DEVO



Los ochentas dieron para cualquier cosa: las drogas sintéticas acompañaron a la música, plástica, de cartón pintado, polvillo, trashumante, díscola y finita. Amor descartable en celuloide y vinilo, y vértigo, sólo vértigo. En los pases de baile, en el fuego interior, en los autos, en el devenir violento en respuesta al sinsentido diario.

Muchas bandas pasaron con su One Hit Wonder de porcelana por aquellos momentos (mediados de la década), en ese lugar donde también sonaba cuadriforme, sincopado: “Whip it” de Devo. Sin embargo, toda aquella apariencia pomposa, de invisibles personajes de cartulina, tenía un trasfondo valedero de-mentes locas e igual de siniestras, que, si sobrevivían no era por su OHW; más bien, porque tenían algo que ofrecer: además de espuma y burbujas de colores, además de un ritmo abnegante. Los sobrevivientes de ese remolino que arrasó con todo dieron, además, una buena cuota de simplicidad (o todo lo contrario) artística.

Devo, de “De-evolution”, tras el nombre, la Biblia y el argumento: la involución de las sociedades, sobretodo, de su sociedad, Estados Unidos, a un devenir estupidizante. Y la música persistió, a la vanguardia, tan adelante, casi al precipicio. Persistió al margen de la imagen, de su overol amarillo y el cono Maya en la cabeza (o maceta para muchos).


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