40 AÑOS DE MÚSICA. SPINETTA EN VÉLEZ (4 de diciembre de 2009)


La noche parecía amainarse en el frío híbrido de una primavera errante; la gente – barbas canosas y chamuscadas de otra primavera ahora revivida, jóvenes expandiendo su cerebro a otras ondulaciones y niños en un bautismo con el sagrado grial del rock – comenzaban a acomodarse en el último recoveco de aire respirable, a sentir una febril consternación proveniente desde algún lugar de las entrañas. Mientras, los minutos pasaban y el aire se caldea de músicas sin forma, de espacios vacíos y cuentas pendientes. La lámpara del genio sigue sin lustre y con poco amuleto. Empujes, claro, típicos de la muchedumbre extasiada, al borde de un grito elocuente de libertad, mientras sus abdómenes seguían petrificados ante la sólida valla que los separaba de la gente rica, que gozaba sus tragos y sacaba fotografías con sus últimas cámaras. El grito parecía pertinente porque atrás de la valla se veía a los palíndromos spinetteanos esperar por su ídolo, entre mustias remeras deshilachadas y canciones guardadas en la retina. Mientras que allá, del otro lado, se esperaba el suceso o el pacto, la revelación de pertenecer a algo único e irrepetible, decible a la posteridad con la fría noción de una banalidad.
Silencio y esperanza, la oscuridad calo hondo entre los huecos de luminosidad: griterío, llanto o melancolía, todo era una bola amorfa de sonidos que viajaban a través del viento sinsentido. Y finalmente, Luis Alberto Spinetta (traje claro y chalequito a tono) se posa tras el seguidor lumínico, frente a los ¿60 mil? espectadores con la sola llama de su voz apaciguada por los años. Y como de costumbre, en su humildad más sana, ceñida a los años o a su naturaleza o al equilibrio que gratifica la genialidad, pide perdón por los que no vendrán (Pedro Aznar, Lito Vitale, León Giéco), por los que se ausentarán y también, por no tocar canciones que le hubieran gustado hacer (Indio Solari, Andrés Calamaro, Moris), en una noche que parecía quedar signada en el tiempo, o, por lo menos, en el tiempo de los que allí estaban.
“Voy a llamar a mi banda estable y empezamos con temas más nuevos”, comentó silenciosamente. Vuelta al silencio y a la incertidumbre. Un proyector expandió imágenes de pájaros sirena hacia una pantalla, y entonces, el gran flaco, con Nerina Nicotra, Guillermo Vadalá, Sergio Vardinelli y Claudio Cardone, transitaron el tema uno, el inicio, el cimiento de lo que será un show de cinco horas y algo, de cincuenta y tantas canciones, y que no faltarán las risas y los llantos, la emoción y la locura, el vértigo y la explosión. Allí, Luis Alberto Spinetta (el músico más grande de Argentina) disfrazó una noche cualquiera y la transformó en tiempo futuro, en memoria, en posteridad.
Luego del acaecer cansino de sus primeros cantos, en donde “Los Ojos”, “Camalotus”, “Para los árboles” y “Pan”, sus discos próximos, explicaron sin detenimientos lo que hoy es el artista, todo aquello que sembró con espinas y sal, con sangre y lágrimas, hoy, es canción melancólica, es aspaviento de poeta. Y así, uno a uno a los invitados: Mono Fontana, Javier Malosetti, Lito Epumer, etc. Hasta el momento de catarsis espiritual, en donde, con la más remilgada pasividad evocó sus canciones de Spinetta Jade: soberbia “Alma de Diamante” con Juan del Barrio; luego, Diego Rapaport en excelentísimo “Fina Ropa Blanca” y “Maribel se durmió”, hasta los arreglos tonales de Leo Sujatovich con un solo nostálgico presuponiendo el clímax de las horas venideras.
El hechizo estaba consumado, el frasco de los recuerdos estaba abierto y libre de sorpresas. Momento de cumbres invitados. El primero, Fito Páez, con dos temas imprescindibles de la obra del flaco: “Las cosas tiene movimiento” y “Asilo en tu corazón”, disponiéndose a cambiar el volumen. Luego, en un sacudón, el Flaco, alternó covers (invitando al POMELO argentino Juanse a un estertóreo cover de Pappo, “¿Adonde está la libertad?”, y a una conjunción excelsa con Cerati en “Té para tres” y “Bajan”) con temas de propio repertorio.
Para ese momento, las pupilas de los allí presentes pedían paz, los recuerdos se hacían carne de exposición en un simple escenario, en un lugar en Buenos Aires, en un palacete de glorias deportivas. Cuando el momento cumbre recetó el intervalo. Luego de los covers de Manal (“Necesito un amor”, con Leeva y Dante Spinetta), Miguel Abuelo (“Mariposas de madera”) y el propio Charly García (“Filosofía barata y zapatos de goma”), aquel hombre de bigotines bicolor apareció desde la nada, desde el fuego sagrado construido para rezar la devoción entre ambos. Como aquel momento cumbre cuando Belgrano y San Martín se estrecharon la mano en Yatasto; en Liniers, lugar de reses e inmigrantes, los dueños de la voz roquera de nuestro país sellaban su pacto sagrado sentenciando tácitamente: “no habrá (JAMÁS) nadie como nosotros”. En una afónica versión de “Rezo por vos”.





Intervalo.

Luis Alberto le dedica esta nueva agrupación: “Los Socios del Concierto” a Daniel Wirtz, el baterista fallecido de Los Socios del Desierto. Javier Malosetti, bajista increíble toma la posición del que ya no está y Marcelo Torres, para recrear temas de aquel disco que le devolvió al Flaco el lugar de privilegio dentro del estamento roquero de fin de siglo. “Nasty People” cierre explosivo de una banda que de por sí, explora los rincones más intocables del rock: el poder y la algarabía.



Intervalo.

Las luces vuelven a encenderse en tonos naranjas. El proyecto reanuda su esparcimiento en casitas que flotan sobre las montañas. Es el turno de Machi Rufino y Pomo, para recrear, aunque sea en la melancolía, el sonido implosivo de Invisible. La pirotecnia sonora ya estaba al alcance de los oídos con “Jugo de Lúcuma” y “Perdonada”, en el que cerró un cuarteto, ya sumado Lito Epumer, en velocísima versión de “Amor de primavera” de Tanguito.



Intervalo.

La gente esperaba el momento. Los gritos de “Pescado, pescado…” resonaban en el aire frío de la noche porteña. Nuevamente luces naranjas. Ahora, Cutaia, Lebón, Amaya y Vadalá, recreaban aquel mito impreso en dos discos y medio. Pescado Rabioso volvía al ruedo de la mano de “Poseído del Alba”, “Post-Crucifixión”, “Me gusta ese tajo” y “Hola dulce viento”. Confirmando que las arrugas y las canas no hacen mella a la hora de tocar una guitarra, de coordinar momentos esplendorosos de música todoterreno.



Intervalo.

Las remeras del hombre con la lágrima estanca parecían flotar en el aire. Se sabía. Luego de Pescado llegaría Almendra. De nuevo aquellas luces, y el flaco, humilde y jocoso como en toda la noche, presenta a sus viejos compañeros de ruta. Aquellos que iniciaron el tranco lento de su carrera musical. Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García, viejos hippies, vuelven a recrear en las ánimas nostálgicas aquellas epopeyas del rock primitivo, en pleno auge creativo. “A esos hombres tristes”, “Fermín” y “Hermano perro”, fueron los antecesores al lacrimógeno y emocional “Muchacha (ojos de papel)” que, Spinetta, con guitarra en mano frente a toda la multitud entonó con nostalgia la oda a su madre. Tristeza por lo irrepetible, abrazos y multitud ya saciada de tanta historia.



Intervalo.

El fin desencantó por el cansancio. No del flaco que aún seguía intacto sobre el escenario sino del público luego de las ya, ¡cinco horas! de show. Pero fue frenética su canción en homenaje a la tragedia de Santa Fé (con padres de víctimas y Ricardo Mollo incluido), mientras incitaba a un gran FUCK YOU a la revista Rolling Stone. Finalmente, para cerrar, repasó los hits de su campaña musical, en estrepitoso coro multitudinario: “Seguir viviendo sin tu amor”, “Yo quiero ver un tren” y “No te alejes tanto” fueron el cierre a una noche inolvidable, en el que el tiempo pasado y el presente se conjugaron, en el que las barbas canosas de aquella juventud rebelde se fundió con las soledades de un presente incierto.
Luis Alberto Spinetta brindó un show a la medida de su repertorio y de su mensaje: infinito.

Tema compuesto por el Flaco junto a León Gieco como recordatorio de la Tragedia de Santa Fe, ocurrida el 08/10/2006 dentro de la campaña en la que se concientiza acerca de la educación vial "Conduciendo a Conciencia". Aquella noche fallecieron nueve alumnos y una docente del Colegio Ecos, cuando volvían de un viaje que solían realizar con frecuencia y fines solidarios para con una escuela de El Paraisal. En octubre de este año (2009) la causa quedó sin responsables a cargo. Los padres de los chicos (y mucha gente que los acompaña y se ha ido sumado) hacen constantes campañas no solo para recordar lo ocurrido sino para generar la conciencia necesaria a la hora de salir a las rutas, o simplemente ubicarse detrás del volante. Se pueden sumar firmas, estar al tanto de actividades y en contacto con los familiares por medio de la siguiente página: "http://www.tragediadesantafe.com.ar/"

3 crónicas póstumas:

Nahuel Yamil Pereyra dijo...

4 palabras: Noche de pura nostalgia.
jajja
Hubiera deseado estar ahi, realmente seguro fue fantastico.
No hay nada como un show con muchos de los mejores musicos de Argentina.
Aguante el Flacoo!!!
Saludos (y).

Imfreakalot dijo...

Frenético, nostálgico, explosivo y extenso, puede ser el resumen de una noche histórica.

Gracias Nahuel como siempre.

Un abrazo
IMFREAKALOT

nelson dijo...

Necesito que salga el DVD yaaaaaaaaaaaa!!!!