DAFT PUNK



Vibraciones espaciales lanzadas al aire en ondas cósmicas, colores del arco iris se dibujan en el azur estrellado: el cielo se abre y una nave baja a la Tierra. El momento culmine, instante congelado, luces de neón. Un sonido en mono irrumpe mientras las gateras del monstruo mecánico se abren. Misterio. Espectáculo inconcluso. Oscuridad, tensión. Dos robots metalizados en plata y bronce salen del interior haciendo música con su cuerpo: chirriante, espesa, policromática, decadente. Son los Daft Punk, máquinas musicales con gusto a croissant.

París se paralizó una vez al escucharlos, en el nacimiento de los noventa, alojándolos en el umbral magnético de la fiebre bolichera, entrada a un sopor activo.

Conminados a perecer, revalidan su chapa en cada disco: los robots parisinos del animé y el house, construyen epopeyas cósmicas.


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