el tratamiento especial del negativo, esta película presenta una fotografía excepcional. Auténtica proeza técnica que le confiere una estética más bien sombría y muy particular, en el tono de la historia y las pinturas de la época. El espectador se encuentra de esta forma imbuida en la intimidad de los personajes, tal y como pretendía Kubrick.

Dato IMFREAKALOT
Si usted quiere empezar a descubrir el mundo Kubrick, IMFREAKALOT le recomienda NUNCA empezar por esta película, por favor, empiece con “A Clockwork Orange” o “The Shinning”, verá entonces que me lo agradecerá.


THE SHINING (1980)

Género: Terror, Suspenso
Reparto: Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Lloyd, Scatman Crothers.
Guión: Stanley Kubrick y Diane Johnson (Novela: Stephen King)
Producción: Robert Fryer, Jan Harlan, Mary Lea Johnson, Stanley Kubrick, Martin Richards.
Música: Hector Berlioz, Gyorgy Ligeti, Béta Bártok, Krzysztof Penderecki (supervisión Wendy Carlos)
Fotografía: John Alcott

Jack Torrance se traslada, junto a su mujer y a su hijo, al impresionante hotel Overlook, en Colorado, para encargarse del mantenimiento del mismo durante la temporada invernal, en la que permanece cerrado y aislado por la nieve. Su idea es escribir su novela al tiempo que cuida de las instalaciones durante esos largos y solitarios meses de invierno, pero desde su llegada al hotel, Jack comienza a padecer inquietantes trastornos de personalidad, al mismo tiempo que en el lugar comienzan a suceder diversos fenómenos paranormales.

El género terror, vituperado, por el grado de esoterismo, monstruosidad y herejía, es de por sí, un rotulo bastante obsecuente para ser llevado a cabo. La mera razón de su existencia es: lograr pavura en el espectador, si lo logra es un buen film; si no, es malo. Bajo ese único método de supervivencia recala en la historia del cine. Nada más ni nada menos. A partir de esto, existen varias pautas a seguir: suspenso, sangre, un asesino (monstruo o humano monstruo), víctimas y un héroe, que, inverosímilmente, escapa de todas las circunstancias subrepticias a las que se ve obligado. Se escinde muchas veces de una norma fundamental, filial del cine: la estética. Casi todos los realizadores interesados en el género utilizan, de manera aleatoria y conformista, el juego impresionista del claroscuro, efectos de sonido y la manipulación de información visual para generar un clima de tensión constante. Basta ver las películas que se pasan los viernes por la noche en cualquier canal de cable para corroborar lo dicho; esto no quiere decir que el cine de terror sea malo, si está bien hecho, todo lo contrario.
Y el viejo Stanley magnificó al género, lo redefinió. Ya, en sus primeras películas, había dado un nuevo silogismo al film noir dotándolo de estéticas y parámetros argumentativos disidentes que le dieron, en su momento a “The Killing” un nuevo concepto.
“The Shining”, basada en la homónima novela del populachero Stephen King, redefinió el género. La utilización espacial y fotográfica parece darle la espalda a lo establecido: esta vez, Kubkick pensó en ampliar los espacios, el escenario real de su contienda, separándolo del clásico del género que busca cuartos pequeños y oscuros para dar una impresión de sosiego, de opresión. ¿Para qué lograr esto? Porque la historia ya de por sí genera escalofríos.
La idea siempre latente del desorden mental, la histeria contenida, la bomba a punto de explotar en la cabeza. El aislamiento, la alienación, como figuras catalizadoras, como maza derribando paredes, fachadas bonitas. Es quizás algo referencial para el director, el retrato vivo de la esquizofrenia, de la manía constante, cíclica, del paso del tiempo en línea recta. El espíritu destructor de Jack Torrance (genialmente interpretado por Jack Nicholson) que traduce en instinto asesino de filicidio y uxoricidio (y por ende, en la soledad, a la autodestrucción). Traduce, una patología latente en las grandes sociedades que mantienen sosegado esta propensión por un estado moral, por una delgada línea de conducta autocontrolada. Pero cuando se produce el aislamiento, la alienación, esta conducta explota por el hastío, la soledad o la irracionalidad.
Kubrick logra, en esta masterpiece, esa suerte de angustia y explosión visceral latente; con un tratamiento estético único: optando por los planos secuencias que aumentan el suspense, magnificado por el tratamiento sonoro monótono, acelerado, acompasado (atención con el rechino de la madera en la escena en que Danny, hijo de Jack, conduce el triciclo por los pasillos del hotel). Así también, la utilización de las metáforas visuales como forma elíptica de información, como representación de lo paranormal, de lo que ni el mismo director puede explicar: el rudimentario mecanismo cerebral humano.

ANECDOTARIO
Durante el rodaje, Shelley Duvall fue sometida a una presión constante por parte del director, que la criticaba constantemente, causándole una gran tensión. El motivo fue que la ansiedad provocada en la actriz la haría interpretar mejor a su personaje, ya que debía interpretar a una joven histérica e insegura. El resultado, meses de internación en una clínica psiquiátrica luego del rodaje.

Dato IMFREAKALOT
1. La voz de Wendy Torrance (Shelley Duvall) en la versión española es la de Verónica Forqué (chica Almodovar, “Kika”, “¿Qué hecho yo para merecer esto?”). La eligió el mismo Kubrick, cuyo afán de perfeccionismo le llevaba a escoger él mismo hasta a los actores de doblaje en cada país donde se estrenaran sus películas. ¿Alguien dijo obsesivo?
2. El careta de Stephen King reconoció que la adaptación de su novela en fílmico no le pareció nada acertada, aduciendo que le pareció demasiado compleja y cargada de metáforas que nada tiene que ver con la idea original de su novela. Uno, vende millones de libros, el otro, hace grandes películas.


FULL METAL JACKET (1987)

Género: Bélica
Reparto: Matthew Modine, Vincent D´Onofrio, R. Lee Ermey, Adam Baldwin.
Guión: Stanley Kubrick, Michael Herr, Gustav Hasford (Novela: The Short-Timers)
Producción: Stanley Kubrick
Música: Abigail Mead, Vivian Kubrick.
Fotografía: Douglas Milsome

Un grupo de reclutas se prepara en Parish Island, centro de entrenamiento de la marina Norteamericana. Allí está el sargento Hartmann, duro e implacable, cuya única misión en la vida es endurecer el cuerpo y el alma de los novatos, para que puedan defenderse del enemigo. Pero no todos los jóvenes soportan igual sus métodos.

Si “Senderos de Gloria” era su película antimilitar por excelencia, en “Full Metal Jacket”, Kubrick, redobló la apuesta. Su intensísimo estudio sobre la existencia del ser humano en todos los campos de la ciencia es la mayor obsesión (y única) del director neoyorquino. Para analizar esta película hay que dividirla en dos partes, diferentes cada una, similares por igual.
La primera parte, en la que los reclutas novatos se entrenan en un campo militar es, el estudio antropológico, físico y psicológico de la guerra, del milico indolente, de la virilidad sucia y despiadada del rector. Kubrick no propone nada nuevo, solo desvela el oscuro sometimiento de los altos grados militares para con los nuevos soldaditos, los inofensivos, los que salen de sus casas con sus zapatillas nuevas, con la música en el altoparlante, con el peinado engominado, con la novia en la foto. Ese, el civil, es victima de una transformación tenaz, inhumana, despechada, convirtiéndolo en una máquina de matar. A prueba del rigor militar, del sometimiento amoral de la casta fascista que maneja la milicia. Stanley parece plantear un esclarecimiento aún más valedero: no es la violencia física el factor-reactor del asesino, no. La violencia verbal, el despotismo inusitado puesto al relieve de la degradación, de la acusación leve y el castigo tortuoso. Ese método ignominioso es el catalizador, la forma más repudiable de convertir ovejitas en lobos.
La segunda parte, es lo pornográfico de la guerra, lo explícito. Donde recrudece el drama, pero a su vez, la parte humana que brota inconsciente en esas máquinas de matar, en esas chaquetas metálicas. Las decisiones entre morir o matar, son un planteamiento moral (darwiniano diría), pero que sólo se justifica por un hecho injustificable: la guerra. Allí, esos peones de ajedrez, deliberan irracionalmente entre matar a un desconocido, a una cara sin descubrir, a una sombra, para seguir viviendo. Y se ayudan entre sí para ser más fuertes, se apelotonan en una amalgama fútil para derrotar al adversario. Esos mismos, que en tiempos de capacitación asesina (la primera parte), se sectorizaban por etnias, por credos, por poder. Los mismos que se juraban la muerte, en la guerra se alían.
Stanley Kubrick, luego de siete años, vuelve a entregarnos una película que no presenta un sofisticado entramado. Es, la representación fiel y auténtica de sus convicciones, de ese sentimiento delator de las sociedades viles, de la absurda capacidad racional del ser humano.
El tratamiento estético también el director lo divide en dos partes, no casualmente. La primera, se centra en planos secuencia, con steadycam, fiel a su impronta; se pasea por entre las botas militares, las patas de la cama, el llanto desgarrado y el suicidio latente. La segunda parte, cámara en mano, se mete en el barro, en la explosión cercana, se atrinchera y huye; en plano secuencia también, acompañando al Pvt. Joker (M. Modine) por toda la batalla. Insaciable.

ANECDOTARIO
“Full Metal Jacket” tiene una serie de simbolismos propios de Kubrick, que, insospechadamente convirtió al film en una “de culto”, por sus latentes referencias a los westerns (principalmente las del “yonki” John Wayne, a la cultura pop norteamericana y a Mickey Mouse. Obviamente, siempre crítico.

Dato IMFREAKALOT
“Full Metal Jacket” fue estrenada con solo dos meses después de la súper aclamada y premiada “Platoon” (“Pelotón”) de Oliver Stone, por ello, no tuvo tanto éxito en Estados Unidos. Sin embargo, el tratamiento dramático pone al relieve el distanciamiento y la diferenciación con su indirecta competidora.


EYES WIDE SHUT (1999)

Género: Drama
Reparto: Tom Cruise, Nicole Kidman, Sydney Pollack, Marie Richardson.
Guión: Stanley Kubrick, Frederic Raphael (Novela: Arthur Schnitzler, “Traumnovelle”).
Producción: Stanley Kubrick, Brian W. Cook, Jan Harlan.
Música: Jocelyn Pook
Fotografía: Larry Smith

El doctor Bill y su esposa Alice acuden a una fiesta que se celebra en casa de Victor Ziegler, en lo que parece que va a ser una noche como cualquier otra. Sin embargo, al llegar a casa, en un estado de inusitada sinceridad provocada por un cigarrillo de marihuana que Bill y Alice fuman a medias, ésta le confiesa que hace unos años estuvo a punto de abandonarle por un desconocido. El trauma que provoca en Bill esta revelación hace que se involucre en una espiral onírica de deseo y venganza sexual, durante la cual se percatará de que no sólo ellos mismos se ocultan secretos, sino que también la gente con la que conviven a diario alberga deseos ocultos y prohibidos tras una fachada de rectitud moral y posición social. Bill debe responderse a la sencilla pregunta: ¿qué pasaría si nos dejáramos llevar por nuestros deseos?

Yo mismo me hago esa pregunta. ¿Qué pasaría?
Seguramente, los legisladores de la moral (moralina) que pululan por los lugares conservadores de nuestra sociedad serían los primeros contendientes, los encabecen esta defensa, los que promuevan leyes que resguarden (conserven, les gusta más esa palabra) el cuidado del cuerpo y se dedique a actividades más productivas: como rezar (Ja).
No se trata de una simplificación de lo intencional, el solo provecho de nuestra conducta más intrínseca, animal. Tampoco, de una reducción intelectual o racional. Es, un complemento necesario, inculposo, fraccionario de nuestro espíritu (que, dicho sea de paso, somos monos). El deseo aparece, siempre personificado en cosas tangibles, en lo carnal o material, en lo poderoso de la distracción. Ese poder actúa de manera inescrupulosa y ataca, desprotegiéndonos de la coraza más autócrata: el pudor. Vence fachadas, posturas y nombres. Quiebra al tirano y al bienhechor. Es, la prueba abstracta, íntima, visceral que comprueba el elemento primordial de nuestra existencia: la irracionalidad. A medida que el ser humano se desarrolla, física y mentalmente, va adquiriendo nuevos conocimientos, horizontes (así como límites), que van reprimiendo ese sentimiento animal hasta un lugar inhóspito de la mente (no lo sé, no soy psicólogo, ni científico, ni nada que termine en “ólogo” para decir cual es, me baso en percepciones). Ese encierro caprichoso, traducido en millones de teorías, se desdobla por la mera posibilidad de corruptibilidad.
Kubrick pone al relieve esta naturaleza humana, de trastrocamientos amorales, de cortinillas de humo, para configurar su póstuma lectura del ser humano. Esparce sobre el campo, el gran escenario montado, el que oculta el instinto; lo figura con un tratamiento visual somero, irreductible. Un juego impracticable de puertas entreabiertas donde se oculta el deseo primitivo, traducido en erotismo, en placer, en devoción al cuerpo.
Este extensivo tratado es su marca final (la película fue estrenada luego de su muerte) sobre las prácticas humanas, sobre lo que ocultan nuestros actos y lo que se esclarece tras una fina capa de polvo, tras un furtivo avance perceptivo.
Ese velo corrido se traduce en imagen, en fuerza fotográfica. La primera parte del film, cuando todo es apariencia y solemnidad, Kubrick opta por una imagen fresca, limpia, luminosa: reflejada en el acto amatorio casto de Bill y Alice. A medida que la historia va desandando incógnitas, que se adentra en lo profundo de la consciencia (de la verdadera naturaleza humana), el clima se vuelve oscuro, intrigante, tenso.

ANECDOTARIO
También fue controvertida la inclusión de escenas eróticas "osadas" (este término lo podría estar diciendo Catalina Drugi, no Freak Like Me) principalmente las de orgía en una mansión. Algunos planos de desnudo integral amenazaban con dar a la película la calificación X en EE. UU., lo que implicaba un previsible fracaso comercial. Kubrick se resistió a autocensurarse, si bien finalmente se distribuyeron dos versiones de la película: la destinada a EE. UU. Era algo más breve en las escenas de sexo y se recurrió a trucos infográficos (interponiendo siluetas humanas) para tapar ciertas desnudeces.

Dato IMFREAKALOT
Tal es el magnetismo, la obsesión y el desgaste hipnótico que el viejo director produce en los actores que, ya es sabido, que muchas personas han abandonado el set de filmación teniendo que ser reemplazadas por otros: esto se dio a lo largo de toda su filmografía. En “Ojos Bien Cerrados”, el personaje de Victor Ziegler (protagonizado por Sydney Pollack) era interpretado por Harvey Keitel (Mr. White en “Perros de la Calle”, actual “Life on Mars”), pero el rumor trascendido dice que ambos, director y actor, casi se van a las manos. Resultado: Keitel abandona el set, Pollack sustituye.


PROYECTOS INCONCLUSOS


AI: Artificial Inteligence - The Aryan Papers - Napoleon
La inesperada muerte de Stanley Kubrick lo despojó repentinamente de varios proyectos. Sobre el final de su carrera, se lo vio emparentado al director de “Tiburón”, “Jurassic Park” o “ET”, Steven Spielberg, reconocido admirador del director neoyorquino. Kubrick, le comentó las ganas de dirigir una película sobre el relato de Brian Aldiss, “Los Superjuguetes duran todo el verano”. Acercado por la impresionante tecnología utilizada por Spielberg en sus películas, Kubrick creyó que tenía todo lo necesario para llevarla a cabo. La película se rodaría tiempo después de “Eyes Wide Shut”, pero la repentina muerte le negó esta posibilidad. Igualmente, Spielberg, seducido por el proyecto, dos años después, le daría vida a la novela en su obra menos aclamada (muy buena igualmente), “AI: Inteligencia Artificial”, protagonizada por el niño osmosis de “Sexto Sentido”. Realizando una versión más hollywoodense que lo que seguramente Kubrick hubiera hecho. Pero ese es su legado, su misión inconclusa.
Este no fue el primer acercamiento entre los dos directores estadounidenses. Luego de rodar “Full Metal Jacket”, Stanley estaba seducido con la posibilidad de rodar un film sobre el Holocausto, el título sería “The Aryan Papers”, una película sobre dos refugiados judíos durante la persecución nazi. En etapa de preproducción, el mismo Spielberg se adelantaría con “La lista de Schindler”, rotundo éxito comercial. Debido fundamentalmente a la dificultad que supuso para Kubrick el encaje cinematográfico del Holocausto judío, según su propio criterio, la semejanza de la película de Spielberg con su propio proyecto y problemas de diversa índole le harían desistir.
Mucho tiempo antes, luego de su apoteótico film “Espartaco”, Kubrick obsesionado con la figura de Napoleón, estuvo tentado de realizar una extensa biografía fílmica; el proyecto fue llevado a cabo, hasta que por problemas con el equipo de investigación y parte de la producción del filme, terminaría posponiendo el proyecto que nunca fue retomado.

Legado
Stanley Kubrick dejó entre la consciencia popular, trece películas, nada más ni nada menos. Pero no es ese su legado, es, su verdadero sentimiento de lucha sobre las adversidades, el tratado obsesivo por una estética única (propia de su lenguaje cinematográfico) la que lo llevaba a prestar atención al mínimo detalle: desde la colocación de los extras en el plano, hasta el tipo de lente a usar. Desde el desdoblamiento psicológico de los actores, hasta la especial selección de los doblajes en todo el mundo. Ese era Kubrick. El de las escenas perfeccionistas, el de la fotografía tridimensional, el que era capaz de hacer hermosa una masacre, un baile violento, una guerra, una nave espacial. Dejó, en el colectivo imaginario esa suerte repentina que siempre quiso transmitir: la consciencia del ser humano, ¿qué somos? Él lo mostró sin tamiz, preparando a quien quiera verlo a descubrirse por dentro, a saberse consciente de lo que es y lo que representa. A levantar velos que ocultan una gran verdad, a destruir cualquier atisbo de especulaciones sanguinarias.
Sus películas son verdaderas odiseas megalómanas. Son la prueba tangible de su imaginario, de su impronta, de su percepción del mundo. Es la forma vívida de reconocer su mundo.
Murió olvidado, más como un recuerdo de lo que fue, como una leyenda sin moraleja. Tuvo que refugiarse en Gran Bretaña porque en su país natal era considerado subversivo, criminal, terrorista: allí, nos entregó lo mejor de sí, el mejor Kubrick.

Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, el Dossier de Kubrick que ya está por venir. (Parte 2)

The Kooks en Argentina


Miércoles 17 de Junio, La Trastienda

Entre las babas del Diablo y la muerte en espera

20.30, demasiado temprano para el rock – me dije. Bueno, era miércoles al fin de cuentas e, inclusive los rockers se esconden tras la burocracia de los escritorios y de las salas de espera, sirven el café a un jefe idiota (semi fascista) que tiene un piso en Barrio Norte y una casa de fin de semana en Pilar. Ese rocker, se levanta a las 7.30 de la mañana. Ahora entiendo.

Llegar a San Telmo para ver un recital es algo un poco extraño, es una paradoja antropológica si se lo ve desde otra arista. El adoquín y el farol tienen más que ver con la gomina tanguera, que con el chirrido de una Fender Stratocaster. Además, las callecitas esas me marean, me dan la impresión de estar acorralado, y el anacronismo, claro; los conventillos de cara mugrienta y frente a ellos, los turistas con Euros tomando una Coca Light a 25 pesos. Eso es San Telmo, un barrio poco rocker: donde huele más a bohemia intransigente (pseudo intelectualismo, bastardo, bazofia) y a perfume importado que a verdadero cinismo intelectual. En fin.

Llegamos a “La Trastienda”. Demás está decir el precio de la entrada si se tiene en cuenta tres factores: uno) el precio de cualquier espectáculo en este país; dos) el precio de un espectáculo internacional; tres) el precio de un espectáculo en “La Trastienda”.

El lugar, copado por preadolescentes que, consternadas con la muerte de Fernando Peña (un saludo al más allá, genio), gritaban paranoicas: - ¡Viste que se murió Peña, boluda! Y un sector de la muchachada imitadora ferviente de los movimientos subterráneos de la movida inglesa, pero argenta. Desfilaban ante nuestros ojos (los de Clementine y míos) chicos new wave, revendedores de entrada y las preadolescentes ya citadas. La cara de consternación mutua fue precisa, pero llegó el consuelo justo de Clementine: - ¿Y qué esperabas?

Un puchito previo, mientras por la calle Balcarce aparecía una combi que, luego confirmamos, transportaba a los Kooks. A partir de ese momento, comenzaron los gritos histéricos de las niñas, corrida mediante.

Entramos al recinto y para romper el hielo (el típico icebreaker previo del recital) brindamos con una birrita. El desfiladero prosiguió: nunca, desde que voy a cualquier recital vi tanto emperifollaje, tanto olor a perfume, tanto gel en la cabeza, tanto brillo en los zapatos. Si, comparado con los de Dos Minutos o Rata Blanca, estaba claro.

El lugar estaba repleto, diría un setenta y treinta con mayoría de mujeres. Esperamos, no mucho, diez o quince minutos hasta que las luces se apagaron, comenzó el estridente sonido de la guitarra y el telón comenzó a abrirse. Cabe destacar, que no pude escuchar demasiado pues, el grito de las muchachas hacia imposiblemente audible el instrumento. Acto seguido, la clásica avalancha y como nunca vi, el desfiladero (estoy utilizando mucho esta palabra, perdón) de celulares que iluminaban el cielo, en plena oscuridad. Rock plástico, rock electrónico, rock sincerebro, ¿hasta dónde van a conducir la banalidad, no los músicos, la gente?

The Kooks, sin embargo, hicieron su parte. Entregaron un recital parejo, una catarata incesante de canciones prolijas, armónicas, bien tocadas. Típico del rictus inglés. Prolijamente, también el vestuario acompañaba, hicieron que me olvidara del entorno. Aún cuando, a menos de dos metros, una chica (enana) peló un cartel como si se tratara de un recital de Axel o Ale Sanz o cualquiera de esos cantantes proclives a la calentura púber. Quizás eso haya sido uno de los motores por el cual no fui a agitar, permanecí atrás, en la oscuridad, junto a Clementine y un par de vejetes (o sea, de nuestra edad) que estábamos ahí por la música, por el show.

Correcta performance del cuarteto británico. Soberbia actuación de Luke Pritchard (vocalista), desplegando un histrionismo escénico digno de admirar. Sudando la camiseta, bailando y agitando al público (sobretodo a una rubia del Pullman que, seguramente, le calentaba). Recorriendo su escasa discografía en menos de dos horas, desplegaron esa capacidad seductora que irradian sus temas, transformándolos en virtud escénica. El resto es conocido (para los que alguna vez se toparon con una banda inglesa), un tema tras otro, un recorrido emocional oscilante, sonido parejo, excelso y un: - mushas kracias – final.


POSTULADO FINAL

No quiero pecar de machismo, no. No está en mis genes. Pero, cuando se trata de un espectáculo en el cual deposito expectativa y, por el cual, se ve opacado por una casta infame de niñas no acostumbradas al rock, tengo la necesidad de aseverar (irracionalmente): basta de mujeres adolescentes en los recitales. Su griterío es insoportable. Sus manías, adoptadas de otro tipo de ámbito no condicen con mi naturaleza, con la naturaleza de los espectadores de rock. ¡Hasta llevaron carteles hechos con cartulina! Sólo pido una cosa: Vayan a ver “Casi Ángeles” chicas, acá no hay lugar.


Disculpen que no tenga fotos del recital pero, no tengo celular con camarita y si tuviera, no lo llevaría a un recital: ¿usted si?