CLASE V. JORGE DREXLER


Asomado sobre la celosía de una ventana asoma su cabeza, espía el buen voyeurista. Toma su guitarra y compone, espía como si nada de lo que sucede en el mundo tuviera sentido. Todo permanece, sin notarlo, en la forma exacta en la que él la dejó, gravitando en el tiempo. Pero confundido, desparrama sobre el diapasón un par de coplas rioplatenses, formando en el barro la obra, que luego se hará letra y luego canción.
Tímidamente esboza retazos de un mundo inalterable y azaroso. Carraspea y le entra al canto, tiritando con el soplo del viento atlántico, su voz se forma entre el lamento repentino de un tercermundo y el vuelo poético del canto cetrino. Allí va, guitarra al hombro, legado de Zitarrosa, marcando el compás de una nueva alianza: fusión entre rimas murgueras y tecnologías de avanzada, justa y necesaria. Jorge Drexler, el montevideano, prepara el repertorio a través de su música inspiradora, como un trovador del alma.
No necesita parafernalias instrumentistas ni de la vanguardia anodina. Se refugia en los susurros, en su pluma cautivadora y en el golpe certero a las esperanzas aniquiladas.
Su música es simple y no admite lugar para las suntuosidades sonoras. Sólo él, pluma exquisita, templanza en la voz y el eco reverberante, juicioso, sobre un mundo que avanza desmesurado y atroz. Dos pinceladas de sentimentalismo y un grito catártico sobre las asperezas del dolor.

UN INSTANTE ANTES


Ya no necesitaba su título de médico otorrinolaringólogo para curar oídos en desgracia. Su música se ha encargado de eso. El susurro fue más que una credencial.
Cantor de mate amargo, de corazón contraído. Sus esporádicas apariciones lo han depositado, en una exhalación, como el artista más importante del Uruguay. Un concurso, una grabación y de pronto, se encontraba frente a miles, debatiéndose entre su carrera y su corazón, que siempre tira hacia el lado más sensible, el arte.
Su carrera comenzó desde la nada, con un puñado de canciones y el clamor popular al telonear a Caetano Veloso y Sabina, respectivamente. Los mastodontes discográficos con sus contratos jugosos y de pronto, un vuelo a Madrid.
Música-cuento, libro abierto, música-poema, soneto, romances. Drexler habla del amor y sus afluentes. Habla del tiempo y sus ineluctables. Habla de las inclemencias tercermundistas, de los trágicos sucesos y de una flor. Prueba ritmos, siempre con la gracia viva del canto negro, herencia candombera y arrabal. Tiene arraigado la brisa arenosa del medanal, el salitre percudido del viento uruguayo, el carnaval, las murgas y el poder invisible de una nostalgia; que lleva presos a los uruguayos con felicidad, el tiempo en suspenso, donde las calles que chocan contra el río cuentan sus versos y se refugian en el alma. El canto de Drexler sabe a eso. Al humo del asado, al pedregullo, los championes y el aroma cautivo de los jacarandá, con sus celestes violáceos.
Es un fuelle de bandoneón cerrándose, en el que hablan tanto Benedetti como Kafka, una París lejana y los Beatles. Neruda, Zitarrosa, la pampa argentina, Piazzola y Walt Withman.
Drexler, indiscutiblemente, es nuestro trovador XXI. El resultado del tiempo limado, de una nostalgia por lo perdido y un anhelo por lo recuperado. Híbrido entre lo de acá y lo de allá. En rara mezcla, su poesía invade al corazón sin tamiz, sin organigramas, con la simplicidad de los actos. Así perdurará su música en él, y en otros que la reproducen.

DESEO


TODO SE TRANSFORMA


RESEÑA IMFREAKALOT DE "12 SEGUNDOS DE OSCURIDAD", AQUÍ.

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