DEVENDRA BANHART




Si existe un pibe que fue hallado, en primera instancia, y luego extraído de una máquina del tiempo, ese es Devendra Banhart. No era tan conocido en el ambiente musical sino por ser novio de la actriz (hermosa) Natalie Portman. A partir de ese momento, su popularidad estalló (bueno, un poco), algo parecido a lo que ocurrió con el affaire cocainómano de Pete Doherty-Kate Moss.

Banhart, venezolano-estadounidense, cria cuervos, los lima y luego los introduce a las fauces de su música. Género inclasificable, mezcla una suerte de bossa nova chirle e inocente (algo así como Caetano Veloso) con el acid jazz (más acid que jazz). Excentricidades al margen, Devendra es un chico sesentoso en la era digital, en la era post-morten de la música autoral y construida artísticamente, de las guitarras flamencas, del ruido inaudible de las oscilaciones enteógenas, de las efigies proyectadas sobre la Clave de Sol. Esa cadencia pasiva y anacrónica (casi misógina) de sus canciones tiene un trasfondo romántico (en el término gentil de la palabra), un sentimiento renacentista de las viejas épocas, de lo perdido, de lo estancado. Y este venezolano lo quiere hacer crecer: de la misma manera que hace crecer su planta de Cannabis Sativa, con pequeñas dosis de agua y sol (el ambiente), y mucha ventilación (sus delirios).

0 crónicas póstumas: