OINGO BOINGO




El niño que nunca muere dentro de la cabeza de los seres humanos es siempre vituperado por los cancerberos de la decencia: la extravagancia lleva a lugares insólitos – dicen – Al borde de la locura – culminan. Esa supuesta “extravagancia” que llaman aquellos, yo la llamo genialidad. Esa misma que libra a los hombres del pensamiento cansador de la adultez, de esa madurez privativa que lo deposita en lugares de verdadera pelotudez, de conservadurismo puro y consecuente quietud: con el diario matinal bajo el brazo y el aliento a café amargo.

Muy pocos gozan de esa genialidad inocente, infantil: Tim Burton, Matt Groening y Danny Elfman, entre tantos pocos. Estos, unidos fortuitamente (si jugáramos a “10 pasos a Kevin Bacon” averiguaríamos porque) por la misma razón: son niños-hombres que se niegan a crecer, y lo bien que hacen.

Oingo Boingo es la banda de Danny Elfman. El incansable genio atrás de las partituras de las películas de Burton y reconocible también cuando atravesamos las calles de Springfield tras el “Los Simpson… tarantantararan”. Y Oingo Boingo es una creación propia de Elfman: hechicería, coloración, centelleo, tobogán y juegos de soga, englobados en una locura itinerante, en un escolazo estrafalario de marchas y contramarchas musicales.

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