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La imagen seca de un alemán siempre da miedo (historia mediante). Más si se encuentra petrificado frente al micrófono, exonerando letras de súbita carga oscura en ese idioma, su idioma, recio al oído ajeno, hostil, sopesado. Ese hombre oscuro tras una cortina de humo es Florian Fricke, pianista y compositor alemán, muerto en 2001; que, a principios de los años setenta encabezó el movimiento autodenominado Krautrock, dándole vida a un extravagante rock, entre el frío polar y los sintetizadores letárgicos. ¿Su sonido? Una avalancha impiadosa de tonos que se van mezclando en un devenir caótico, una suerte librada al azar, enmarcada sobre sintéticas partituras y sombrías armonías. En la lejanía, mientras se condensa en el aire la música, huele a Pink Floyd teutón, con tonos (por lo oscuro) de la primera década de The Cure y aromatizados con esencias del pagano dios del rock. El sonido danza entre lo experimental auténtico, en una época donde la perfección sonora lo era todo, y los arreglos institucionalizados de la sesión y el salón.

Florian Fricke ha dejado, además de su música sombría, un legado inimaginable para la cultura popular alemana: ese sello particular que atraviesa a todas las bandas de su país, la correcta manera de hacer las cosas.

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