OBJECT OF BLIND ADORATION: JAMES DEAN & RIVER PHOENIX


Como paso previo para el especial que vendrá inminentemente, CINE ADOLESCENTE.
Imfreakalot les presenta a dos referentes de la juventud, a dos iconos de la cultura adolescente en el cine. Caídos en el momento de mayor estrellato, víctima de sus propias decisiones, se han convertido en mito. Aquí están.

JAMES DEAN EN "REBELDE SIN CAUSA" (TRAILER).


RIVER PHOENIX EN "UNA NOCHE EN LA VIDA DE JIMMY REARDON" (TRAILER)


“Live fast, die young” rezaba un cartel setentista que oteaba las muertes recientes de un séquito de roqueros imprescindibles para la historia de la música contemporánea. Jim Morrison, Jimi Hendrix y Janis Joplin, se borraban – presos de sus propios actos – como las últimas llamas de un fuego que parecía eterno y que avecinaba la inmortalidad. Los tres representaban ese espíritu rebelde, incapaz de entrar en la maquinaria del sistema burgués, forzosamente ilustrado en cada una de sus rimas y compases; representaban, además, la prosapia de los genios iluminados que guiaban a través de un camino oscuro por entre las sombras post viaje LSD, post Guerra de Vietnam, post indulto a la paz y el amor. Con y tras ellos, caían las utopías de un mundo en plena libertad inconsciente (avivadas por los vuelos psicotrópicos), donde el amor reinaba como instrumento paliativo a la tragedia y a los hombres grises de corbata, donde los últimos héroes de la revolución daban muerte a la fantasía de un todo común.
Las barbas se afeitaban, los trajes de colores se impregnaban del negro o gris o azul de la inclemencia, las flores marchitaban por los insecticidas y la paranoia generada por los medios de comunicación. James Douglas Morrison, James Marshall Hendrix y Janis Joplin eran los estandartes de un movimiento utópico pero verdadero y carnal.
Década atrás, las rugosas vetas del cine yanqui dejaban nulo lugar para la juventud. El pequeño espacio era habitado por codiciosos emprendedores que especulaban con su inteligencia, que ponían de manifiesto una suerte de infidelidad ideológica para bajar al extremo de sus pretensiones y otorgarle comida berreta a ese público que impacientaba por ver un cine representativo.
El leit motiv era mostrar a jóvenes aplicaditos, bailando al compás de música culta y obedeciendo a los cánones del American Way of Life. En 1951, el director promisorio Elia Kazan filma la adaptación de la obra de Tenessee Williams, “Un tranvía llamado deseo”, protagonizado por Vivian Leigh y Marlon Brando. Aquello significaba un quiebre para la industria cinematográfica. Por primera vez, aquél público apartado de las grandes salas, excluidos por el mote de las narraciones, tenían un referente, una historia que atraviese su propia historia. Años más tarde, Elia Kazan le ofrece a un ignoto joven, quien todavía aparecía último en los créditos de las películas clase B el papel que cambiaría la historia del cine adolescente.
“East of Eden” (“Al este del Edén”) es el título del film que daría a conocer al icono juvenil de los años cincuenta: James Byron Dean. Un niño duro y rebelde, crecido en la crudeza de los suburbios pobres de Estados Unidos, carente de afecto; catalizó su vida en el arte dramático y lo llevó su cara (de un estilo único) a la inmortalidad.
Rápidamente se convirtió en el hombre insigne del nuevo cine estadounidense, y en “Rebel Without a Cause” (“Rebelde sin causa”) su nombre y figura, mezcla de rebeldía y niño tierno, pese a sus escasos dotes actorales, trascendió más allá de lo imposible: referente de una cultura, símbolo de una rebeldía oprimida. Aquello que pareció indeterminado y perenne, pasó fugazmente cuando él mismo estrellaba su destino contra un Ford, a los 24 años. Por primera vez se inscribía el “vive rápido, muere joven” en una lápida.
Mediando los ochenta, un niño de gesto gentil y mirada perversa empezaba a subir en las marquesinas de las películas hollywoodenses. Nacido como River (por el río de la revelación de Siddartha, novela de Herman Hesse), Jude (por la canción de los Beatles) y Phoenix (por el apellido de su padre, claro). Su primer papel, en “Explorers”, junto a un juvenil Ethan Hawke, sería el puntapié inicial para una carrera maratónica hacia la fama. Que llegaría junto a su segunda película, “Stand by Me” (o “Cuenta conmigo”), la genial adaptación de Rob Reiner sobre la novela del inefable Stephen King, “The Body”. Gracias a esa oda a la amistad, al compañerismo y la confraternidad (destacable tan bien la entrañable actuación de Corey Feldman), el niño Phoenix (hermano de Joaquin, o Commodus en “Gladiador”), apareció en cuanto film de niños existiese. De pronto comenzó a crecer. Con ello, los primeros besos, las poluciones nocturnas, los cambios de voz, los bigotínes de pelusa y su cara inalterable, fresca y atrayente fueron retratadas por una cámara de cine, convirtiéndose en el referente de una generación, por ese entonces denominada con la letra X, Generación X.
Envuelto en esa maroma de glorias y banalidades, River perdió su rumbo, víctima de la sugestión, las presiones y el estrellato, colisionó contra sus propias adicciones: la heroína y la cocaína acabaron con su vida, prematuramente, a los 23 años.

JAMES DEAN, "GIGANTE". CON ELIZABETH TAYLOR Y ROCK HUDSON


RIVER PHOENIX EN "MY OWN PRIVATE IDAHO", DE GUS VAN SANT, CON KEANU REEVES.

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