CLASE V. IAN CURTIS & ELLIOT SMITH


LOS ABUELOS DE LA NADA
Fragmentos de oscuridad, la vida apática que devuelve el estrellato y posterior ocaso. Los mimos se transforman en ausencias, en el momento oportuno, en el silencio más inusitado. Todo parece perfecto hasta que, sin remedio, la realidad se condensa y los vuelve presos instintivamente de una maquinaria, ya vueltos engranaje, que es imposible destruir.
Desde los suburbios y recónditos lugares de la mente, desde el adoquín y el techo con goteras, algunos trovadores se arman de fuerzas para poder gritar, desde el hospicio, sus lamentos, para demostrar al mundo – al resto – de que nada de lo que se muestra, la brillantina y luces de colores del estrellato, es realmente verdad. Todo es un escenario, una matrix, un lugar en que se aloja a los artistas para devorarlos, para transformarlos en presas perfectas de la antropofagia comercial.
La melancolía, la soledad, como escudo protector ante el advenimiento de una catástrofe, como freno preventivo de los flashes hipnotizadores. Y en ese ostracismo, Ian Curtis y Elliot Smith, en su respectivo tiempo, en su respectivo movimiento, en su respectivo lugar de desarrollo; tuvieron el final esperado: la escapatoria simplista a todo un aparato construido a su alrededor que terminó fagocitándolos.

JOY DIVISION, "SHE´S LOST CONTROL"


ELLIOT SMITH, "ANGELES".


TROVADORES DE LO OSCURO
Ian Curtis, así, sombrío, autista, epiléptico, cambio el rumbo de la música contemporánea. Piloteando la nave de los excesos ochentistas en Manchester, comandando con su voz de ultratumba el destino de Joy Division.
Destacado poeta prematuro, influenciado por la pluma de Burroughs, llevaba en sus entrañas el espíritu rebelde de quien habita los suburbios británicos, con toda esa furia contenida del movimiento obrero, de la contrapropuesta al ya marquetinero punk que se respiraba en cada esquina londinense.
Elliot Smith, desde otro punto del planeta, también imperialista, también capitalista, años más tarde, escribía sobre los restos de papel los acordes de su guitarra y le ponía voz, de esas que tocan el alma, a canciones simples, para nada intrincadas, que resumían todo el sufrimiento, la melancolía de quien habita tierras donde lo importante es lo instantáneo, lo superfluo, la apariencia. Actor contracultural del grunge, imprimía en sus canciones, poética esbelta de por medio, el sentimiento visceral de la soledad que produce el aislamiento, la alienación y, como se ven las cosas desde la vereda de enfrente.
Joy Division permaneció sólo un par de años, sin embargo, le sirvió, gracias a la mano interventora de Tony Wilson (sino, vean “24 Hours Party People”), para ubicarse como la banda más paradigmática de la música contemporánea. Gracias al melancólico y depresivo Curtis, la banda supo empaquetarlo dentro de un sonido áspero, oscuro, y mixturarlo con las nuevas tendencias tecnológicas. Así, Joy Division, primer estandarte de la new wave británica, es el Adán o Eva de la música electrónica. Simplemente, el fluir de su música nos lleva inconscientemente a un asonante y reiterativo ritmo, a una simplicidad matemática de música en movimiento.
Mientras Kurt Cobain, Pearl Jam, Soundgarden, Stone Temple Pilots, entre otros, disfrutaban el apogeo inminente de su música grunge; Elliot Smith, refugiado en los sótanos de su música, dibujaba paisajes, relataba verdades e incontinencias de ese subrepticio momento en el que, la mayoría, estadounidenses se veían involucrados. En plena alegría post-muro, en triunfo capitalista de dinero fácil, se acometían a lo esperado: la estupidez, el consumismo, la alienación.
Y un día, sin darse cuenta, Elliot se metió dentro de esa máquina infantil y ordinaria. En un sacudón lo depositó en una sala de grabación, sacando disco tras disco: su suerte, tanto como su poesía contestataria, se volvió parte de ese sistema. Ian Curtis, sumido a sus continuos ataques de epilepsia y a su introspección (algo que se volvió una significativa actuación sobre el escenario), dándose vuelta, se enfrentó sin querer al mismo problema. Aquello que veía apático y vacuo, aquél movimiento insignificante que las masas habían tomado prestado para volverlo una tradición, se le venía encima como algo inatajable.
Elliot sucumbió ante su depresivo comportamiento, y se entregó a las duras rutinas de heroína y crack. Ian, sucumbió ante sus constantes ataques de pánico y ante lo inevitable del mundo, que ya sentía, no podía controlar.
Elliot murió a los 34 años de dos puñaladas en el pecho que el mismo se infligió. Ian, murió a los 23 años, ahorcado, mientras escuchaba el disco de Iggy Pop, “The Idiot”.

ELLIOT SMITH, "BETWEEN THE BARS"


JOY DIVISION, "TRANSMISSION"

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