SOLO UN NIÑO SABE

Las estaciones estaban cambiando. Me recuerdo, correr con la pelota entre mis piernas a través del jardín, marchitando con el follaje, vestido para la ocasión. Era el noventa y dos. Y mi mundo se limitaba a las imitaciones de héroes paganos: televisión, revista, fútbol. En ese momento, estaba siendo parte de una final decisiva. Boca contra alguien. Estaba jugando uno de mis mejores partidos cuando la tarde empezaba a acaecer. Entonces el grito de alerta de mi madre no se hizo esperar: - dale, que está empezando a anochecer, entrá. Mi espíritu se desvanecía. Mi intención de prorrogar el partido un tiempo más comenzaba a truncarse. De mala gana conteste: - ahora voy. Entonces tomé la pelota (siempre entre mis pies), gambeteé al limonero y se me fue un poco larga. Con el último esfuerzo llegué a puntear la pelota y gracias a ese movimiento logré deshacerme de la marca del jazmín (frondoso árbol que ocupaba gran parte del patio). Esa finta maravillosa me depositó de cara al arco. Yo sólo, con el viento y mi perro Tomás de testigos. Cerré los ojos e imagine a mí alrededor al Manteca Martínez y al Beto Márcico pidiéndome desesperadamente el balón, de cara a La 12. Omití la petición y con derechazo cruzado la puse contra el palo (o columna de quincho de todas formas). Gol sobre la hora. Campeón del mundo, de la Tierra, del universo.
Entro a mi casa, todavía sin saber la sorpresa que aguardaba por mí, en el compartimiento, entre la televisión y los libros de cocina.
Espero el café con leche y las Lezama: en aquel tiempo tenía un gusto particular por esas galletitas con gusto no identificado, desabridas. Pero la adrenalina previa a degustarla lo era todo para mí. Depositaba la galletita en cuestión sobre la boca de la taza. Con un rudimentario movimiento ninja, ejercía un golpe sobre la misma (que tenía forma de oblea) y de esa manera se partía en dos, cayéndose hacia el interior del líquido. Así eran mis tardes. Simples.
Como mencioné antes, el averno estaba llegando y con eso las posibilidades de seguir el torneo eran remotas. Pero en ese momento, algo mágico ocurrió.
Mi padre llegaba nuevamente de su ámbito laboral, como todos los días. Lo espere en la cocina y noté que tardaba unos segundos más de lo habitual: esto se llamaba rutina. Llegaba, se iba al baño y luego salía para entablar una especie de charla con el resto de los individuos de su institución familiar. Esta vez, llegó, me miro fijamente y me dijo: - andá al living, traje algo. Con paso tímido y curioso, caminé los veinte pasos que separan la cocina del living y allí lo descubrí. Finalmente mi papá había traído la reproductora de VHS. La emoción me colmó, pues, en aquel entonces, mi padre la había adquirido años antes junto con un amigo, pagando el 50% de la misma. Esta negociación requería que cada año, el aparato en cuestión era propiedad de cada una de las familias, sucesivamente. Finalmente lo comprendí: ya había pasado un año desde el momento en que aquel preciado objeto se fue de mi casa, para engalanar la sala de la otra familia.
Mis días de invierno por fin, cobraban otro sentido.
Un poco por la circunstancial estación del año, otra, por el deseo reprimido de conquistar nuevos mundos, pasé ese invierno encerrado en mi casa mirando cuanta película se me ocurría.
La rutina había cambiado. En vez de aguardar el tiempo necesario post digestión para salir al jardín a demostrar (me) mis habilidades futbolísticas. Me impacientaba por el momento en que sin más pretextos, mi mamá me acompañaba al videoclub (en auge por aquellas épocas, luego vino el parripollo y las canchas de paddle) para poder elegir una película.
De esa manera, comprendí que ese universo ajeno a mí hasta ese momento era realmente cautivador. Comencé a forjar mi interés por el cine. No me importaba la calidad visual, narrativa y/o pedagógica de las cintas. Me importaba el carácter de entretenimiento. Esa necesidad que con el tiempo se pierde conforme uno va creciendo. A medida que las necesidades cambian, uno se vuelve más exigente con lo que ve por una cuestión de tiempo (es decir, pérdida de tiempo). En esa época, no importaba de que nutrirse sino cual era la excusa perfecta para adentrarme en otro mundo.
Así, devoré mis tardes de vacaciones invernales junto al hogar, mirando esta serie de películas que IMFREAKALOT pasa a detallar.

Cabe aclarar, antes de empezar con el recuento, ustedes, participes objetivos del blog, notarán una clara impregnación de romanticismo y nostalgia por las cintas citadas. Esto se debe a la subjetividad de los recuerdos, las percepciones y los olores que vienen a mi memoria y que es imposible renegar de ellos.

Sin más
IMFREAKALOT

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